miércoles, 20 de junio de 2012

SOLEMNIDAD DE SAN JUAN BAUTISTA


“Será llamado Juan”
 Lc. 1:57-66.80

No es habitual que en la Iglesia festejemos el nacimiento de los santos y santas, sino que a todos ellos los recordamos en el día de su muerte. La única excepción está dada por la Virgen María, cuyo natalicio celebramos el 8 de septiembre, y por Juan Bautista, el 24 de junio. Estos dos nacimientos, junto con la Natividad de Nuestro Señor Jesucristo el 25 de diciembre, son los únicos nacimientos que celebramos en la Iglesia.
En la liturgia siempre se le busca dar preeminencia a la celebración del domingo, el día del Señor. Por eso, cuando la fiesta de algún santo o alguna otra memoria cae en domingo, “se corre” de día para no opacar la celebración dominical de la resurrección del Señor. Es muy extraño que ocurra, como en este caso, que en día domingo tengamos como fiesta central la memoria de un santo. Esta decisión eclesial de celebrar el nacimiento de San Juan Bautista, inclusive en día domingo, nos habla de la importancia de este acontecimiento.

El evangelio nos dice que Zacarías e Isabel, los padres de Juan, “eran justos a los ojos de Dios y seguían en forma irreprochable todos los mandamientos y preceptos del Señor” (Lc 1,6). En ellos, el evangelio evoca la figura de tantos hombres y mujeres que, fieles a la fe de Israel, confiaban en Dios y esperaban su manifestación. La llegada del niño que se anuncia no viene a colmar solamente las expectativas de ellos, sino las de todo un pueblo.
Para el pueblo sencillo, para los “anawim” (los pobres de Yavé), muchas de las circunstancias que marcaban sus vidas potenciaban la expectativa por la llegada del Salvador que trajera la justicia de Dios.

Cada vez que en la Biblia se anuncia el nacimiento de un niño, eso indica que no viene simplemente a satisfacer el deseo de sus padres, sino que cumplirá una misión a favor de todo el pueblo. El nombre del niño encierra la misión que cumplirá:"En hebreo, todos los nombres tienen un significado. Zacarías significa "Dios recuerda".

Toda la gente que estaba ahí decía que ese niño iba a llamarse como su padre. Pero interviene la madre para decir que se llamará Juan, en hebreo Yohanan. No se va a llamar "Dios recuerda" sino "Dios da la gracia". Yohanan es aquel a quien Dios favorece, a quien Dios otorga la gracia, en el sentido de liberar. En esos dos nombres propios ya está explicado todo el proyecto de Dios: el hecho que se está produciendo en ese momento con el nacimiento de ese niño.

Juan lleva de ahora un nombre que no es el de sus antepasados: ¡él lleva un nombre nuevo! Un nombre es la expresión de la personalidad de un ser. Y cuando el Señor mismo da un nombre, quiere decir que aquél que recibe ese nombre es verdaderamente reconocido como el Espíritu mismo de Dios.

El nombre de Juan significa "gracia". Dándole tal nombre, el Señor ve ya en él a su propio hijo; Juan no es el Hijo de Dios hecho hombre sino el que lo anuncia, el signo viviente del Mesías. Otro Juan, el que escribió el cuarto evangelio, lo comprendió muy bien, al decir: "Fué un hombre enviado de Dios, el cual se llamaba Juan... No era él la luz, sino para que diese testimonio de la luz. Aquel era la luz verdadera, que alumbra á todo hombre que viene á este mundo." (Jn. 1:6-9)

Dios da la gracia, Dios otorga su favor. Las expectativas de los pobres de Yavé no quedarán sin colmarse. Se acerca el tiempo en que todos y todas, sacerdotes y laicos, letrados y analfabetos, varones y mujeres, sanos y enfermos, verán la salvación de Dios. A esto invitaba, ya adulto, Juan Bautista. Su prédica no pasaba por cumplir rituales, ni ajustarse a normas ya hechas, ni  pertenecer a tal o cual grupo mistérico de iniciados. La propuesta era sencilla y profunda: cambiar el corazón. Meterse al agua y dejar que el agua se lleve el pecado, lo viejo, lo anquilosado… y salir del agua refrescados por Dios para vivir la novedad del Reino de Dios.
Bien puesto tiene Juan el título de “precursor”. Aún antes de que Jesús empezara a predicar, ya estaba Juan trayendo una propuesta nueva, mucho más sencilla que los rituales del Templo o las prescripciones fariseas, y al mismo tiempo mucho más honda.
Sí, Dios hace una gracia, Dios hace un favor. Nos invita a zambullirnos en el agua refrescante de su gracia.

viernes, 10 de febrero de 2012

SEXTO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO


“Si quieres puedes curarme…”
(Mc. 1,40-45)
Rev. Alexander Díaz





Las lecturas de hoy hieren nuestra sensibilidad, que se siente incómoda ante la figura de un leproso de apariencia repugnante, vestido de harapos tal como lo ordenaba la ley judía:

El texto del libro del Levítico contiene las normas vigentes en esa época: como esta enfermedad se consideraba castigo de Dios, sus víctimas debían presentarse a los sacerdotes; además vivían como indigentes y estaban excluidos de la vida en sociedad. En esa época, el leproso era una persona muerta en vida.

El evangelio de Marcos nos muestra cómo Jesús supera todos los tabúes respecto a esta enfermedad y la convierte en ocasión para una maravillosa manifestación de la misericordia y el amor de Dios.

Detengamos nuestra mirada en los dos personajes de este relato, el leproso y Jesús.

Primero detengámonos a meditar la vida que llevaba este pobre hombre que se acerco al maestro vivía en un mundo atormentado y se arriesgó cuando se acercó a Jesús:

La enfermedad de la lepra tenía unas connotaciones religiosas y sociales que la hacían casi imposible de sobrellevar, pues implicaba no sólo un terrible deterioro físico (la nariz, las manos y los pies se iban desfigurando de tal manera que se adquiría una apariencia repugnante); además se la consideraba un castigo divino por pecados inconfesables; y como si lo anterior no bastara, la víctima era excluida de la vida en familia y en sociedad. El espectáculo era desolador: sin salud, sin Dios y sin nadie.



A pesar de su tragedia, este personaje que nos presenta el evangelista Marcos no se hunde en la desesperación. Con una humildad cargada de fe y de esperanza suplica: “Si quieres, puedes limpiarme”. No hay situación, por complicada que sea, que no pueda ser transformada por la acción salvadora de Jesús. Todas las heridas morales y afectivas pueden ser curadas por el amor del Padre que se manifiesta a través de Jesús. Todos los pecados, por graves que éstos sean y que la justicia humana castiga con 30 o 40 años de cárcel, pueden ser perdonados por Dios si hay un arrepentimiento sincero y una reparación.

Me encanta y me llama la atención las palabras que Jesús que le escucha con ternura y no lo cuestiona ni le hace preguntas, me imagino el rostro del maestro viéndolo a los ojos. Alguien me dijo un día, que cuando alguien te mira directo a los ojos, está viendo directamente tu alma, tu ser, tu verdad; Jesús ve en aquel hombre su dolor, su aflicción pero también su confianza y su deseo de volver a ser feliz, entre los suyos.

Cada una de las palabras y de los gestos que Jesús hace, tienen un significado profundo:

Lo primero que hace Jesús es tocar a este hombre.

Dentro de la mentalidad de la época, cargada de prejuicios y con unos conocimientos muy precarios de Medicina y en particular de Infectología, era impensable tocar a un leproso, pues hacerlo traía dos consecuencias: la posibilidad de contraer la enfermedad y la impureza legal, es decir, la obligación de alejarse de la comunidad y realizar unos ritos de purificación.
Jesús conocía el alto precio social que tendría que pagar por este gesto. Y conscientemente lo hizo como expresión de solidaridad con este ser excluido y como rechazo a los prejuicios de la religión judía.

El leproso se acerca a Jesús y, de rodillas, le suplica: “Si tú quieres, puedes curarme” Y, Jesús, “extendiendo la mano, lo tocó le dijo: “¡Sí, quiero: Sana!”Inmediatamente se le quitó la lepra y quedó limpio. (Mc. 1, 40-45).

¡Qué grande fe la de este pobre leproso! Y ¡qué audacia! No tuvo temor de acercarse al Maestro. No tuvo temor de que le diera la espalda. La fe cierta no razona, no se detiene. Quien tiene fe sabe que Dios puede hacer todo lo que quiere. Para Dios hacer algo, sólo necesita desearlo. Por eso el pobre leproso se le acerca al Señor con tanta convicción. Por eso el Señor le responde con la misma convicción: “¡Sí quiero: Sana!”

Nos dice el Evangelista que Jesús “se compadeció”, “tuvo lástima” del leproso. Tiene el Señor lástima de la lepra que carcome el cuerpo. Por eso la cura. Pero más lástima y más compasión tiene aún Jesús de la lepra del pecado que carcome el alma. Por eso toma sobre sí nuestros pecados para salvarnos, apareciendo El también “despreciado y evitado por los hombres, como un leproso” (Is. 53, 3-40). Es la descripción que hace el profeta Isaías cuando anuncia la Pasión del Mesías.

Estas lecturas de hoy, que tanto golpean nuestra sensibilidad, desenmascaran las crueles discriminaciones que amargan a tantos hermanos nuestros:

¡Cuántas personas discriminadas laboral y socialmente por su apariencia física! En esta sociedad de consumo que juzga por las apariencias sólo hay empleo para los cuerpos masculinos atléticos y para las mujeres construidas artificialmente mediante el bisturí, el láser y la silicona…

¡Cuántas personas archivadas en instituciones de caridad porque son una carga económica! Pensemos en los ancianos abandonados por sus familiares, tengamos presentes a los niños portadores de alguna deficiencia y que son rechazados, recordemos la pena de muerte aplicada a tantos bebés en nombre del aborto terapéutico…

¡Cuántas personas a quienes se les impide la movilidad social y la posibilidad de progresar por el color de la piel o porque son emigrantes o desplazados o porque son reinsertados o porque profesan creencias religiosas o políticas diferentes!

Cuando Jesús se atreve a tocar al leproso y le dice “quiero, queda limpio”, está dando un golpe demoledor a los prejuicios sociales y a todas las formas de exclusión.

Acercarse a Jesús con convicción, sin temor y con una fe segura. Esa debe ser nuestra actitud: reconocer nuestra lepra, buscar ayuda del Señor y aproximarnos a El con convicción y sin temor, pidiéndole que nos sane. El Señor no tendrá asco de nuestra lepra, por más grave que sea nuestra situación de pecado, si humillados nos presentamos ante El. Sabemos que no podemos curarnos por nosotros mismos. Puede ser que por muchos, por muchísimos años vengamos arrastrando una enfermedad del alma, una lepra que parece incurable. Pero, si Dios quiere –y si yo estoy dispuesto- Dios puede hacer cualquier milagro ... como el del leproso que se le acercó con fe, con confianza, sin temor, con convicción.


miércoles, 8 de febrero de 2012

VIVE COMO CURA.... COSA FACIL



Me encontré esta nota en uno de los periódicos españoles y me gusto mucho lo que dice porque dice cosas muy reales, me pareció interesante viniendo de un país donde hay mucha gente que ha dejado de creer en nosotros les digo que las veces que he estado en España en más de una ocasión me han insultado y hasta han escupido cuando he pasado frente a ellos, porque creen que somos personas que no hacemos nada y que vivimos de haraganes cómodos y holgazanes no me escandaliza, porque solo yo se lo cansado que es dar un servicio a mis hermanos, sin embargo aun hay muchos que ven nuestro ministerio como algo sacrificado y que conlleva agallas para hacerlo. a ver qué les parece y me cuentan:

VIVE COMO CURA.... COSA FACIL
Esta es la frase que suele emplear la gente para referir que vives como un rey. Lo sorprendente es que para vivir tan bien, como al parecer viven, escasean voluntarios. Pero, ¿Qué hay que hacer para poder vivir como un cura? Poca cosa. Lo primero dejar la familia, las proyecciones propias y tu vida anterior, pues el nuevo Patrón es bastante exigente. Así, tras siete años de estudios ya está uno disponible para que el obispo le envíe durante 5 años, normalmente prorrogables, a la parroquia de un pueblo cuya exacta localización hay que buscar en el Google Maps.
Una vez allí, a cambio de vivienda gratis, sólo hay que estar disponible 24 horas al día, 7 días a la semana, por si alguien tiene un problema que únicamente le puede contar al cura, por si alguno tiene que pedir algo que sólo un cura le puede dar o por si un vecino, parroquiano o no, decide morirse, que ya se sabe que la gente se muere a la hora que le da la gana.

En estos casos es conveniente llamar al cura antes, porque una vez fallecido, incluso para el cura, es imposible darle la unción de los enfermos.
Es importante mantener un gesto amable durante las 24 horas, y solamente un 100% de disponibilidad, incluida licencia de conducir y carro, porque es absolutamente imprescindible no fallar a nadie durante los 40 a 60 años de actividad laboral, si no le tildarán de haragán o cosas peores.

Asimismo, entre sus obligaciones laborales está escuchar con interés los problemas, tragedias y desgracias de todo el mundo, gratis y sin cita previa, y por supuesto intentar resolver el problema consultado o al menos procurarle un consuelo contundente. Por supuesto él, por convenio, no tiene derecho a tener problemas y algunas veces a no ser escuchado.
Debe asumir que será el representante en el pueblo de la institución más criticada y vapuleada del mundo y sobrellevar con agrado largas e inútiles conversaciones con gente que ni le va ni le viene lo de la Iglesia, pero que se creen con derecho a opinar lo que les viene en gana, casi nunca bueno, y a exigir una respuesta argumentada y coherente.
Y todo esto por unos escasos dólares al mes. Seguramente por eso la gente prefiere ser otra cosa...
Pero recuerde lo que dije al inicio, hay que vivir como cura, es la cosa mas fácil del mundo, y sobretodo mas cómoda del mundo…
TOMADO DE UN PERIODICO ESPAÑOL (LA VOZ DE CADIZ

viernes, 3 de febrero de 2012

Quinto Domingo del Tiempo Ordinario

«Todo el mundo te busca.»

(Mc. 1,37)
Rev. Alexander Díaz

El texto evangélico que acabamos de leer nos permite avanzar en el conocimiento de Jesús pues nos ofrece una descripción de lo que era un día típico en su vida. Su jornada iba alternando encuentros con los enfermos, catequesis y tiempos de oración. Este relato de la curación de la suegra de Pedro es un ejemplo, entre muchos, de su preocupación por el sufrimiento humano.

La labor terapéutica o curativa de Jesús se dirige al ser humano integral, pues no solo curaba las dolencias físicas sino que igualmente actuaba en lo más profundo del ser humano (sus tristezas, dramas interiores, esclavitudes o dependencias.

En torno a esta vida normal y cotidiana Jesus va a visitar la casa de la suegra de Simón Pedro. Al entrar en la casa, los discípulos le hablan de la suegra de Simón. No puede salir a acogerlos pues está postrada en cama con fiebre.

Jesús no necesita más. De nuevo va a romper el sábado por segunda vez el mismo día. Para él lo importante es la vida sana de las personas, no las observancias religiosas. El relato describe con todo detalle los gestos de Jesús con la mujer enferma

«Se acercó». Es lo primero que hace siempre: acercarse a los que sufren, mirar de cerca su rostro y compartir su sufrimiento. Luego, «la cogió de la mano»: toca a la enferma, no teme las reglas de pureza que lo prohíben; quiere que la mujer sienta su fuerza curadora. Por fin, «la levantó», la puso de pie, le devolvió la dignidad.

Así está siempre Jesús en medio de los suyos: como una mano tendida que nos levanta, como un amigo cercano que nos infunde vida. Jesús solo sabe servir, no ser servido. Por eso la mujer curada por él se pone a «servir» a todos. Lo ha aprendido de Jesús. Sus seguidores han de vivir acogiéndose y cuidándose unos a otros.

Todas las acciones nos describen a la perfección la búsqueda constante de Dios al ser humano doliente. La enfermedad y la muerte siempre nos están rodeando y solo nos queda preguntarnos si nos dejamos encontrar con el Dios que nos por dentro.

La pregunta es ¿Cómo entender la enfermedad? En un mundo donde al ser humano no le gusta el sufrimiento y no está dispuesto a sufrir ni a mortificarse en lo absoluto.

Jesús se nos acerca hoy para decirnos que incluso en lo que no entendemos en las negruras del dolor tiene sentido. La tarea del cristiano es acercarse a la cruz y a la tumba del resucitado y encontrar en El sentido de lo que vivimos.

Hoy vemos el dolor y el sufrimiento humano con todo lujo. La televisión se ha vuelto un buen notario de nuestro tiempo. Algunos se preguntan donde esta Dios en nuestros días cuando se dan esas situaciones…. Puede ser que este en ti, y también en el que sufre. El que sufre espera consuelo y ayuda, en ti y en mi, espera que seamos nosotros quien la ofrezcamos. Esta es la lógica de Dios, que hace el menesteroso esperar y que queda a la espera de nuestra respuesta solidaria.

Me encuentro frecuentemente con personas sanas que dice que están cansadas de vivir…, los cristianos somos los que estamos cansados de vivir muertos, muchos viven con una pesada carga, como una negación de ser felices, viven lejos de la realidad. El evangelio es una invitación para que descubramos a Dios y desde ahí vivamos en El. No hay mayor felicidad.

En muchas ocasiones me da la impresión que muchos no sabemos valorar lo que Dios nos ha regalado, vivimos renegando y amargándonos y amargando a los otros por trivialidades que no tienen sentido, por esas trivialidades deseamos morirnos, dejar de vivir, mientras miles en los hospitales luchan por ganarle una hora más en este mundo a la eternidad o muchos están satisfechos viviendo sus últimas horas de vida. Creemos y pensamos que con hacernos las víctimas o con morir lo hemos resuelto todo.

El evangelio recuerda que aquel día curó a muchos enfermos. El texto es sin duda un sumario que resume la futura actividad de Jesús. Pero también su libertad, que no se deja anular ni seducir por las demandas de la multitud. Por eso sabe retirarse a orar en la soledad. En la oración encuentra su fuerza y el sentido de su misión.

Me parece impactante el final de evangelio que hemos leído hoy, nos dice que “Se levantó de madrugada, se marchó al descampado y allí se puso a orar.

Simón y sus compañeros fueron y, al encontrarlo, le dijeron: «Todo el mundo te busca.»” (Mc.1,37)

El que ha hablado durante el día con autoridad y en la tarde ha curado con sincera compasión a los enfermos es capaz de retirarse en silencio a la aparente inacción de la plegaria. “Todo el mundo te busca”. Eso le dicen sus discípulos al encontrarlo de madrugada después de que él se retirara a orar.

- “Todo el mundo te busca”. La frase recordaba la tradición de Israel. Los hebreos fieles a la Ley de Moisés eran calificados como “los buscadores de Dios”. Ahora las gentes buscaban a Jesús. En esa búsqueda se manifestaba la fe de los creyentes, pero también la dignidad divina del Maestro.

- “Todo el mundo te busca”. La frase también evoca la sed de la humanidad que, insatisfecha con sus logros, anhela la salvación. Son muchos los que buscan un sentido para su vida. Sin saberlo, tratan de vivir de acuerdo con unos valores que se encuentran reflejados en la vida y el mensaje de Jesucristo.

- “Todo el mundo te busca”. Finalmente, la frase de los discípulos interpela también hoy a todos los cristianos. No nos salvarán ni el saber ni la técnica. No nos salvan las ideologías ni la política. No podemos salvarnos a nosotros mismos. Sólo nos salvará Jesús, el Mesías de Dios. Buscarle a Él es ponerse en el buen camino

domingo, 18 de diciembre de 2011


«He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra»
( Lc. 1, 26-38) 


Estamos a las puertas de la Navidad, el tiempo a transcurrido de forma muy rápida, celebramos hoy el cuarto domingo del Adviento , El pasaje del Evangelio de hoy comienza con las familiares palabras: «Fue enviado por Dios el ángel Gabriel a una ciudad de Galilea llamada Nazaret». Es el relato de la Anunciación. 
Para entender las lecturas de hoy (sin mencionar Navidad misma), tenemos que  volver a nuestros primeros papás. La Biblia les llama Adán (“el hombre”) y Eva (“madre de todo viviente”). De ellos hemos heredado cosas buenas, más  importante, la imagen de Dios. Nos hace capaces de arte y cultura – todas las cosas bellas que seres humanos han creado.
Al mismo tiempo, hemos heredado cosas que solamente  se puede denominar  como pecado, Además experimentamos una división interior.  Esa “división íntima” es el pecado  original, una debilidad terrible que heredamos de nuestros primeros padres.
Todos heredamos de nuestros papás cosas buenas y cosas malas y tu y yo hemos  heredado la “condición humana” que incluye el pecado original. Tenemos que hacer  lo posible con el hecho que somos hijos de Adán y Eva. 

Este domingo final antes de Navidad. No somos solamente hijos de Eva, sino de  la Nueva Eva, María. Me parece interesante que hace largo Eva trató de exaltarse, y se dejo engañar por la serpiente, porque quería ser importante, quería ser como un dios, poderosa, indestructible.
Hoy, una segunda Eva dice que quiere la “esclava” del Señor, todo lo contrario a la primera, esta respuesta es difícil, porque se humilla y su más grande deseo  es  vaciarse para ser llenada de Dios. En el caso de María, sucedió en un modo literal. Nos dice la liturgia de las Horas, “Por Eva se cerraron a los hombres las puertas del paraíso, pero por María virgen, han sido abiertas de nuevo.
Me impacta la sencillez y sinceridad con que María responde al pedido del Ángel y al mismo tiempo me pregunto si hubiera sido capaz de responder de la misma manera que ella lo hizo a tan grande misión, a tan arriesgado reto.

 «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra» (Lc.1, 38). Con estas palabras María hizo su acto de fe. Acogió a Dios en su vida, se confió a Dios. Con aquella respuesta suya al ángel es como si María hubiera dicho: «Heme aquí, soy como una página en blanco: que Dios escriba en mí todo lo que quiera».

 Aquél fue el acto de fe más difícil de la historia. ¿A quién puede explicar María lo que ha ocurrido en ella? ¿Quién le creerá cuando diga que el niño que lleva en su seno es «obra del Espíritu Santo»? Esto no había sucedido jamás antes de ella, ni sucederá nunca después de ella. María conocía bien lo que estaba escrito en la ley mosaica: una joven que el día de las nupcias no fuera hallada en estado de virginidad, debía ser llevada inmediatamente ante la puerta de la casa paterna y lapidada (Cf. Dt 22,20ss). ¡María sí que conoció «el riesgo de la fe»!
La fe de María no consistió en el hecho de que dio su asentimiento a un cierto número de verdades, sino en el hecho de que se fió de Dios; pronuncio su «fíat» a ojos cerrados, creyendo que «nada es imposible para Dios». 

María no dio su consentimiento con triste resignación, como quien dice para sí: «Si es que no se puede evitar, pues bien, que se haga la voluntad de Dios». El amen de María fue como el «sí» total y gozoso que la esposa dice al esposo el día de la boda. Que haya sido el momento más feliz de la vida de María lo deducimos también del hecho de que, pensando en aquel momento, ella entona poco después el Magníficat, que es todo un canto de exultación y de alegría. La fe hace felices, ¡creer es bello!

La fe es el secreto para hacer una verdadera Navidad; expliquemos en qué sentido. San Agustín dijo que «María concibió por fe y dio a luz por fe»; más aún, que «concibió a Cristo antes en el corazón que en el cuerpo». Nosotros no podemos imitar a María en concebir y dar a luz físicamente a Jesús; podemos y debemos, en cambio, imitarla en concebirle y darle a luz espiritualmente, mediante la fe. Creer es «concebir», es dar carne a la palabra. Lo asegura Jesús mismo diciendo que quien acoge su palabra se convierte para él en «hermano, hermana y madre» (Mc. 3,33).

Vemos por lo tanto cómo se hace para concebir y dar a luz a Cristo. Concibe a Cristo la persona que toma la decisión de cambiar de conducta, de dar un vuelco a su vida. Da a luz a Jesús la persona que, después de haber adoptado esa resolución, la traduce en acto con alguna modificación concreta y visible en su vida y en sus costumbres.
Por ejemplo, si blasfemaba, ya no lo hace; si tenía una relación ilícita, la corta; se cultivaba un rencor, hace la paz; si no se acercaba nunca a los sacramentos, vuelve a ellos; si era impaciente en casa, busca mostrarse más comprensiva, y así sucesivamente. 

¿Qué llevaremos de regalo este año al Niño que nace? Sería raro que hiciéramos regalos a todos, excepto al festejado. Una oración de la liturgia ortodoxa nos sugiere una idea maravillosa: «¿Qué te podemos ofrecer, oh Cristo, a cambio de que te hayas hecho hombre por nosotros? Toda criatura te da testimonio de su gratitud: los ángeles su canto, los cielos la estrella, los Magos los regalos, los pastores la adoración, la tierra una gruta, el desierto un pesebre. Pero nosotros, ¡nosotros te ofrecemos una Madre Virgen!». ¡Nosotros –esto es, la humanidad entera-- te ofrecemos a María! 

sábado, 10 de diciembre de 2011


“En medio de ustedes hay uno al que no conocen”
(Jn.1,6-8.19-28)


Estamos celebrando El Tercer Domingo de Adviento, pareciera que el evangelio es el mismo que oímos de boca de Marcos la semana pasada, ciertamente tiene frases parecidas y prácticamente el significado es el mismo, la preparación a la venida de Jesús y la escucha vigilante de esa voz que nos está invitando a la conversión. La liturgia en plenitud nos anuncian a un punto grande y que el mundo de hoy a perdido y es la alegría, San Pablo nos invita y nos dice: “estar siempre alegres en el Señor”. 

Bien es cierto, que vivimos tiempos de crispación y hasta de desaliento. Hay una lista interminable de razones para el desaliento y la tristeza: la violencia que no cesa en muchos rincones de la tierra, la injusticia que cubre la vida de millones de personas, la indiferencia ante la Buena Noticia del Evangelio de nuestra sociedad satisfecha en sus propias redes, la insolidaridad ante el pobre y desvalido… Tantas razones para el desaliento y la tristeza.
Pero hoy, se nos anuncia la alegría como lo hizo Isaías y Pablo en otro tiempo, porque, como dijo San Juan Crisóstomo: “La verdadera alegría se encuentra en el Señor. Las demás cosas, aparte de ser mudables, no nos proporcionan tanto gozo que puedan impedir la tristeza ocasionada por otros avatares, en cambio, el temor de Dios la produce indeficiente porque teme a Dios como se debe a la vez que teme confía en Él y adquiere la fuente del placer y el manantial de toda alegría”

El profeta Isaías ha reflexionado profundamente sobre el verdadero designio de Dios. Éste no se manifestará de la manera brillante que esperan los hombres, sino que se dará a conocer a través de un "ungido", preocupado sobre todo por los pobres de este mundo. Esta salvación se manifestará por la justicia y por la alabanza al Dios vivo.

El apóstol Pablo escribe a la Comunidad de Tesalónica.  Les invita a que vivan en plenitud la vida en Dios, manifestado plenamente en Jesucristo, la verdadera alegría.  Y la seguridad en la cercanía del Señor, que debe ceñir toda la vida cristiana, la concreta en tres aspectos: la alegría confiada y pacífica, en toda circunstancia; la superación de toda preocupación y angustia; la oración de súplica y acción de gracias al Dios de la paz.  
      
En el Evangelio de este domingo hay una frase que me llama la atención este domingo, cuando Juan responde a la pregunta de los fariseos; “En medio de ustedes hay uno que a quien no conocen” (Jn. 1,6-8)I, y me llama la atención porque ciertamente porque muchos todavía no hemos descubierto el gozo de su presencia en nosotros por ello no descubrimos la alegría.
Comienza el texto diciendo: “Surgió un hombre”  a Juan se le describe como un hombre sin más calificación, no se dice su condición social ni religiosa. Pero si se enfatiza su misión, que era dar testimonio de la luz, el no era la luz, sino un testigo.
Todos los que deseamos ser discípulos de Jesús, estamos llamados a ser testigos como Juan, hombres y mujeres que siguiendo la humildad de Juan no confundió  su misión tomando los meritos que no le pertenecían, solo invito a esperar, y mostro la luz de la gracia de su misión con perseverancia.

La aparición de Juan en el Jordán y su impacto en el pueblo, pone nerviosos a los que ocupan la cúspide del poder, es interesante que cuando los profetas hablan, y muestran su autoridad divina, pongan nervioso al poder y resultan incómodos.

Por eso los judíos de Jerusalén envían una comisión de sacerdotes y levitas a preguntarle  ¿Quién eres tú?... Juan contesta una negativa, no es ninguno de los que ellos piensan, no es lo que sus tradiciones creen. No habla en ningún momento de especulaciones, simple y sencillamente repite “Soy la voz que clama en el desierto”

San Agustín dice que la ‘palabra’ se conoce por la ‘voz’. La voz es lo órgano por el que se nos reconocer la palabra. La voz sin palabras es un sonido que hace daño al oído. El Señor es la palabra, y Juan es la voz que anuncia al Señor. Juan sabe muy bien quien es Jesús y lo proclama en el desierto. Es un instrumento del cual se sirve Dios para dar a conocer a Jesús. Juan ha concebido a Jesús en su corazón, y su boca habla de él.

Todos podemos y hemos de ser la voz del Señor. Hemos de hablar de Jesús, especialmente en estas fiestas de Navidad. Juan es la voz que clama en el desierto y da su fruto, aunque no fuera como se lo esperaba, porque esa voz no fue escuchaba como se debía.

Muchas veces a nosotros también nos da la impresión de que predicamos en el desierto. Los padres que han educado a sus hijos cristianamente ahora ven que no van nunca practican su fe o no quieren oír hablar de Dios, se sienten desengañados, culpables y angustiados. ¿Hemos predicado en el desierto? No, no es así. Todo trabajo, todo esfuerzo da fruto, aunque muchas veces el fruto no lo veamos de inmediato, sino con el tiempo.

Uno de los pecados de omisión es no hablar de Jesús. En este tiempo de Adviento, tenemos que preparar nuestro corazón por recibir con alegría al Señor el día de Navidad. San Agustín dice que Juan clama para que Jesús entre en nuestro corazón, pero Él no entrará si no le allanamos el camino.

Allanar el camino es estar siempre alegres. San Pablo dice: Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito, estad alegres (Flp 4, 4). Cuando hablamos de preparar con alegría las fiestas de Navidad y celebrarlas solemnemente con el gozo del espíritu, queremos decir que nos referimos a la alegría que se instala en el ápice más fino de nuestro espíritu, allí dónde este gozo entra en comunión con el Espíritu de Dios y es movido por Él. No quiere decir cerrar los ojos a la realidad, sino ponerse en manos de Dios.

miércoles, 7 de diciembre de 2011

SOLEMNIDAD DE LA INMACULADA CONCEPCION


 «No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios.»
(Lc.1,26-38)


Hoy celebramos la solemnidad de la Inmaculada concepción teniendo como centro el dogma definido por el papa Pío IX el 8 de diciembre de 1854 al proclamar solemnemente que la Santísima Virgen, “fue preservada inmune de toda mancha de la culpa original en el primer instante de su concepción por singular gracia y privilegio de Dios omnipotente, en atención a los méritos de Cristo Jesús Salvador del género humano”.
La Concepción Inmaculada de María es obra de toda la Trinidad Santa. Ante el extravío de los hombres, alejados de Dios por el pecado, en la plenitud de los tiempos, el Hijo unigénito de Dios se ofrece al Padre para venir al mundo y llevar a cabo la obra saludable de nuestra salvación. Dios Padre prepara una madre para su Hijo, que se encarna por obra del Espíritu Santo para nuestra salvación. Y elige una madre santa, pura y limpia, no manchada por el pecado original e inmune de pecados personales.
La Concepción Inmaculada de María deriva de su maternidad divina. Por ser Dios, Jesús pudo dibujar el retrato físico y espiritual de su madre y, en consecuencia, pudo hacerla santa, hermosa y “llena de gracia” (Lc 1,18). Este privilegio singular es el primer fruto de su muerte redentora. Mientras los demás hombres y mujeres somos limpiados del pecado original en el bautismo por el misterio pascual de Cristo muerto y resucitado, María es preservada del pecado aplicándosele anticipadamente los méritos de su sacrificio redentor. Por ello, posee la plenitud de gracia y no hay en ella el menor atisbo de pecados personales. Aquí se fundamentan los demás privilegios marianos, entre ellos su Asunción en cuerpo y alma a los cielos.
El sentido de la fe del pueblo cristiano, ya en los primeros siglos de la Iglesia, percibe a la Santísima Virgen como “la Purísima”, “la sin pecado”, convicción que se traslada a la liturgia y a las enseñanzas de los Padres y de los teólogos. En el siglo XVI son muchas las instituciones, que hacen suyo el “voto de la Inmaculada”. Universidades, gremios e instituciones públicas juran solemnemente defender “hasta el derramamiento de su sangre” los privilegios marianos, especialmente el de la Inmaculada Concepción. (Homilia de Mons. Juan José Asenjo Pelegrina Arzobispo de Sevilla)
María tiene un lugar muy especial dentro de la Iglesia por ser la Madre de Jesús. Sólo a Ella Dios le concedió el privilegio de haber sido preservada del pecado original, como un regalo especial para la mujer que sería la Madre de Jesús y madre Nuestra. Con esto, hay que entender que Dios nos regala también a cada uno de nosotros las gracias necesarias y suficientes para cumplir con la misión que nos ha encomendado y así seguir el camino al Cielo, fieles a su Iglesia Católica.
Podemos aprender que es muy importante para nosotros recibir el Bautismo, que sí nacimos con la mancha del pecado original. Al bautizarnos, recibimos la gracia santificante que borra de nuestra alma el pecado original. Además, nos hacemos hijos de Dios y miembros de la Iglesia. Al recibir este sacramento, podemos recibir los demás.
Para conservar limpia de pecado nuestra alma podemos acudir al Sacramento de la Confesión y de la Eucaristía, donde encontramos a Dios vivo.
Hay quienes dicen que María fue una mujer como cualquier otra y niegan su Inmaculada Concepción. Dicen que esto no pudo haber sido posible, que todos nacimos con pecado original. En el Catecismo de la Iglesia Católica podemos leer acerca de la Inmaculada Concepción de María en los números 490 al 493.
El alma de María fue preservada de toda mancha del pecado original, desde el momento de su concepción. María siempre estuvo llena de Dios para poder cumplir con la misión que Dios tenía para Ella. Con el Sacramento del Bautismo se nos borra el pecado original. Dios regala a cada uno de nosotros las gracias necesarias y suficientes, para que podamos cumplir con la misión que nos ha encomendado.

(Tomado de la Homilia de Mons. Juan José Asenjo Pelegrina Arzobispo de Sevilla y de los articulos de Catholic.net)


lunes, 5 de diciembre de 2011

El Padre Anton Luli S.J., albanés Pasó 42 años entre la cárcel, torturas y trabajos forzados, oficiando la Misa clandestinamente


Ésta es la historia de una valeroso jesuita albanés llamado Anton Luli. Una vida llena de penalidades y sufrimientos bajo la dictadura comunista en Albania y, a la vez, testimonio de cristiano.


«Bendigo al Señor, que a mí, su pobre y débil ministro, me ha dado la gracia de permanecerle fiel durante una vida prácticamente marcada por las cadenas. Sólo su gracia podía hacer esto.

Primer arresto
»Acababa de ser ordenado sacerdote cuando a mi país, Albania, llegó la dictadura comunista y la persecución religiosa más despiadada. Algunos de mis hermanos en el sacerdocio, después de un proceso lleno de falsedades y engaño, fueron fusilados y murieron mártires de la fe. Así celebraron, como pan partido y sangre derramada por la salvación de mi país, su última Eucaristía personal. Era el año 1947. Apenas había terminado mi formación.

»A mí el Señor me pidió, por el contrario, que abriera los brazos y me dejara clavar en la cruz y así celebrara, en el ministerio que me era prohibido y con una vida transcurrida entre cadenas y torturas de todo tipo, mi Eucaristía, mi sacrificio sacerdotal.

»El 19 de diciembre de 1947 me arrestaron con la acusación de agitación y propaganda contra el gobierno. Viví diecisiete años de cárcel estricta y muchos otros de trabajos forzados. Mi primera prisión, en aquel gélido mes de diciembre en una pequeña aldea de las montañas de Escútari, fue un cuarto de baño.

La cárcel era un baño lleno de excrementos
»Allí permanecí nueve meses. Me tenía que acurrucar sobre excrementos endurecidos y sin poder enderezarme completamente por la estrechez del lugar. La noche de Navidad de ese año -¿cómo podría olvidarla?- me sacaron de ese lugar y me llevaron a otro cuarto de baño en el segundo piso de la prisión, me obligaron a desvestirme y me colgaron con una cuerda que me pasaba bajo las axilas. Estaba desnudo y apenas podía tocar el suelo con la punta de los pies. Sentía que mi cuerpo desfallecía lenta e inexorablemente. El frío me subía poco a poco por el cuerpo y, cuando llegó al pecho y estaba para parárseme el corazón, lancé un grito de agonía. Acudieron mis verdugos, me bajaron y me llenaron de puntapiés. Esa noche, en ese lugar y en la soledad de ese primer suplicio, viví el sentido verdadero de la Encarnación y de la cruz.

Corriente eléctrica en los oídos como tortura
»Con mucha frecuencia me torturaban con la corriente eléctrica: me metían dos alambres en los oídos. Era una cosa horrible. Durante un tiempo me amarraban las manos y los pies con alambres, y me echaban al suelo en un lugar oscuro, lleno de grandes ratas que me pasaban por encima sin que yo pudiera evitarlo. Llevo todavía en mis muñecas las cicatrices de los alambres que se me incrustaban en la carne.Vivía con la tortura de permanentes interrogatorios, acompañados de violencia física. Recordaba entonces los golpes sufridos por Jesús al ser interrogado por el Sumo Sacerdote.

Más torturas
»Una vez me colocaron delante un papel y un bolígrafo y me dijeron: Escribe una confesión de tus crímenes y, si eres sincero, podríamos hasta mandarte a casa. Para evitar golpes y bastonazos empecé a llenar alguna página con los nombres de muertos o de fusilados, con los que nunca tuve nada que ver. Al final añadí: Todo lo que he escrito no es verdadero, pero lo he escrito porque me obligaron. El oficial empezó la lectura con una sonrisa de satisfacción, seguro de haber logrado su objetivo, pero cuando leyó los últimos renglones, me golpeó y, blasfemando, ordenó a los policías que me llevaran fuera, gritando: Sabemos cómo hacer hablar a esta carroña.

Jesús, siempre a mi lado...
»Pero en esos sufrimientos tuve a mi lado y dentro de mí la consoladora presencia del Señor Jesús, sumo y eterno sacerdote, a veces, incluso, con una ayuda que no puedo menos de definir “extraordinaria”, pues era muy grande la alegría y el consuelo que me comunicaba.

Trabajos forzados en los pantanos

»Al salir de la prisión, me enviaron a trabajos forzados como obrero en una finca estatal: me pusieron a trabajar en la recuperación de los pantanos. Era un trabajo fatigoso y con la poca alimentación que teníamos se nos reducía a gusanos humanos: cuando uno de nosotros caía extenuado, le dejaban morir. Pero en aquella etapa logré decir misa de manera clandestina y sólo desde el ofertorio hasta la comunión. Conseguí un poco de vino y algunas formas, pero no podía confiar en nadie ya que si me descubrían, me hubieran fusilado. En este trabajo en los pantanos estuve 11 años.

Otra vez a la cárcel y pena de muerte
»El 30 de abril de 1979 me arrestaron por segunda vez, me registraron y me llevaron a la ciudad de Scurati. No tenía consigo más que el rosario, un cortaplumas y el reloj. Después de la requisa me tiraron al suelo de una celda. Me daba cuenta que me dirigía a un nuevo calvario; pero de improviso la desolación dio paso a una extraordinaria experiencia de Jesús. Era como si Él estuviera allí presente, de frente a mí, y yo le pudiera hablar. Fue determinante para mí. Comenzaron de nuevo las torturas y otro proceso: el 6 de noviembre de 1979 me condenaron a a morir fusilado. La causa que adujeron fue sabotaje y propaganda antigubernativa. Pero, dos días después, la pena de muerte fue conmutada por 25 años de prisión.

La libertad... a los 80 años
»Prácticamente he conocido la libertad a los 80 años, cuando en 1989 pude celebrar la primera Misa en libertad. Pero hoy, recorriendo con mi pensamiento mi propia existencia, me doy cuenta de que la misma ha sido un milagro de la gracia de Dios y me sorprendo de haber podido soportar tanto sufrimiento, con una fuerza que era la mía, conservando una serenidad que no podía tener otra fuente que el corazón de Dios.

Experiencia como sacerdote
»Esta es mi experiencia sacerdotal en todos estos años; una experiencia, ciertamente, muy particular con respecto a la de muchos sacerdotes, pero desde luego no única: son millares los sacerdotes que en su vida han sufrido persecución a causa del sacerdocio de Cristo. Experiencias diversas, pero todas unificadas por el amor. El sacerdote es, ante todo, una persona que ha conocido el amor; el sacerdote es un hombre que vive para amar: para amar a Cristo y para amar a todos en Él, en cualquier situación de vida, incluso dando la vida.

»Pero hoy, contemplando la gloria de María en el Cielo, y pensando que también a nosotros se nos ofrece esta gloria futura con Dios, no puedo hacer otra cosa, que dirigirme a vosotros, queridos hermanos sacerdotes, con las palabras de san Pablo: “Porque estimo que los sufrimientos del mundo presente no son comparables con la gloria que ha de manifestarse en nosotros” (Rom 8, 18). Contemplamos la gloria de María en el cielo, permanecemos fieles, en pie, con fuerza y dignidad cerca de la Cruz de Jesús, sin importarnos el modo en que esa cruz se presente en nuestras vidas. nosotros somos personas que nos entregamos al amor de Cristo. ¿Quién nos podrá separar de este amor? Éste es el verdadero mensaje de mi experiencia de vida. En todos los momentos de sufrimiento y de dificultad “nosotros salimos vencedores gracias a Aquél que nos amó” (Rom 8, 37).

No al odio
»Pero nunca he guardado rencor hacia los que, humanamente hablando, me robaron la vida. Después de la liberación, me encontré por casualidad en la calle con uno de mis verdugos: sentí compasión por él, fui a su encuentro y lo abracé».

El padre Anton Luli S.J. murió en Roma el 10 de marzo de 1998 a la edad de 88 años.

Tomado de: religionenlibertad.com