viernes, 5 de noviembre de 2010

DOMINGO XXXII DEL TIEMPO ORDINARIO

"¡Dios no es Dios de muertos, sino de vivos, pues para Él todos están vivos!"
Lc. 20,27-38

En nuestros países en Latinoamérica el segundo día de este mes celebramos el día de los difuntos y me viene a la mente esta fiesta que con tanta algarabía celebramos. Pero el Evangelio de hoy nos declara muy tajantemente que "Dios es un Dios no de muertos, sino de vivos..."

Jesús nos dijo: "Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia..." Es tal la grandeza de la Vida que el Señor nos trae que nos sirve para esta vida y para la otra. Sí; para la otra...

Resulta que muchas personas que dicen tener mucha fe, creer en Dios, y todas las demás cosas propias de los cristianos, dicen tener miedo a la muerte y, si le recuerdas la otra vida, te dirá que eso nadie lo sabe, que nadie ha vuelto...
Se acercan a Jesús un grupo de saduceos que negaban la resurrección de los muertos. Se acercan con una pregunta con doble intención. Ya saben ustedes que las personas que están predispuestas a negar las verdades religiosas, en muchas ocasiones, tratan de ridiculizarlas. Así hicieron nuestros amigos saduceos.

Citan a Jesús la "Ley del levirato" (Dt 25, 5-10) y le ponen un ejemplo práctico para la aplicación de esta ley. Siete veces quedó viuda una mujer.
En la otra vida ¿Quién será su verdadero esposo... ¿el primero? ¿el quinto...? El Maestro les contesta que la condición de los hijos de Dios en el cielo, después de la resurrección, será muy diferente de la condición que tenemos en este mundo.

Un dia en uno de las visitas a los salones de clase me puse a hablar con un niño de siete años surgió el tema de la muerte. El muchachito conocía la palabra y más o menos hablaba con soltura de tal asunto. Me dio entonces por preguntarle:
- ¿Tú sabes qué es la muerte?
Y me contestó que no. Que le había preguntado a su hermano mayor —sólo unos pocos años más que él— pero le dijo que no se lo iba a decir porque iba a tener pesadillas por las noches...
Algo parecido pasa con muchas personas mayores de siete años... La muerte la conocen porque la ven en otros, pero sigue siendo una pregunta sin respuesta... quizá por miedo a tener pesadillas por la noche...

Hay muchas personas que esperan en la otra vida como desesperación en esta que ahora viven. Anhelan la otra porque la de aquí no les satisface. Se olvidan que ya el cielo (el estar con Dios) ya comienza aquí, ahora. Sólo tenemos que esperar después de la muerte que sea eterno. No hay que ambicionar la vida eterna cuando la vida caduca se vive lejos de Dios...
En la vida eterna ya no se morirá por eso no hace falta la reproducción. Donde no hay muerte, no se necesita sucesión. Allí los seres humanos serán "como ángeles". No dice que serán ángeles, pues el cuerpo resucitado y glorioso no dejará de ser cuerpo, mientras que los ángeles son espíritus incorpóreos.

Tendremos un "cuerpo espiritual". No significa que el cuerpo se convierta en espíritu, sino que será totalmente gobernado y movido por el Espíritu. Los cristianos tenemos un convencimiento profundo: Existe otra vida después de ésta. Pero sería absurdo explicar aquella realidad con los elementos de nuestra vida presente. Tenemos que entrar en la terminología de Dios para ver y entender estas realidades espirituales.

Es una pena que nuestras Iglesias se llenen para los funerales, muchas veces como compromiso social y otras para agarrarse a algo. Nuestros templos, en cambio, se quedan medio vacíos cuando celebramos la Resurrección. No es fácil hablar de estos temas cuando no se tiene en el corazón la seguridad de la presencia de quien nos espera más allá de la frontera del dolor de la separación.

Toda la existencia de Jesús estuvo llena de Vida. Su nacimiento y milagros, sus Palabras y acciones, sus intenciones y deseos, todo respiraba vida. Hoy nuestra fe en Él tiene que revitalizarse y eso lo podemos y tenemos que hacer desde el Espíritu que da Vida y Vida abundante.

Tenemos necesidad de encontrarnos con Cristo en el camino de esta vida para que cuando estemos en su presencia en la otra no nos resulte un desconocido. El infierno comienza cuando en esta vida estamos ante la presencia de Dios y no le reconocemos por nuestra humana mediocridad. Sólo la fuerza de la fe, el impacto de la Palabra y el fruto de las obras del Espíritu serán capaces de irnos revelando quién está detrás de todos los misterios.
Nuestro "yo" profundo que llamamos "alma", ya desde el momento de la muerte, va a reunirse con Cristo en una vida glorificada y feliz. Tal es nuestra condición de peregrinos en la Tierra. Los frutos del Espíritu: amor, gozo, paz, paciencia, afabilidad, bondad... nos irán mostrando el camino para ese encuentro gozoso con el Señor. Los sacramentos serán auxiliares imprescindibles en el caminar junto a Jesús.

Mientras tanto, siguen resonando en mi interior las palabras que Jesús dirigió a un colega mío: "Hoy estarás conmigo en el Paraíso". Toda mi vida he intentado mantener ese "Hoy" en la presencia de Jesús. Cuando llegue ese encuentro definitivo no quiero que Dios me encuentre en el ayer de mi vida. Sólo hoy, en este día que estoy viviendo, sé que puedo ser feliz con mi Señor. La eternidad me espera y yo la espero en el Señor.

lunes, 1 de noviembre de 2010

SOLEMNIDAD DE TODOS LOS SANTOS


"Vengan benditos de mi Padre y reciban en herencia el Reino que les fue preparado desde el comienzo del mundo"
Mt 25, 31-36

Cada primero de Noviembre celebramos en toda la iglesia universal la solemnidad de todos los Santos, es un día en el cual recordamos el triunfo de todos aquellos cristianos que entendieron a plenitud el Evangelio y lo aplicaron a su vida, vivieron una vida cristiana en perfección y ahora están gozando por siempre de la gloria de Dios. Son hombres y mujeres que están ahora con Dios.

Porque se dice de todos los santos? ¿Es que acaso no cada Santo tiene su propia celebración individual? La iglesia ha declarado Santos a algunos, me atrevo a decir a los más reconocidos, a los que hicieron su santidad más visible, y los ha puesto como modelos, para los que aun vivimos, pero hay un gran número de hombres y mujeres que son santos, pero que lo hicieron de forma callada en la sencillez de su vida, hombres y mujeres que no hicieron públicas sus acciones, pero que vivieron de acuerdo a la voluntad de Dios y de su evangelio.
Son los santos no canonizados, pero que ya están gozando de Dios en el cielo. A ellos especialmente está dedicada esta fiesta de hoy. Yo quiero mencionar a algunos por sus títulos, que quizás parezca un tanto raro decir sus oficios pero creo que así es y se hicieron santos viviendo con alegría y pasión sus oficios respectivos ellos son:

San Chofer de bus y Santa Lavandera de ropa. San Mensajero y Santa Secretaria. Santa Madre de familia y San Gerente de Empresa. San Obrero de construcción y San Agricultor. San Colegial y Santa Estudiante. Santa Viuda, Santa Solterona, Santa Niña y Santa Anciana. San Sacerdote, San Obispo, San Pontífice, San Limosnero, San militar , Santa Cocinera, San Millonario, y muchos más que amaron a Dios y cumplieron sus deberes de cada día.
La Sagrada Escritura afirma que al Cordero de Dios lo sigue una multitud incontable.

La Iglesia nos manda echar en este día una mirada al cielo, que es nuestra futura patria, para ver allí con San Juan, a esa turba magna, a esa muchedumbre incontable de Santos, figurada en esas series de 12,000 inscritos en el Libro de la Vida, - con el cual se indica un número incalculable y perfecto, - y procedentes de Israel y de toda nación, pueblo y lengua, los cuales revestidos de blancas túnicas y con palmas en las manos, alaban sin cesar al Cordero sin defecto. Cristo, la Virgen, los nueve coros de ángeles, los Apóstoles y Profetas, los Mártires con su propia sangre purpurados, los Confesores, radiantes con sus blancos vestidos, y los castos coros de Vírgenes forman ese majestuoso cortejo, integrado por todos cuantos acá en la tierra se desasieron de los bienes materiales y fueron mansos, mortificados, justicieros, misericordiosos, puros, pacíficos y perseguidos por Cristo.
Entre esos millones de Justos a quienes hoy honramos y que fueron sencillos fieles de Jesús en la tierra, están muchos de los nuestros, parientes, amigos, miembros de nuestra familia parroquial, a los cuales van hoy dirigidos nuestros cultos. Ellos adoran ya al Rey de reyes y Corona de todos los Santos y seguramente nos alcanzarán abundantes misericordias de lo alto.

Esta fiesta común ha de ser también la nuestra algún día, ya que por desgracia son muy contados los que tienen grandes ambiciones de ser santos, y de amontonar muchos tesoros en el cielo. Alegrémonos, pues, en el Señor, y al considerarnos todavía bogando en el mar revuelto, tendamos los brazos, llamemos a voces a los que vemos gozar ya de la tranquilidad del puerto, sin exposición a mareos ni tempestades. Ellos sabrán compadecerse de nosotros, habiendo pasado por harto más recias luchas y penalidades que las nuestras. Muy necios seríamos si pretendiéramos subir al cielo por otro camino que el que nos dejó allanado Cristo Jesús y sus Santos.

"Quienes son Los Santos"
La Sagrada Biblia llama "Santo" a aquello que está consagrado a Dios. La Iglesia Católica ha llamado "santos" a aquellos que se han dedicado a tratar de que su propia vida le sea lo más agradable posible a Nuestro Señor.

Hay unos que han sido "canonizados", o sea declarados oficialmente santos por el Sumo Pontífice, porque por su intercesión se han conseguido admirables milagros, y porque después de haber examinado minuciosamente sus escritos y de haber hecho una cuidadosa investigación e interrogatorio a los testigos que lo acompañaron en su vida, se ha llegado a la conclusión de que practicaron las virtudes en grado heroico.

Para ser declarado "Santo" por la Iglesia Católica se necesita toda una serie de trámites rigurosos. Primero una exhaustiva averiguación con personas que lo conocieron, para saber si en verdad su vida fue ejemplar y virtuosa. Si se logra comprobar por el testimonio de muchos que su comportamiento fue ejemplar, se le declara "Siervo de Dios". Si por detalladas averiguaciones se llega a la conclusión de que sus virtudes, fueron heroicas, se le declara "Venerable". Más tarde, si por su intercesión se consigue algún milagro totalmente inexplicable por medios humanos, es declarado "Beato". Finalmente si se consigue un nuevo y maravillosos milagro por haber pedido su intercesión, el Papa lo declara "santo".

Para algunos santos este procedimiento de su canonización ha sido rapidísimo, como por ejemplo para San Francisco de Asís y San Antonio, que sólo duró 2 años. Poquísimos otros han sido declarados santos seis años después de su muerte, o a los 15 o 20 años. Para la inmensa mayoría, los trámites para su beatificación y canonización duran 30, 40,50 y hasta cien años o más. Después de 20 o 30 años de averiguaciones, la mayor o menor rapidez para la beatificación o canonización, depende de que obtenga más o menos pronto los milagros requeridos.

Los santos "canonizados" oficialmente por la Iglesia Católica son varios millares. Pero existe una inmensa cantidad de santos no canonizados, pero que ya están gozando de Dios en el cielo. A ellos especialmente está dedicada esta fiesta de hoy.

viernes, 29 de octubre de 2010

DOMINGO XXXI DEL TIEMPO ORDINARIO

"El Hijo del Hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido."
Lc. 19, 1-10


Me gustaron estas palabras que un sacerdote español dice en su reflexión sobre este evangelio de este domingo el inicia diciendo que: “La conversión siempre empieza por el bolsillo... Esta afirmación puede dejar perplejo a más de uno. El bolsillo representa el lugar seguro donde guardamos lo que creemos valioso. Tenemos muchos bolsillos: el del dinero, el de las ideologías, el de las ideas... En cada uno de ellos guardamos objetos, opciones y opiniones que nos proporcionan seguridad. La conversión es orientar todos nuestros bolsillos hacia los valores de Jesús.

Zaqueo era un hombre rico y no bien mirado por sus conocidos. Era cobrador de impuestos y ya sólo eso significaba un fuerte distanciamiento con las personas de su época. Nos dice el Evangelio que nuestro hombre "quería conocer a Jesús, pero no conseguía verle". Buen deseo de aquel hombre que nos sirve para reflexionar a los cristianos de esta época.

¿Hay necesidad de Jesús en nuestro mundo? ¿Quiere la gente conocer al Salvador? Estoy convencido de que sí. Quizá no de una manera explícita pero sí a través de los distintos "árboles" donde la gente se sube para poder ver una posible solución a su vida.

La humanidad entera necesita ser reconstruida. Esto lo podemos ver por las realidades sociales que no hacen felices a los seres humanos. Hemos aumentado en progreso técnico pero no en el desarrollo moral y humanizante. Algo pasa y muchas veces la gente no sabe describir exactamente qué es, pero sí que es algo que no les da la felicidad deseada.

Zaqueo representa a una parte de la humanidad. Él es rico, tiene un buen trabajo y una buena posición, pero nota que su vida necesita de algo más. Nunca llegaremos a saber por qué aquel hombre rico quería conocer a Jesús.¿Qué necesidades tenía el rico de lo que Jesús le podía ofrecer? Creo que nuestro cobrador de impuestos no era feliz.

Se subió a un árbol para ver a Jesús. El árbol ha estado presente en el comienzo de nuestra fe cuando desde el temprano Génesis nos habla del "del árbol del bien y del mal..." Pero también en el primer final de Jesús donde se convirtió en el "árbol donde estuvo clavada la salvación del mundo..." Entre uno y otro momento aparecen otras plantas arbóreas que sirvieron para otros fines y ejemplos: para ser replantadas en suelo más productivo, para dar mejor fruto, para servir como instrumento de suicidio y de muerte... El árbol al que subió Zaqueo está entre el paraíso terrenal y la cruz de Cristo.

El árbol es uno de los objetos más cargados de simbología en el mundo de las religiones y de las expresiones con significado. En todas las culturas aparece una y otra vez para simbolizar muchísimas realidades que tienen relación con los seres humanos. El árbol simboliza la evolución vital, de la materia al espíritu, de la razón al alma santificada; todo crecimiento físico, cíclico o continuo; significa también la maduración psicológica; el sacrificio y la muerte, pero también el renacimiento y la inmortalidad. No es extraño por tanto que el autor haga referencia al árbol donde subió Zaqueo. Fue esta realidad la que hizo posible ver a Jesús. El Señor no estaba lejos de aquellas inquietudes interiores y por eso se dirige a él invitándose a su casa.

Dice que "bajó aprisa y con alegría recibió a Jesús". Esta vez no es ni un mendigo ni un enfermo ni un leproso quien va en busca de Jesús. Es un rico. No le gritaba ni le pedía nada concreto. Fue Jesús quien se fijó en él: el corazón de muchas personas es muchas veces tocado por Jesús sin que pidamos nada.

La alegría es la característica con la que recibió a Jesús. Muchas veces me ha ocurrido que cuando voy a alguna parroquia a celebrar la Misa, el canto de entrada dice: "¡Qué alegría cuando me dijeron: vamos a la casa del Señor..." pero si quieren que les diga la verdad, tan bonito salmo es cantado mas bien como un cántico funerario que como una expresión de gozo. Cuando llego al altar y termina la triste interpretación siempre les digo: "por favor... no estén tan alegres..."
¿Qué descubrió Zaqueo para que la alegría fuese su compañera en el encuentro con Jesús?
La conversión queda después del encuentro más que desvelada. Se produjo un cambio interior. Vació todos los bolsillos de su vida ante el Maestro. En un momento se dio la triple conversión del alma:
-Reconoció a Dios: Supo que su auténtico Señor era sólo Jesús y ante Él expuso cómo iba a ser de ahora en adelante su vida.
-Reconoció su propia realidad: Vio cara a cara la realidad de su existencia. Era rico pero era realmente un pobre porque no era feliz.
-Reconoció a los demás: Quien se convierte a Cristo ve en los demás una oportunidad de acercarse a Dios. Amar al prójimo, en especial al más débil y necesitado, es un signo de sincera conversión. Mientras la gente le criticaba por pecador, él pensaba en repartir lo que tenía con ellos. Su vida cambiaba porque su relación con los demás le hacía descubrir nuevos caminos de solidaridad para con los más pobres.
Los demás miraban a nuestro Zaqueo como un pecador, Jesús le miraba como una persona. La alegría del rico fue la de agradecerle al Señor que le diese un trato humano y de misericordia.
En otras partes de los Evangelios aparecen otros ricos como el joven que se marchó triste porque amaba las riquezas más que la conversión. Zaqueo sigue siendo rico pero ahora en el encuentro con el Señor ha sido salvado. Supo poner las riquezas exteriores en su sitio para dejar paso a las riquezas del interior. Creció en la solidaridad y en la justicia social. Se dio cuenta que convertirse es descubrirse ante Dios, ante uno mismo y ante los más pobres y débiles de nuestro mundo. Lo novedoso de la Palabra de hoy es que este rico se hizo pobre para hacerse rico. Lo dicho: la salvación empieza por el bolsillo...

viernes, 15 de octubre de 2010

DOMINGO XIX DEL TIEMPO ORDINARIO

“Cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará fe sobre la tierra?".
Lc. 18,1-8.

Hoy el Evangelio nos propone la parábola del juez inicuo, llamada también de la viuda importuna. Jesús estaba indicando a los suyos la importancia de orar sin desfallecer y les propone la parábola citada.

Lógicamente las preguntas saltan inmediatamente en nuestro corazón y en nuestra mente. ¿Acaso no hemos visto personas que ante la muerte de un ser querido gritaban con desesperación que le habían pedido a Dios con mucha fe que sanara a su familiar...? ¿Acaso no hemos oído maldecir a Dios por no conceder lo que con tanta necesidad se le pedía...?
¿Acaso no es en las peticiones no concedidas donde más personas encuentran un motivo para alejarse de Dios...? Pero Jesús insiste que tenemos que orar sin desfallecer...

Para unas personas, Dios ha creado el mundo, pero luego se ha desentendido de Él. Para otros, absolutamente todo, hasta en las cosas más insignificantes de la existencia, Dios está actuando... Como siempre tenemos que buscar el nivel necesario para descubrir la actuación de Dios en el mundo respetando la autonomía de la naturaleza y la libertad de las personas.

La oración no es para el cristiano algo accesorio o de simple conveniencia. Es algo imprescindible para entender la vida y lo que en ella nos pasa. Todos tenemos un diálogo interior con nosotros mismos. Estamos durante el día pensando y analizando nuestras vivencias interiores. En el cristiano ese diálogo personal interno queda iluminado por la presencia viva de Jesús. Ya el cristiano no dialoga individualmente consigo mismo sino que en su mente y en su corazón siente la cercanía de Dios acompañante y hacedor del camino.

Muchos cristianos se mueven en un intimismo estéril. Piensan que una cosa es Dios al que deben albergar en su corazón, pero que no resiste el aire de la vida cuando sale al encuentro con los demás. Estos hermanos y hermanas viven lejos de la realidad. Su predicación del Evangelio es estéril porque lo que plantea y lo que vive lo hace desde la trinchera oculta para que nadie le "robe" a Dios en su corazón. Se olvidan estos amigos y amigas que Dios no tiene miedo a salir a la ventolera del mundo, es más, necesita respirar nuestro aire porque Dios se hizo hombre... Son raíces sin obras.

Otros hermanos se mueven en el universo contrario. El compromiso por el Evangelio no les deja tiempo para entrar dentro de sí y preparar al Señor una morada digna. Una morada que pasa por la sensatez, la fe, la esperanza y el amor... Están todo el día entregados a los pobres y a los necesitados, pero huyen del diálogo interior consigo mismo y con Cristo. Su Evangelio está a medias. Son obras sin raíces...

El Señor nos llama a orar siempre porque bien sabe que necesitamos raíces con obras. Hacer presente a Jesús en el mundo significa equilibrar estos dos aspectos que tanto hacen sufrir cuando van por separados. Centrar nuestra vida en Cristo es la tarea de toda nuestra existencia, pero centrarla no para guardar su presencia sino para que dé fruto abundante.
¿Por qué debemos orar incluso si no percibimos los resultados de nuestras peticiones? En el mundo que vivimos, donde tanto se premia la prontitud y la eficacia, se nos invita a entrar en otra dinámica totalmente nueva. Tenemos que entrar en el ritmo de Dios.

Puede ser que estés necesitando hoy más que nunca de su presencia. Es probable que pienses que el Señor te falla... Cuando vivimos pegados al Señor salimos al mundo sin miedo porque el Espíritu Santo actúa en nosotros. Dice la Escritura que donde hay amor no hay miedo. Tenemos que orar con amor hacia Dios y hacia los demás. Muchas de las oraciones que hacemos están llenas de abatimiento, de tristeza, de amarguras, de mil infelicidades. Podemos rezar desde esas situaciones pero no con esas actitudes. Si en plena batalla somos capaces de orar al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo desde el amor, siempre encontraremos respuestas, quizá no la que deseamos, pero ten la seguridad que cuando oramos con amor Dios nunca se queda mudo.

El ser humano actual está perdiendo la escucha y el diálogo interior, es por ello que cada vez el vacío se hace más presente en muchas personas. Vivimos en una sociedad de sordomudos del interior.
La Palabra, la oración y los sacramentos son los medios que Dios nos ha dado para mantener un constante diálogo con Él y con el mundo, de una manera muy especial con los más pobres y necesitados. Cuando vivimos estas tres dimensiones: Palabra-oración-sacramentos, Dios nunca quedará arrinconado en la caja fuerte de nuestro corazón para que nadie nos lo quite. Jesús quiere repartirse a todos y para todos, de ahí que nos dejó su Palabra, su vida, su cuerpo que se da por toda la eternidad. El que de verdad intenta seguir a Cristo tiene que tener un corazón lo suficientemente grande para que en él quepa toda la humanidad, y una vida lo suficientemente sintonizada con Dios para que a través de lo que hace se abra una ventana del cielo para que las personas descubran a Cristo. Hoy diríamos que el amor de Dios es interactivo, nunca algo individualizado. El sagrario de Cristo es el mundo y por eso en cada uno de nuestros templos se ha quedado como Palabra que hable y cuerpo que da vida...
Tenemos que confiar en los plazos de Dios.

Cuando rezamos el Padrenuestro decimos "Hágase tu voluntad en la tierra y en el cielo" no podemos olvidarnos de estas dos dimensiones donde Dios actúa siempre para nuestro bien aunque en un determinado momento creamos que no es así.

lunes, 11 de octubre de 2010

BEATO JUAN XXIII (1881-1963)

Hoy 11 de octubre,
Celebramos la Fiesta del Beato Juan XXIII

Textos de L'Osservatore Romano

Nació en el seno de una familia numerosa campesina, de profunda raigambre cristiana. Pronto ingresó en el Seminario, donde profesó la Regla de la Orden franciscana seglar. Ordenado sacerdote, trabajó en su diócesis hasta que, en 1921, se puso al servicio de la Santa Sede. En 1958 fue elegido Papa, y sus cualidades humanas y cristianas le valieron el nombre de "papa bueno". Juan Pablo II lo beatificó el año 2000 y estableció que su fiesta se celebre el 11 de octubre.

Nació el día 25 de noviembre de 1881 en Sotto il Monte, diócesis y provincia de Bérgamo (Italia). Ese mismo día fue bautizado, con el nombre de Ángelo Giuseppe. Fue el cuarto de trece hermanos. Su familia vivía del trabajo del campo. La vida de la familia Roncalli era de tipo patriarcal. A su tío Zaverio, padrino de bautismo, atribuirá él mismo su primera y fundamental formación religiosa. El clima religioso de la familia y la fervorosa vida parroquial, fueron la primera y fundamental escuela de vida cristiana, que marcó la fisonomía espiritual de Ángelo Roncalli.

Recibió la confirmación y la primera comunión en 1889 y, en 1892, ingresó en el seminario de Bérgamo, donde estudió hasta el segundo año de teología. Allí empezó a redactar sus apuntes espirituales, que escribiría hasta el fin de sus días y que han sido recogidos en el «Diario del alma». El 1 de marzo de 1896 el director espiritual del seminario de Bérgamo lo admitió en la Orden franciscana seglar, cuya Regla profesó el 23 de mayo de 1897.

De 1901 a 1905 fue alumno del Pontificio seminario romano, gracias a una beca de la diócesis de Bérgamo. En este tiempo hizo, además, un año de servicio militar. Fue ordenado sacerdote el 10 de agosto de 1904, en Roma. En 1905 fue nombrado secretario del nuevo obispo de Bérgamo, Mons. Giácomo María Radini Tedeschi. Desempeñó este cargo hasta 1914, acompañando al obispo en las visitas pastorales y colaborando en múltiples iniciativas apostólicas: sínodo, redacción del boletín diocesano, peregrinaciones, obras sociales. A la vez era profesor de historia, patrología y apologética en el seminario, asistente de la Acción católica femenina, colaborador en el diario católico de Bérgamo y predicador muy solicitado por su elocuencia elegante, profunda y eficaz.

En aquellos años, además, ahondó en el estudio de tres grandes pastores: san Carlos Borromeo (de quien publicó las Actas de la visita apostólica realizada a la diócesis de Bérgamo en 1575), san Francisco de Sales y el entonces beato Gregorio Barbarigo. Tras la muerte de Mons. Radini Tedeschi, en 1914, don Ángelo prosiguió su ministerio sacerdotal dedicado a la docencia en el seminario y al apostolado, sobre todo entre los miembros de las asociaciones católicas.

En 1915, cuando Italia entró en guerra, fue llamado como sargento sanitario y nombrado capellán militar de los soldados heridos que regresaban del frente. Al final de la guerra abrió la «Casa del estudiante» y trabajó en la pastoral de estudiantes. En 1919 fue nombrado director espiritual del seminario.

En 1921 empezó la segunda parte de la vida de don Ángelo Roncalli, dedicada al servicio de la Santa Sede. Llamado a Roma por Benedicto XV como presidente para Italia del Consejo central de las Obras pontificias para la Propagación de la fe, recorrió muchas diócesis de Italia organizando círculos de misiones. En 1925 Pío XI lo nombró visitador apostólico para Bulgaria y lo elevó al episcopado asignándole la sede titular de Areópoli. Su lema episcopal, programa que lo acompañó durante toda la vida, era: «Obediencia y paz».

Tras su consagración episcopal, que tuvo lugar el 19 de marzo de 1925 en Roma, inició su ministerio en Bulgaria, donde permaneció hasta 1935. Visitó las comunidades católicas y cultivó relaciones respetuosas con las demás comunidades cristianas. Actuó con gran solicitud y caridad, aliviando los sufrimientos causados por el terremoto de 1928. Sobrellevó en silencio las incomprensiones y dificultades de un ministerio marcado por la táctica pastoral de pequeños pasos. Afianzó su confianza en Jesús crucificado y su entrega a él.

En 1935 fue nombrado delegado apostólico en Turquía y Grecia. Era un vasto campo de trabajo. La Iglesia católica tenía una presencia activa en muchos ámbitos de la joven república, que se estaba renovando y organizando. Mons. Roncalli trabajó con intensidad al servicio de los católicos y destacó por su diálogo y talante respetuoso con los ortodoxos y con los musulmanes. Cuando estalló la segunda guerra mundial se hallaba en Grecia, que quedó devastada por los combates. Procuró dar noticias sobre los prisioneros de guerra y salvó a muchos judíos con el «visado de tránsito» de la delegación apostólica. En diciembre de 1944 Pío XII lo nombró nuncio apostólico en París.

Durante los últimos meses del conflicto mundial, y una vez restablecida la paz, ayudó a los prisioneros de guerra y trabajó en la normalización de la vida eclesiástica en Francia. Visitó los grandes santuarios franceses y participó en las fiestas populares y en las manifestaciones religiosas más significativas. Fue un observador atento, prudente y lleno de confianza en las nuevas iniciativas pastorales del episcopado y del clero de Francia. Se distinguió siempre por su búsqueda de la sencillez evangélica, incluso en los asuntos diplomáticos más intrincados. Procuró actuar como sacerdote en todas las situaciones. Animado por una piedad sincera, dedicaba todos los días largo tiempo a la oración y la meditación.

En 1953 fue creado cardenal y enviado a Venecia como patriarca. Fue un pastor sabio y resuelto, a ejemplo de los santos a quienes siempre había venerado, como san Lorenzo Giustiniani, primer patriarca de Venecia.

Tras la muerte de Pío XII, fue elegido Papa el 28 de octubre de 1958, y tomó el nombre de Juan XXIII. Su pontificado, que duró menos de cinco años, lo presentó al mundo como una auténtica imagen del buen Pastor. Manso y atento, emprendedor y valiente, sencillo y cordial, practicó cristianamente las obras de misericordia corporales y espirituales, visitando a los encarcelados y a los enfermos, recibiendo a hombres de todas las naciones y creencias, y cultivando un exquisito sentimiento de paternidad hacia todos. Su magisterio, sobre todo sus encíclicas «Pacem in terris» y «Mater et magistra», fue muy apreciado.

Convocó el Sínodo romano, instituyó una Comisión para la revisión del Código de derecho canónico y convocó el Concilio ecuménico Vaticano II. Visitó muchas parroquias de su diócesis de Roma, sobre todo las de los barrios nuevos. La gente vio en él un reflejo de la bondad de Dios y lo llamó «el Papa de la bondad». Lo sostenía un profundo espíritu de oración. Su persona, iniciadora de una gran renovación en la Iglesia, irradiaba la paz propia de quien confía siempre en el Señor. Falleció la tarde del 3 de junio de 1963.

Juan Pablo II lo beatificó el 3 de septiembre del año 2000, y estableció que su fiesta se celebre el 11 de octubre, recordando así que Juan XXIII inauguró solemnemente el Concilio Vaticano II el 11 de octubre de 1962.


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De la homilía de Juan Pablo II
en la misa de beatificación (3-IX-2000)

Contemplamos hoy en la gloria del Señor a Juan XXIII, el Papa que conmovió al mundo por la afabilidad de su trato, que reflejaba la singular bondad de su corazón...

Ha quedado en el recuerdo de todos la imagen del rostro sonriente del Papa Juan y de sus brazos abiertos para abrazar al mundo entero. ¡Cuántas personas han sido conquistadas por la sencillez de su corazón, unida a una amplia experiencia de hombres y cosas! Ciertamente la ráfaga de novedad que aportó no se refería a la doctrina, sino más bien al modo de exponerla; era nuevo su modo de hablar y actuar, y era nueva la simpatía con que se acercaba a las personas comunes y a los poderosos de la tierra. Con ese espíritu convocó el Concilio ecuménico Vaticano II, con el que inició una nueva página en la historia de la Iglesia: los cristianos se sintieron llamados a anunciar el Evangelio con renovada valentía y con mayor atención a los "signos" de los tiempos. Realmente, el Concilio fue una intuición profética de este anciano Pontífice, que inauguró, entre muchas dificultades, un tiempo de esperanza para los cristianos y para la humanidad.

En los últimos momentos de su existencia terrena, confió a la Iglesia su testamento: «Lo que más vale en la vida es Jesucristo bendito, su santa Iglesia, su Evangelio, la verdad y la bondad». También nosotros queremos recoger hoy este testamento, a la vez que damos gracias a Dios por habérnoslo dado como Pastor.

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Del discurso de Juan Pablo II a los peregrinos
que fueron a Roma para la beatificación (4-IX-2000)

El Papa Juan XXIII, además de las virtudes cristianas, tenía un profundo conocimiento de la humanidad con sus luces y sombras. Para ello, su pasión por la historia, cultivada a lo largo de mucho tiempo, le resultó de gran ayuda.

Ángelo Giuseppe Roncalli asimiló en su ambiente familiar los rasgos fundamentales de su personalidad. «Las pocas cosas que he aprendido de vosotros en casa -escribió a sus padres- son aún las más valiosas e importantes, y sostienen y dan vida y calor a las muchas cosas que he aprendido después». Cuanto más avanzaba en la vida y en la santidad, tanto más conquistaba a todos con su sabia sencillez.

En su célebre encíclica Pacem in terris propuso a creyentes y no creyentes el Evangelio como camino para llegar al bien fundamental de la paz. En efecto, estaba convencido de que el Espíritu de Dios hace oír de algún modo su voz a todo hombre de buena voluntad. No se turbó ante las pruebas, sino que supo mirar siempre con optimismo las diversas vicisitudes de la existencia. «Basta la preocupación por el presente; no es necesario tener fantasía y ansiedad por la construcción del futuro». Así escribió en 1961 en el Diario del alma.

Al dirigiros mi saludo a cuantos habéis venido especialmente de Bérgamo y de Venecia, con el cardenal Cé y el obispo Amadei, deseo que el ejemplo del Papa Juan os impulse a confiar siempre en el Señor, que guía a sus hijos por los caminos de la historia.

[Cf. L'Osservatore Romano, edición semanal en lengua española, del 1 y del 8 de septiembre del 2000]

domingo, 10 de octubre de 2010

XXXVIII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

"¡Jesús, Maestro, ten compasión de nosotros!".
Lc 17, 11-19.

La Palabra de hoy toca el tema del agradecimiento. Un tema más que delicado en un mundo lleno de tormentos y de dolor de todo tipo. No hace mucho me comentaba un chico adolescente que él nada tenía que agradecer a nadie, ni mucho menos a sus padres por haberle traído a este mundo donde tanto se sufre, según el por no tener todas las comodidades con las que sueña...

Jesús iba camino de Jerusalén y le salieron diez leprosos. La lepra era para los judíos de la época una señal del desagrado de Dios. Era símbolo del pecado. Los diez le piden a gritos su curación en nombre de la compasión.

Un elemento fundamental en las curaciones cristianas (no me refiero sólo a la salud física) es la compasión. Sentir con el otro sus propios sufrimientos es una gracia que las personas que la tienen se convierten en seres humanos de gran calidad en el amor hacia los que le rodean.

Por desgracia, la compasión no es algo que se pueda aprender en los libros. Se es compasivo en la medida en que nos acercamos adecuadamente a Dios, con limpieza de corazón y mirada solidaria.
Jesús les manda ir a los sacerdotes para cumplir lo que prescribía la ley. No les dice explícitamente que serán curados. Muchas veces en la vida de las personas sucede algo parecido. Emprendemos un camino a nuestras tradiciones y seguridades y en el camino somos transformados. Esto sucede cuando somos capaces de no estancarnos en situaciones que pueden alejarnos de la misericordia.

El Señor nos llama siempre a ponernos en camino hacia muchas situaciones de la vida. El Evangelio está lleno de situaciones y de parábolas donde el camino y los caminantes son transformados como los de hoy. El Señor no hizo el milagro en el mismo momento sino que ellos se fiaron de su Palabra y fue esa confianza en Dios quién obró el milagro. Se pusieron en camino y su vida quedó sanada.

Los cristianos tenemos que hacer constantemente el ejercicio de caminar en la salvación que Jesús nos trae. Tengo que ponerme en camino hacia mí mismo, hacia mis temores, mis complejos, mis seguridades, mis frustraciones... Pero no lo tengo que hacer por sólo un impulso personal o particular. Mi vida tiene que estar constantemente delante de Dios y será Él quien me diga hacia dónde me tengo que dirigir; será el Maestro quién te indique qué hacer y el camino a seguir. No en vano Él ha dicho que "es el camino".
Hay personas que se desesperan porque hay momentos en su vida que no saben qué hacer ni cómo hacer para quedar mejorados por el Señor. Ante estas situaciones lo preferible es esperar, esperar en el Señor. Tenemos que ir aprendiendo el ritmo de Dios que es distinto al nuestro. Nosotros nos movemos en las prisas de la cárcel del tiempo. Dios está en la libertad de la eternidad. Cuando Él nos propone algo se fija no sólo en nuestras horas humanas, en lo que necesitamos en ese momento, sino también en lo que necesitamos para la eternidad. Entender esto de manera vital es tener una gran confianza y esperanza constante en Dios.

Uno de ellos al verse sanado, regresó alabando a Dios a grandes voces. No llegó a su destino. En el camino la Palabra le curó y dio la vuelta y volvió al origen, no a la meta, para dar las gracias. La curación le vino en el camino.
Muchas curaciones de todo tipo se dan en la vida (el camino). Día a día Dios hace en nosotros la obra buena y tenemos que ser conscientes de las gracias que Dios va derramando en nuestras vidas para lograr nuestra total y definitiva sanación. ¿Cuáles son los elementos que Dios pone en nuestro camino para colaborar en nuestra completa felicidad?
• La Palabra.
• Los sacramentos.
• El encontrar en el camino de nuestra vida personas determinadas que nos ayudan a crecer y transformar nuestro interior.
• Situaciones que nos acercan más a Él, aunque en un primer momento no lo entendamos.
• La capacidad de reflexión y de compasión.
• El sentido común, la solidaridad, el compromiso por los más pobres y necesitados...
Sólo uno de ellos volvió para darle las gracias a Jesús. Experimentó la mano sanadora de Dios en su vida y lo primero que hizo fue dar las gracias a su sanador.

Hay personas que piensan que las desgracias que les suceden proceden de Dios. Dicen cosas como "Con lo bueno que yo he sido, ¿cómo Dios me ha enviado esta desgracia...?" Ven en Dios el hacedor de las desgracias cuando es precisamente lo contrario: el creador y repartidor de las gracias.
De los otros nueve leprosos nunca más se supo. Siguieron su camino sanos pero no supieron volverse a su Médico para decir gracias. Ya saben ustedes que ser desagradecidos es una de las limitaciones del ser humano que sólo se puede superar con un corazón limpio y generoso.

viernes, 1 de octubre de 2010

HOMILIA DOMINGO XXVI DEL TIEMPO ORDINARIO


“Señor auméntanos la fe"
Lc 17,5-10.

Una de las preguntas que con más frecuencia me hacen los incrédulos es: "¿Para qué sirve la fe? ¿Acaso el que tiene fe no va a tener problemas, o tener una enfermedad, o un problema matrimonial, o caer en la depresión...? ¿Para qué sirve entonces tener fe...?"

En un mundo tan utilitarista como el nuestro las cosas se buscan para que "sirvan" para algo. Vale lo que me sirve. Es inútil lo que no me aporta nada. Esa es la concepción que tienen muchas personas de nuestro mundo.

La fe se mueve en otras claves totalmente diferentes. La fe no es una conquista humana, ni se compra, ni se obtiene por el propio esfuerzo personal. La fe es un magnífico regalo que Dios nos hace.

¿Qué hay que hacer para acoger la fe que Dios nos regala?

Nos dice la carta a los Hebreos: "Pero no es posible agradar a Dios sin tener fe, porque para acercarse a Dios es necesario creer que existe y que recompensa a quienes le buscan."
La búsqueda constante de Dios debe ser la tarea más urgente en nuestra vida. Tenemos fe, claro que tenemos fe, pero nunca nos olvidemos que es una fe llena de tentaciones. Una fe que sucumbe muchas veces con cierta facilidad. Unas veces pueden más las tentaciones que la propia fe, de ahí que tengamos los creyentes que estar más que atentos a ejercitar nuestra vida cristiana en todos los aspectos. Quien no vive en intensidad lo que cree tarde o temprano termina por debilitarse.

Los Apóstoles piden al Señor que les aumente la fe ya que sin ella quedarán incapacitados para entender y vivir el Reino de Dios. Nuestra fe tiene que estar cimentada en Cristo por encima de todas las circunstancias de la vida. Mi fe no se sostiene porque tenga unas severas leyes morales ni tan siquiera porque tenga conceptos teológicos sólidos. Mi fe está anclada y alimentada en Cristo Resucitado. Mi diálogo interior y mi oración no es conmigo mismo o un diálogo con las ideas que se mueven en mi mente. Mi fe no es un sentimiento. Mi fe es un asentimiento y un experimentar al Señor vivo en mi vida. El Señor que me salva y me da vida.
¡Cuánto sufrimiento se ahorrarían muchos creyentes si tuviesen más fe en Cristo y menos en sus propias ideas o convicciones aprendidas!

¿Para qué sirve la fe?
Me atrevo a dar una respuesta sabiendo que la "utilidad" sea desde la óptica de Dios y no la humana. La fe sirve para que vivas las mismas cosas que viven los demás seres humanos pero de manera diferente.

Situaciones como el paro, la enfermedad, la ruptura matrimonial, la muerte propia y la de nuestros seres queridos... se viven de manera muy distinta con fe que sin ella. La creencia y la confianza en Jesús nos aporta nuevas claves, las claves del Reino de Dios, para poder interpretar y vivir adecuadamente a la altura de hijos de un Padre Bueno todas las circunstancias que aparecen en nuestro vivir diario.

Al lado de la fe el Evangelio de hoy nos recuerda que la humildad tiene que ser un elemento fundamental en el seguimiento del Señor. Ser humilde es reconocer nuestras limitaciones y debilidades y en actuar de acuerdo con este conocimiento. ¿Somos personas lo suficientemente sensatas y espiritualmente equilibradas para descubrir nuestras pobrezas internas?
Por mucho que hagamos en el servicio del Señor siempre tenemos que mantenernos en la actitud de humildad. No soy yo quien he optado de manera unilateral por Cristo. Algo así como hacer una concesión a Dios en mi vida. Es Jesús vivo quien me invita a seguirle y yo respondo desde mi fe con agradecimiento. La cosa no es realizar muchos trabajos pastorales ni tan siquiera sacrificarse, la respuesta es amar intensamente al Señor y dejar que sea Él quien nos acompañe en el camino de la vida. Todo lo demás tiene que ser una derivación de ese primer amor en el seguimiento.

Somos "servidores inútiles" no porque no sirvamos para nada sino que por mucho que hagamos no le daremos a Dios más de lo que tiene. Él tiene que ser nuestra fuente y nuestro motor espiritual.

Hay cristianos llenos de sufrimientos más que de amor porque el mundo que imaginan en su mente no se parece en nada al mundo real. Sufren porque existe una ruptura entre el ideal y la realidad. Más que en el amor de Dios viven en los propios esquemas personales y eso les produce un dolor intenso. Ya va siendo hora que en nuestra vida de cristianos se hagan más presentes los criterios de Dios que los nuestros, la voluntad de Dios más que la nuestra.
Quisiera dejar unas cuantas preguntas para que te preguntes a solas y medites sobre la realidad de la fe .
¿Qué es para ti tener fe: "sentir algo..." "tener un ideal o algo en qué creer..."? ¿En qué consiste tu fe?
¿Vives con los pies en el suelo o siempre en un mundo imaginario que nunca llega y siempre te hace sufrir? ¿Por qué te ocurre esto?
¿Sabes mantener tu fe en Cristo Resucitado por encima de tus tentaciones? ¿Por qué?
¿Cómo vives la humildad en tu vida?
¿Cómo puedes hacer que tu fe y tu humildad están al servicio de los más pobres y más débiles de la sociedad? ¿Qué tienes que hacer

viernes, 24 de septiembre de 2010

DOMINGO XXVI DEL TIEMPO ORDINARIO

'Si no escuchan a Moisés y a los Profetas, aunque resucite alguno de entre los muertos, tampoco se convencerán'.
Lucas 16, 19-31

El evangelio de este domingo XXVI del tiempo ordinario es impresionante e interesante, porque nos muestra con crudeza y claridad lo insensatos que somos para apoderarnos de lo poco que tenemos, y creernos diferentes y mas importantes por lo que somos, desgraciadamente hemos construido nuestro mundo de esa manera, y lo hemos camuflageado con falsos sueños y expectativas.

Nuestra vida terrena está llena de divisiones de todo tipo. Los seres humanos hemos dividido el planeta que Dios nos ha dado. Hemos creado fronteras, levantado muros, colocado banderas... todo ello para ser y sentirnos diferentes. Esta división es la que crea conflictos entre nuestros adentros y en nuestra relación diaria con el mundo. Dios nos ha dado un solo mundo para una única humanidad; nosotros en nombre de la diversidad, de la justicia o de lo que sea, nos hemos encargado una y otra vez de marcar las diferencias. Los primeros cristianos y los Santos Padres encararon este tema y nos dejaron vidas ejemplares y páginas magníficas sobre el derecho de los pobres y la justicia que emana del Evangelio.

En la relaciones humanas hemos hecho lo mismo. Nos hemos inventado las familias y apellidos importantes y los escalafones sociales para dejar bien claro que no somos iguales; que "yo valgo más que tú..."

¿Qué nos dice Jesús sobre estas artificiales diferencias? ¿Qué nos propone para recomponer la unidad que a lo largo de los siglos hemos fragmentado?
El Evangelio nos trae una parábola donde se destaca una de estas diferencias sociales. Nos habla de un pobre y de un rico, ambos en esta vida y en la otra.
Los judíos pensaban que la prosperidad material era una señal más que evidente de la bendición de Dios. Los pobres eran unos malditos. No tenían nada, ni siquiera —según ellos— ni la bendición de Dios.

El mensaje de Jesús se predica especialmente a los pobres y en ellos tiene su profunda resonancia. No es que se descarte a los ricos del camino de la salvación ya que Jesús no les censura su riqueza sino la falta de compasión hacia los pobres. La falta de compasión sea en un rico o en un pobre es muestra de un rechazo hacia el amor de Dios. La compasión es uno de los certeros caminos para llegar a la salvación.

Lázaro aparece como un hombre mísero en todos los aspectos de su vida: no tenía salud, ni comida, ni casa, ni amigos, ni abrigo alguno. Sólo tenía la esperanza de que algo sobrante saciara su indigencia. En nuestras sociedades hay muchas personas que viven esta misma realidad. La pobreza se ha vuelto parte de sus vidas y convive con ellos. El drama de la pobreza no es solamente las necesidades de todo tipo sino que en el pobre incluso se llega al extremo de la indigencia, cuando se da cuenta de que por sí mismo no sabe salir de su pobreza. No hay mayor pobreza que no saber salir de ella.

El Evangelio es una invitación a salir de la pobreza en todas las formas que aplastan al ser humano. No vale aquello de "tú sufre en esta vida que en la otra serás feliz..." Mas bien nos tenemos que mover en "...porque tuve hambre y me diste de comer..."

Para los cristianos el tema de los pobres es central. Sentirse pobre es reconocer que Dios tiene en nuestra vida la totalidad de nuestra salvación. No confío en lo que he podido acumular, no me fío de lo que he podido aprender. Todo es para ponerlo al servicio de los más menesterosos para llegar juntos a unas sociedades más justas y humanas. Los seres humanos de todas las épocas siempre hemos tenido un déficit de humanidad, de ahí que el Evangelio nunca pierda actualidad.
Otro asunto no menos importante es la actitud que tenemos los cristianos para con los más pobres. Veamos algunos tipos de cristianos y cómo se sitúan ante este tema:
Cristianos de "la otra vida": los pobres lo pasarán bien en la otra vida; por eso da igual las desigualdades que tengamos en esta... El Evangelio es un mensaje personal que no tiene por qué repercutir en el exterior... Si yo me salvo para qué me voy a complicar la vida... Son alérgicos a los pobres.
Cristianos "de ruina y devastación": en algunos la pobreza ya no se ha vuelto un enemigo a combatir sino una obsesión, en ocasiones enfermiza obsesión. Condenan todo y a todos. Viven sin paz interior. Están todo el día atacando desde su estrechez mental a los otros que no piensan igual. El Evangelio es una revolución inalcanzable que sólo les produce amargura y enfrentamiento. Son alérgicos a los ricos.
Cristianos según las Bienaventuranzas: al lado de la complicidad personal de vida está la esperanza y la alegría. No condenan sino que invitan a unos y a otros a la salvación. Su vida es como la de Jesús: acoge a unos y a otros sin discriminación sino con amor. Todos están llamados a la conversión y a participar en el Reino.

Jesús no condena la riqueza en sí sino el uso que se hace de ella; condena el egoísmo que nos impide llegar a caminos de solidaridad. Zaqueo el rico se salva en su encuentro con Jesús y devuelve a los pobres con creces lo que de ellos tomó.

Quien está muy apegado a las riquezas (dinero, prestigio, seguridades de tipo intelectual, poder, el creerse que se tiene el monopolio del Evangelio...) no puede percibir el camino del Reino de Dios. Los pobres, los que son capaces de desprenderse de sus distintas riquezas y ponerlas al servicio de los demás, son los que están más disponibles a aceptar y vivir la fe.

viernes, 17 de septiembre de 2010

DOMINGO XXV DEL TIEMPO ORDINARIO

“Ningún siervo puede servir a dos amos…”
Lc.16,1-13


Hay mucha gente en este mundo que su único motivo para vivir es el conseguir dinero. Cuando hablas con ellos una y otra vez y siempre el centro o el fin de cada conversación es el tema de la fortuna material. Son personas donde funciona a la perfección el "eres lo que tienes..."
Muchas personas son capaces de hacer cualquier cosa por dinero, porque encuentran en él una seguridad que nadie ni nada le puede ofrecer.
Hoy la Palabra nos habla de un administrador infiel, de un mal administrador. Jesús nos pone este ejemplo no para que sigamos sus pasos de injusta trayectoria. Lo que nos quiere hacer ver es la astucia que pone la gente del mundo en sus negocios e intereses. La dedicación de muchas personas a conseguir bienes materiales muchas veces puede ser un estorbo que nos impida llegar a los bienes de Dios. No olvidemos esto nunca.

Los cristianos tenemos que plantearnos el papel del dinero en nuestra vida. Hay algunos que lo satanizan, otros lo divinizan, pero creo que la cosa no está en lo uno o en lo otro. Hay que poner el dinero donde debe estar; puede que lo necesitemos en muchos sitios y aspectos de nuestra vida, pero donde seguro que nunca tiene que estar el dinero es en el interior del corazón.

Cuando vivimos demasiado apegados a la fortuna material nos podemos olvidar con facilidad de otras fortunas más importantes: el ser hijo/a de Dios; el tener la fe; el luchar por los demás... Ante esto el Evangelio nos da un toque de atención y nos hace preguntar por qué hay tantos cristianos que tienen tan poco entusiasmo en sembrar el Mensaje de Jesús y tanta urgencia para las cosas materiales.

Nuestro sagaz administrador convierte a los deudores de su amo en amigos suyos. Para las cosas del mundo la gente sabe moverse, es astuta, no les importa sacrificarse. En los negocios del mundo las ganancias son siempre temporales; en las cosas de Dios las ganancias son eternas.

Todo cuanto poseemos y las personas que tenemos a nuestro alrededor es propiedad de Dios. Aunque sin intención digamos que son nuestras, Más bien tenemos que decir " todo lo que Dios me ha prestado..." Perder de vista al único dueño nos hace caer en estados depresivos cuando llegan los duros momentos de la muerte de nuestros seres queridos.
¿Para qué Dios nos presta a estas personas? Para que juntos podamos hacer nuestro camino hacia Él. De ahí que la familia verdadera de Jesús no es según la carne y la sangre sino desde el Espíritu de Dios. Ver a los demás y lo que poseemos como préstamos de Dios es dejar que sea Él quien nos haga comprender las relaciones humanas a los niveles más profundos.

Con dinero podemos hacer mucho bien o mucho mal, depende el uso que le demos; pero también es cierto que el preciado metal puede meterse en nuestro corazón haciéndonos creer que es lo más importante en la vida. Cuando esto sucede en una persona no significa que tenga dinero, sino que el dinero es quien le tiene bien atrapado.

Somos administradores de la riqueza que Dios ha puesto en nuestras manos. Cuantas personas derrochan grandes cantidades de dinero en mil tonterías cuando a su alrededor hay tanta necesidad en tantos seres humanos. Llega la Navidad y no sabemos qué comprar a los nuestros porque "tienen de todo"; mientras millones de personas pasan las necesidades más básicas para una vida digna. ¿Qué haces tú realmente por los más pobres y necesitados que existen en tu entorno?
El administrador actuó con astucia y prontitud. La fe tiene que tener elevadas dosis de sentido común y de acciones concretas hacia los demás. No hacen falta buenas intenciones sino buenas acciones. La fe de muchas personas muere porque el aburrimiento y la falta de acción la debilitan en gran manera. El final de la fe comienza cuando se vuelve estéril y cómoda ante la realidad doliente del mundo. Se vuelve insensible y empieza a poner su interés en cosas materiales. Mantenernos cerca del Señor es el mejor antídoto contra el veneno que nos puede inocular el dinero y las riquezas materiales.

viernes, 10 de septiembre de 2010

DOMINGO XXIV DEL TIEMPO ORDINARIO

“Perdidos y encontrados por la misericordia divina”
Lc.15,1-32


Qué grande es la misericordia de Dios, y que grande es el amor que tiene a todos sus hijos, y cada día que pasa nos muestra a través de tantos signos y símbolos ese majestuoso regalo, una misericordia que no tiene límites, ni barreras, siempre está ahí para nosotros, y nos lo da como bálsamo para nuestras heridas.

El texto de hoy nos cuenta tres hermosas parábolas a las que con razón se les llama "las parábolas de la misericordia: La oveja perdida, la moneda perdida y el hijo pródigo. Las tres tienen en común la misericordia y la constancia que produce alegría.
La verdad es que este Evangelio de hoy para muchos cristianos es el "evangelio para los otros" ya que "yo creo en Cristo; estoy convertido..." y me da la impresión que esto no es así. ¿Por qué les digo esto? Si miramos nuestras iglesias y lugares de reunión vemos que los "pecadores" oficiales no se acercan a nosotros. Es verdad que vienen a solicitar sacramentos muchas personas que están en situación irregular, pero no es menos cierto que existe como una ruptura en la relación entre pecadores e Iglesia.

Los pecadores en muchas ocasiones no ven en la Iglesia una invitación a Cristo. Ven más bien una especie de "multinacional del bien" que no va con ellos.

Hay veces que cuando se acerca un pecador a nuestros lugares de culto más que acogerle lo que hacemos es mirarle con desconfianza, cuando no con desprecio... ¿Es esta la actitud de misericordia que Dios pide de nosotros?. Estas actitudes eran más crudas en la época de Jesús, donde se veía a aquellos que habían pecado como seres despreciables que no se les podía ni ver de reojo, simple y sencillamente porque eran pecador, eran vistos como ciudadanos de segunda o tercera categoría. Nunca veas a alguien que ha cometido un error como una persona menos que tu y yo, nunca lo desprecies por sus miserias, porque cada vez que lo tratas mal, estás haciendo que se hunda en su pecado y colaborando en su autodestrucción, y en su muerte espiritual, esa es la actitud de Jesús en la liturgia de hoy, mostrar al pecador que puede volver a vivir, que puede volver a tener dignidad y que tiene derecho a que se le cargue en los hombros de la misericordia, en los hombros de la esperanza y la confianza, en los hombros del consuelo por su pecado.

Hay cristianos que se quejan de lo mal que está el mundo, de esas sodomas y gomorras del tiempo presente. Todo es ruina y devastación... Se olvidan estos hermanos y hermanas que entre la frondosidad del pecado siempre se está abriendo una y otra vez la claridad de la luz.
El pecado nunca tiene la última palabra en la vida de las personas. Siempre la gracia es más fuerte y la misericordia más intensa.

Perdidos y encontrados este es el gran anuncio del Evangelio que pasa por el camino de la misericordia para llegar a la alegría. Muchos cristianos sinceros viven la fe como una tortura, "padecen" de la fe, y esto sucede porque la viven sin misericordia, sin alegría.

Para ellos seguir a Cristo es o bien tener bien claras una serie de ideas que hay que vivir o estar en permanente disconformidad con todo y con todos. La misericordia no tiene un papel importante en ellos...

Los cristianos a través de los siglos hemos ido elaborando delicadas teorías para poner a cada uno en su sitio: el pecador en su pecado y el convertido en la gracia. Puede ser que nos olvidemos con mucha facilidad que en todos los seres humanos hay momentos de estar perdidos y de encuentro. Que los análisis y las acusaciones humanas no pertenecen al ámbito de Dios. Toda nuestra vida será intentar adecuar nuestro pensamiento y nuestro ser a la realidad de Dios no a la inversa.

Creer en Dios es también creer en su misericordia y en la capacidad del ser humano para aceptarla. Nunca podemos infravalorar la respuesta de los demás al amor de Dios. Cuando veas a una persona aparentemente alejada de Dios no desconfíes nunca de su posibilidad de un auténtico encuentro con el Señor. La historia de nuestra fe está llena de pecadores y pecadoras arrepentidas que una y otra vez fueron acogidas por el Padre Bueno.
¿Sabemos nosotros descifrar el misterio del ser humano desde la óptica de la misericordia de Dios?

A este mundo le faltan hombres y mujeres amantes de la misericordia, y pregoneros del perdón y el amor de Dios, recuerda que Dios está siempre a la puerta para esperar a cualquiera que busque una pizca de reconciliación y de perdón. Amen

viernes, 3 de septiembre de 2010

XXIII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO


“El que no renuncie a sus bienes no puede ser discípulo mío”

Lc. 14,25-33

La Palabra de hoy es desconcertante porque en otros párrafos de la Escritura nos habla Jesús del amor a los demás en un tono de humildad, ahora parece que se cambian los acentos. El Señor reivindica para sí el amor más grande que pasa por encima incluso de los amores más cercanos.

Mucha gente acompañaba al Maestro, había de todo tipo de gente y El sabia que todos tenían una diferente intención al andar con él; unos le acompañaban porque descubrieron en Él a alguien a quien merecía la pena seguirle. Otros le seguían por interés y algunos por curiosidad. Por esta razón comienza ser claro con ellos respecto al seguimiento les empezó a explicar lo difícil que es acompañarle. Ellos le estaban siguiendo físicamente, pero ahora Jesús les expone la necesidad de seguirle con el corazón, con el amor más profundo.

Los seres humanos, incluso los que intentamos llevar un seguimiento de Jesús con una cierta dignidad, siempre podemos caer en la tentación de dejarnos absorber por otras situaciones de la vida. Puede ser el trabajo, los amigos, las dificultades e incluso nosotros mismos.

Siempre me ha parecido interesante que la mayor dificultad que tenemos las personas para seguir a Cristo no está en los demás, ni en los que me dan alegrías o los que me dan penas. Mi mayor obstáculo puedo ser yo mismo si no soy capaz de poner a cada situación y cada persona en el lugar que les corresponde en mi vida.

No es que Jesús haga un desprecio al amor hacia los más cercanos. No nos dice que les dejemos de amar. Lo que nos recuerda es que la fuente del amor, el amor más grande lo tenemos que tener hacia Dios; de esa fuente nacerá la enseñanza para aprender a amar de verdad a los otros.

Muchos de los amores de la vida nos pueden apartar del camino del amor verdadero. Creemos que nos enamoramos de las personas pero ese amor se puede convertir en una trampa para nuestra libertad. Los amores que hay que superar están en personas físicas a las cuales podemos ver y tocar.

Jesús nos anima a amarle más allá de lo físico, por eso su amor aparece como más exigente. Seguir al Señor necesita de un amor más fuerte porque sus exigencias son mayores.

Seguir a Cristo es intentar vivir como Él vivió. Su vida fue una total entrega por encima de los lazos familiares y de las relaciones filiales. Instauró una nueva forma de relación entre los seres humanos: ver a todos, de una manera especial a los más débiles y necesitados, como miembros de la propia familia de Dios, de esa manera todos pasamos a la categoría de hermanos en el Señor.

Dice que debemos de renunciar a todo lo que tenemos para ser discípulo suyo. Amar a Cristo es preferirlo sobre otros amores.

Las renuncias no se refieren solamente a cosas físicas pues hay muchas personas que dan el corazón a cosas materiales. La renuncia que Jesús nos pide pasa también por renunciar a nosotros mismos.

Hay personas que han sido capaces de desprenderse en el seguimiento de Jesús de las cosas materiales. No son ambiciosos. Pero, sin embargo, el camino de discípulo no ha llegado a plenitud porque no ha sabido desprenderse de sí mismo: de sus manías y obsesiones, de sus traumas y cerrazones.

Estos creen que son discípulos pero no lo son porque o bien no han querido o no han podido sentir el amor de Cristo en plenitud. Solamente hay una cosa más difícil que desprendernos del amor a las cosas materiales y de las personas que nos rodea, y es precisamente desprendernos de nosotros mismos.

Cuando estamos muy centrados en nuestra vida, cuando estamos obsesivamente preocupados por nosotros, por nuestro futuro, por nuestra situación, es muy difícil que el amor de Dios perdure en nosotros ya que nuestros intereses serán otros. Quien sigue a Cristo tiene pocas preocupaciones por sí mismo ya que en el Señor encuentra en cantidad lo que otros no le pueden ofrecer.

jueves, 26 de agosto de 2010

"El que se engrandece será humillado y el que se humilla sera enaltecido"
Lc.14,1.7-14

El Evangelio de hoy es muy interesante porque Jesús nos toca la parte de nuestra vida más vulnerable, nuestra humanidad.

La palabra "humano" viene de la misma raíz que "humilde". Ambos vocablos proceden del latín "hûmus" que significa "suelo, tierra". Cuando Dios nos creó no nos hizo desde el cielo sino de la tierra, de ahí nuestra humana-humildad. Para los cristianos la humildad es un tema que siempre tiene que estar presente en nuestra vida de cada día.

¿Qué es ser humilde?

Ser humilde no es tener un carácter débil, cobarde, vacilante. Tampoco es tener posturas afectadas ni silencios ni miradas perdidas... Nada de eso. Ser humilde es reconocernos ante Dios y ante los demás tal cual somos, sin apariencias ni falsas modestias. Sabemos que el orgullo y la ambición pueden llevar a los seres humanos a la humillación, mientras que el ser de verdad humildes nos lleva a ser más amados por los demás.

Muchas personas quieren ser humildes pero no pueden porque están muy centrados en sí mismos. Si permaneces mucho tiempo compadeciéndote, lamentándote, quejándote, nunca entenderás qué significa vivir en la realidad. Hay personas que se hunden porque su vida no está construida en Dios sino en las apariencias hacia sí mismos y hacia los demás. Quieren dar una imagen que no tienen dentro de sí. Quieren aparentar algo que no son. Ya saben ustedes que nadie da lo que no tiene...

La pobreza es aliada de la humildad. No me estoy refiriendo sólo a la pobreza sociológica sino a esa pobreza de espíritu a la que todos estamos llamados. Los pobres de espíritu no son los frágiles sino los que no tienen nada de qué presumir y si lo tienen no lo ponen como prioridad. Son pobres de espíritu los humildes y los temerosos de Dios, es decir, los que no tienen espíritu que infla.

Una de las cosas que tiene la humildad es que no se puede disfrazar. Se nota enseguida la persona que no va buscando admiraciones y reconocimientos y también aquellos que van tras los mismos. Una lección de humildad la tenemos magníficamente expuesta entre Juan el Bautista y Jesús; ambos nos dan en la escena del bautismo (Mt 3,14-15) una auténtica enseñanza de lo que debe ser dejar que Dios y el otro sean el primero en mi vida.

Conozco seglares que están más que deseosos de escalar puestos que en evangelizar y construir el reino de Dios y se olvidan que en realidad han nacido para servir y han olvidado lo que son en realidad, que eres en realidad es la pregunta. Soy un cristiano del pueblo que busco apasionadamente el amor que Dios me da cada día y en cada momento. El pecado contra la humildad siempre ha sido el mismo: querer ser como Dios.

En la antigüedad romana cuando un general entraba a caballo victorioso en una ciudad a su lado corría un esclavo que le gritaba: "¡Recuerda que no eres Dios!" Ojalá las pasiones de hoy sean nuestros esclavos en los aparentes triunfos de la vida que nos recuerden nuestra vulnerabilidad y humana fragilidad.

Cuando buscamos el reconocimiento por parte de los demás no tenemos tiempo para dedicarnos a crecer por dentro. Nos comparamos con otros y esto nos hace sufrir. Siempre habrá personas mejores y peores que nosotros. Sólo tenemos que compararnos con nosotros mismos; hay que ser valientes y preguntarnos: "¿Cómo estaba el año pasado por estas mismas fechas? ¿En qué he mejorado en mi caminar hacia Dios y con los demás?"

Aprendamos de Jesús que nos dice: "Aprendan de mí, que soy paciente y de corazón humilde; así encontrarán descanso." (Mt 11, 29).

La humildad tiene que ser los cimientos en los que se va construyendo la vida cristiana. El ayuno, la oración, la limosna, la castidad y cualquier otro bien que podamos realizar, sin humildad no sirve para nada. Incluso las apariencias de bien nos pueden alejar de Dios como los fariseos: cumplían todo lo previsto, pero serían unos malos seguidores de Jesús debido a su orgullo y desprecio de los demás. Tenemos que volver a la sencillez de los niños (Mt 18,4).

Somos aprendices en la vida y aprendices de cristiano. Conforme van pasando los años me voy dando cuenta que para vivir en el seguimiento de Cristo hacen falta muy pocas cosas; que este caminar es de renuncias y encuentros donde gana quien parece que pierde en las cosas de la vida. Tengo claro que la humildad es la casa donde habita el amor porque lo único que importa es el amor, porque Dios es amor...

sábado, 21 de agosto de 2010

XXI DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

Alguien le preguntó: Señor, ¿son pocos los que se salvan?
Lc 13, 22-30


La salvación es un tema que hoy no está públicamente presente en muchas personas. Muy pocas veces vemos en los medios de comunicación social una referencia a la salvación que nos trae Jesús. Si preguntamos a muchos cristianos qué es eso de la salvación probablemente también se quedarán en la duda de no poder expresar con palabras un contenido tan amplio.

La salvación es nada más y nada menos que estar en Dios, vivir en plenitud una vida eterna presente ya en nuestra vida diaria.

Cuando le preguntan a Jesús sobre el número de personas que se salvan no da ninguna cantidad sino lo que hace es decirle qué es lo que hay que hacer para salvarse. Es una manera muy pedagógica de enfrentar a la persona con su propia realidad. La respuesta la tiene que dar cada persona contrastando su vida con el ideal de Cristo. ¿Estás salvado?
Los requisitos que Jesús nos propone no son fáciles y menos para el mundo donde nos movemos donde lo que se persigue es la comodidad, la ley del mínimo esfuerzo y el resultado rápido y eficaz. Veamos las propuestas que nos hace:

- Entren por la puerta estrecha:
La puerta estrecha no es como alguno puede creer una vida llena de sufrimientos, privaciones y sacrificios, cosa por desgracia tan arraigada en personas que se dicen "cristianas" pero que lo que realmente ocultan son sus traumas o conflictos mentales. El cristianismo no es un club de masoquistas donde disfruta más quien más sufre. Hemos sido llamados a la salvación, a vivir en plenitud, pero sé que esa salvación demanda de mí una aceptación plena de Jesús.

La puerta estrecha es el encuentro consigo mismo en la soledad de tu interior. Es ese diálogo interno donde se fragua la aceptación de Cristo. Es la conversión personal en su mayor nivel. La puerta estrecha no son las alabanzas de las personas ni el éxito material, la puerta estrecha es la que me hace entrar al interior de mi yo.

Las antiguas ciudades estaban amuralladas y tenían varias puertas de acceso; por supuesto estaba la puerta principal por donde podía entrar todo tipo de animales, cargas, productos y cualquier otro objeto necesario para la vida de los ciudadanos. Cuando la ciudad amurallada era atacada, lo primero que se cerraba era el portón principal y solamente quedaban para acceder al interior unas pequeñas puertas estrechas. Por estas puertas no podía pasar nada más que una persona y de lado. No podía llevar nada en sus manos, nada sobre sus espaldas u hombros... La puerta estrecha era el lugar por donde solamente podía pasar una sola persona. Creo que Jesús nos invita a este camino de salvación por esta puerta estrecha, la de nuestra realidad despojados de todo lo que obtenemos en la vida.

Hay personas de todas razas y credos que hacen la experiencia de pasar por la puerta estrecha. Aquella persona que se pone ante Dios tal cual es, sin estar rebosando de los logros del mundo está haciendo la experiencia de pasar por ese lugar indicado por Jesús. Ser uno mismo ante Dios, no llevar exceso de equipaje para que nuestra vida no esté llena de temores ante la posible pérdida o robo de las cosas mundanas. Llevar nuestra vida a Dios tal cual es, eso es pasar por la puerta estrecha.

- Estén alerta:
En las sociedades cristianas tenemos el peligro de pensar que nuestra forma de vivir la fe es la más auténtica, la más verdadera. Recuerdo que cuando empezó la libertad religiosa con la aparición de distintos grupos, varias personas se me acercaron preguntándome "cuál era la verdadera..."

Tenemos que estar alertas para vivir una fe llena de Dios y no de nuestros proyectos y presupuestos humanos. Dios no reconoce a quien no es capaz de dejarlo todo por Él a pesar de que compartieron mesa y palabra. Estar alerta es preguntarnos con frecuencia dónde está Dios y dónde estoy yo en este momento de mi vida.

Vivir la fe con alegría y optimismo dejándose llevar por la voluntad de Dios. Vivir el camino así significa tener una existencia no frustrada sino realizada. En este camino del Señor vendrán otras personas de donde menos lo esperamos y compartirán con nosotros el reino de Dios.

Que Dios les bendiga y les haga mas santos.

viernes, 13 de agosto de 2010

SOLEMNIDAD DE LA ASUNCION DE LA VIRGEN MARIA

“El poderoso ha hecho obras grandes por mi”
Lc. 1,39-56.

Los católicos celebramos hoy una fiesta muy entrañable con sabor a madre. Creemos que la Virgen María está en cuerpo y alma en el cielo.

Creemos que María ha entrado en la gloria no sólo con su espíritu, sino totalmente con toda su persona, detrás de Cristo, como primicia de la resurrección futura.

Si acompañó a su hijo desde el primer momento, ella es la que ha disfrutado de la realidad de su gloria en plenitud también desde la realidad de la resurrección de su Hijo.

No la endiosa pero sí que deja bien claro su lugar y su papel en la fe. María fue bendecida por su disponibilidad y su aceptación a la voluntad de Dios.
Recorramos hoy este evangelio de alabanza y profecía.

María es la Madre del Hijo de Dios y esto no le lleva a creerse más que nadie sino a aceptar lo que Dios hace en ella. El Todopoderoso hace obras grandes en ella porque es capaz de aceptar con serenidad su presencia. Ante la invitación de Dios ella supo contestar con un rotundo sí.

Miremos nuestra vida y descifremos la voluntad de Dios para con nosotros, para con nuestra familia, amigos, trabajo, Iglesia... cada paso que damos en la vida tiene que estar marcado por la presencia de Dios.
Pobre del cristiano que no sepa cuál es la voluntad de Dios y que nunca quiera aceptarla.

María ha creído, lo que significa, que creer en la Palabra de Dios es estar seguro de que esa Palabra no puede fracasar. Quienes experimentan en sí mismos la Palabra de Dios que se cumple debe animar a otros a esperar en ella.

Muchos cristianos tienen una fe raquítica y estéril porque no está regada por la Palabra de cada día, una Palabra dicha hoy para mí. Puede que en nuestra catequesis nos esforcemos mucho por transmitir a los niños tantas y tantas cosas que puede ser que nos olvidamos de reforzar la presencia de la Palabra de Dios.

Siempre pienso que debemos ser transmisores de esa Palabra que aunque fue dicha hace siglos sigue hoy más vigente que nunca. La Palabra hoy no es un eco. El eco muchas veces llega cuando ya la realidad ha cambiado.

La Palabra está dicha hoy para mí, para mi mundo, para la realidad donde vivo. María supo entender esto. Cuando acoge la Palabra lo hace desde su realidad y por eso cambia su vida. Si nos limitamos a oír la Palabra nunca se obrará en nosotros el cambio de vida.

La fe de María le lleva a proclamar un cántico de alabanza:
- "Mi alma alaba la grandeza del Señor". No es mi grandeza la que es alabada sino la grandeza de mi Dios. ¿Descubro yo las grandezas que hace el Señor en mi vida? ¿Soy capaz de descubrir la presencia de Dios en mi vida de cada día?

- "Dios mi Salvador". ¿De qué te salva el Señor hoy en tu vida? ¿Confías plenamente en la salvación que el Señor trae?
- "Su humilde esclava". ¿Cómo es la actitud que tenemos ante los dones y gracias que Dios nos ha dado?

- "Desde ahora me llamarán siempre dichosa". En María, Dios ha mostrado su favor hacia la humanidad entera y por ello todos tendrán a María siempre presente en todas las generaciones.

El cántico continúa haciendo un recorrido por la misericordia, la humildad, los hambrientos, las promesas que Dios había hecho...

Lo que nos está diciendo es que para poder aceptar a Dios necesitamos esas actitudes de quien necesita no del que da. Ojalá nuestro cristianismo de hoy esté muy cerca de esta cántico de alabanza.
Da pena ver como muchos hermanos y hermanas en la fe están permanentemente en lo que llamo "la pastoral de la queja". Están todo el día quejándose de la Iglesia, de los demás, de la realidad en la que se mueven. Quien ama mucho se queja poco. Aprendamos de las actitudes que María supo mantener en su vida para con Dios, por ello la Iglesia nos la ofrece como modelo fiable en el camino hacia la Vida. María abarca esas dos maternidades: la de Jesús y la nuestra. Aprendamos lo que nos enseña nuestra madre.

viernes, 6 de agosto de 2010

SALVADOR DEL MUNDO



EL SALVADOR ESTA DE FIESTA

Cuando se habla de la fiesta del divino salvador del mundo, cada seis de agosto, no hay ni un solo salvadoreño alrededor del mundo que no pueda dar una explicación o un concepto de lo que significa celebrar esta grandiosa fiesta; creo que aunque estemos en el extranjero, nuestro corazón palpita y nuestra mente se transporta a ese diminuto país que con tanta ilusión y amor recordamos y que nos vio nacer: El Salvador; le llamamos las fiestas agostinas donde todo se paraliza, todo se vuelve fiesta, todo es música y alegría, tiempo que todos los salvadoreños ocupábamos para darnos un respiro a la ajetreada vida que se llevaba y para detenerse a orar y poner en las manos de nuestro divino maestro las intenciones de nuestro querido El Salvador.

Estas fiestas tienen un significado profundo en nuestra idiosincrasia, recuerdo que cada cinco de agosto nos reuníamos al frente de la catedral para esperar la maravillosa procesión que precedía la imagen del Santo Patrono, imagen centenaria y curtida por el paso de los años, que se mantuvo como signo de fe y esperanza en los momentos más duros y difíciles de nuestra historia salvadoreña, que ha soportado junto a su pueblo, terremotos, incendios, inundaciones y la guerra que tantos estragos provoco, y que como signo de fe y presencia divina, todo casi se destruyo, menos esa imagen que siempre se mantuvo intacta en la catedral de nuestra capital, donde ricos y pobres depositan sus plegarias y peticiones.

La traen cargada en hombros en una elegante andaría, hay que recalcar que es un privilegio y un deber para las instituciones cargar al colocho – como se le dice cariñosamente a la imagen- que para este momento viene vestida de color rojo. Primero es cargada por el cuerpo policial, luego los bomberos comerciantes, lustrabotas y todo mundo se toma el tiempo y la libertad para hacerlo; quizás para algunos esto no sea más que una costumbre tradicionalista y sin sentido, pero para ese pueblo laborioso y optimista representa su fe, su amor por el Hijo del Altísimo, la esperanza de sentir su presencia en medio de ellos, los corazones vibran y los ojos se llenan de lagrimas de emoción al ritmo de las bandas sonoras y los coetes que chisporrotean dando la bienvenida y la solemnidad al evento, todos cantan con fuerza, y todos rezan a una sola voz y como un rebaño unidos a su obispo, se encaminan con júbilo a la catedral donde se espera la tan “famosa bajada” que no es más que la ejemplificación de los que fue la transfiguración de Jesús en el Monte Tabor, frente a sus mejores amigos Pedro, Santiago y Juan, donde sus vestidos quedaron blancos como la nieve, escena que se realiza ante más de cinco millares de fieles, que a una voz gritan ¡Que viva el Salvador del Mundo! y todos contestan al unísono ¡que viva!.

Hoy después de tantos años de haber salido de nuestro país, los salvadoreños aun deseamos que nuestro país se mantenga con la firme esperanza de no sucumbir ante el embate de la violencia, de las pandillas, de las muertes injustas y de los arrebatos de poder que cada día desgarran la inocencia de nuestro futuro; quizás el recordar lo precioso de nuestras tradiciones me hace sentir un sabor agridulce ante lo que el país vive en este momento, el demonio de la violencia, y la inseguridad que amenaza insistentemente con destruir lo poco que hemos logrado construir, demonio que no destruiremos y venceremos si como salvadoreños no nos unimos y nos ponemos en la misma sintonía buscando un mejor porvenir. Que las fiestas de nuestro país nos hagan seres más unidos en la fe y en el amor, para desterrar cualquier poder demoniaco que amenace nuestra soberanía de fe y el futuro de nuestros hijos.

Bendito seas salvador Divino, los hijos de tu pueblo como hermanos te pedimos Paz, por nuestro país El Salvador.
Que Dios bendiga El Salvador y toda América Latina

XIX DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

“Felices los servidores a quienes el señor encuentra velando a su llegada”

Lucas 12,32-48

Estos domingos anteriores Jesús ha sido bastante fuerte con nosotros con respecto al tener y a cómo debemos de manejar nuestra vida cotidiana con respecto a el manejo de nuestras posesiones materiales, hoy este domingo inicia hablando de vender eso que nos pesa y preparar nuestra alma y estar con la lámpara de la fe encendida, esperando el día de nuestro regreso a la casa del Padre. Las posesiones materiales lógicamente no nos harán compañía a la hora de regresar a esa casa.

Jesús nos llama al desposeimiento de las cosas que atan nuestra vida y que lejos de hacernos felices nos entristecen más. Hay que invertir en riquezas que no pasen con el tiempo o con los contratiempos del mundo globalizado. La gracia no se echa a perder con el tiempo sino que nos acompaña hasta la eternidad.

Nuestro mundo está lleno del ansia de tener. La gente tiene porque necesita tener para poder dar sentido a su vida. Nos hemos amoldado a una sociedad aparentemente justa pero que en su raíz no está la solidaridad y la justicia que proclama, sino mas bien el ansia desbordada por tener.
El afán por tener puede en el creyente hacerle bajar la guardia en el camino de la fe. Puede hacer que cambien sus prioridades. Puede poner el Evangelio en un lugar muy secundario en su vida, de ahí la alerta que Jesús nos lanza hoy.

Quiero tocar no solo el punto de las posesiones materiales, sino también la parte de preparación de nuestra vida personal, planteado en la liturgia de este domingo.

Cuando un piloto va a iniciar un viaje, prepara cuidadosamente el plan de vuelo. Esta preparación implica seleccionar la ruta que va a seguir, definir la altura de crucero dependiendo de las montañas, consultar los pronósticos meteorológicos, calcular el combustible necesario, controlar el peso de la carga, etc. Si el piloto quiere realizar un vuelo seguro, deberá atender numerosos asuntos. Sería una irresponsabilidad imperdonable dejarlo todo para última hora.

Por esos misterios de la libertad humana, encontramos personas que van por la vida sin definir un plan de vuelo, es decir, sin fijarse unas metas, sin optar por unos valores. Viven el día a día, en la más absoluta improvisación, a merced de los sentimientos que van experimentando.

Es obvio que estas personas son incapaces de establecer un hogar pues semejante proyecto exige compromisos y opciones a mediano y largo plazo. Igualmente, estas personas son problemáticas dentro de una empresa pues su compromiso no es sólido y dependen de su estado de ánimo cambiante.

Por eso es importante trabajar en la definición de nuestro proyecto de vida:
Definir el proyecto es como trazar el plan de vuelo. Es una tarea que toma tiempo, y pensar que quiere Dios de mi vida, buscarle una respuesta a ciertas interrogantes que no me dejan crecer, dejar atrás la frase que decimos muchas veces Ya estoy muy viejo para esto….
Definir el proyecto de vida es buscar respuesta a preguntas tales como: ¿para qué sirvo en la vida? mis cualidades e intereses, ¿hacia dónde me orientan? ¿cómo quisiera verme en 5, 10, 15 años? ¿cómo quisiera realizarme afectivamente. Se trata de preguntas muy serias, cuya respuesta no es fácil.

Si a estas preguntas damos respuestas apresuradas y simplistas, nuestra vida será mediocre. Pero, si las tomamos en serio, podremos trazar un proyecto de vida interesante, retador, en el que desarrollaremos todas las dimensiones de nuestro ser: las dimensiones intelectual, afectiva, social, ética, política, espiritual. Depende de nosotros, solamente de nosotros, diseñar un proyecto de vida interesante y armónico, o hacer de nuestra existencia algo vulgar y carente de interés.
Este es el tema de reflexión que nos plantea el evangelio de hoy, que nos invita a mirar hacia el futuro, a no desperdiciar los meses y los años en una improvisación lamentable.

Esta invitación a vivir vigilantes, despiertos, preparados, la hace Jesús mediante tres comparaciones, que se relacionan con situaciones que sus oyentes conocían muy bien::
o Primera invitación: “Parézcanse a los criados que aguardan a que su patrón vuelva de la fiesta, para abrirle apenas llegue y llame”
o Segunda invitación: “Sean como el dueño de casa que espera en cualquier momento la inoportuna llegada del ladrón”
o Tercera invitación: “Aprendan del administrador fiel y cuidadoso, a quien su jefe puso al frente para repartir a sus empleados la ración a su debido tiempo, y que al llegar lo encuentra cumpliendo su obligación”
A través de estas imágenes sencillas, tomadas de la vida diaria, Jesús nos invita tomar en serio la definición de nuestro proyecto de vida:
o Hay que dedicarle tiempo a la planeación de nuestra vida y también hay que consultar a personas de experiencia porque nos podemos equivocar.
o En la definición y puesta en marcha del proyecto de vida tenemos que combinar la firmeza con la flexibilidad: la firmeza nos exige tomar decisiones consistentes de manera que no estemos a merced de los caprichos y las modas; la flexibilidad nos motiva para hacer aquellos ajustes que la vida nos impone, los cuales con frecuencia son dolorosos, pero deben ser asumidos con realismo.

Jesús nos exhorta a tener una visión de futuro, a definir con claridad lo que queremos realizar, a administrar responsablemente el tiempo que nos ha sido asignado y las cualidades y oportunidades que se nos han dado. No olvidemos que la vida la tenemos prestada.