viernes, 6 de agosto de 2010

XIX DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

“Felices los servidores a quienes el señor encuentra velando a su llegada”

Lucas 12,32-48

Estos domingos anteriores Jesús ha sido bastante fuerte con nosotros con respecto al tener y a cómo debemos de manejar nuestra vida cotidiana con respecto a el manejo de nuestras posesiones materiales, hoy este domingo inicia hablando de vender eso que nos pesa y preparar nuestra alma y estar con la lámpara de la fe encendida, esperando el día de nuestro regreso a la casa del Padre. Las posesiones materiales lógicamente no nos harán compañía a la hora de regresar a esa casa.

Jesús nos llama al desposeimiento de las cosas que atan nuestra vida y que lejos de hacernos felices nos entristecen más. Hay que invertir en riquezas que no pasen con el tiempo o con los contratiempos del mundo globalizado. La gracia no se echa a perder con el tiempo sino que nos acompaña hasta la eternidad.

Nuestro mundo está lleno del ansia de tener. La gente tiene porque necesita tener para poder dar sentido a su vida. Nos hemos amoldado a una sociedad aparentemente justa pero que en su raíz no está la solidaridad y la justicia que proclama, sino mas bien el ansia desbordada por tener.
El afán por tener puede en el creyente hacerle bajar la guardia en el camino de la fe. Puede hacer que cambien sus prioridades. Puede poner el Evangelio en un lugar muy secundario en su vida, de ahí la alerta que Jesús nos lanza hoy.

Quiero tocar no solo el punto de las posesiones materiales, sino también la parte de preparación de nuestra vida personal, planteado en la liturgia de este domingo.

Cuando un piloto va a iniciar un viaje, prepara cuidadosamente el plan de vuelo. Esta preparación implica seleccionar la ruta que va a seguir, definir la altura de crucero dependiendo de las montañas, consultar los pronósticos meteorológicos, calcular el combustible necesario, controlar el peso de la carga, etc. Si el piloto quiere realizar un vuelo seguro, deberá atender numerosos asuntos. Sería una irresponsabilidad imperdonable dejarlo todo para última hora.

Por esos misterios de la libertad humana, encontramos personas que van por la vida sin definir un plan de vuelo, es decir, sin fijarse unas metas, sin optar por unos valores. Viven el día a día, en la más absoluta improvisación, a merced de los sentimientos que van experimentando.

Es obvio que estas personas son incapaces de establecer un hogar pues semejante proyecto exige compromisos y opciones a mediano y largo plazo. Igualmente, estas personas son problemáticas dentro de una empresa pues su compromiso no es sólido y dependen de su estado de ánimo cambiante.

Por eso es importante trabajar en la definición de nuestro proyecto de vida:
Definir el proyecto es como trazar el plan de vuelo. Es una tarea que toma tiempo, y pensar que quiere Dios de mi vida, buscarle una respuesta a ciertas interrogantes que no me dejan crecer, dejar atrás la frase que decimos muchas veces Ya estoy muy viejo para esto….
Definir el proyecto de vida es buscar respuesta a preguntas tales como: ¿para qué sirvo en la vida? mis cualidades e intereses, ¿hacia dónde me orientan? ¿cómo quisiera verme en 5, 10, 15 años? ¿cómo quisiera realizarme afectivamente. Se trata de preguntas muy serias, cuya respuesta no es fácil.

Si a estas preguntas damos respuestas apresuradas y simplistas, nuestra vida será mediocre. Pero, si las tomamos en serio, podremos trazar un proyecto de vida interesante, retador, en el que desarrollaremos todas las dimensiones de nuestro ser: las dimensiones intelectual, afectiva, social, ética, política, espiritual. Depende de nosotros, solamente de nosotros, diseñar un proyecto de vida interesante y armónico, o hacer de nuestra existencia algo vulgar y carente de interés.
Este es el tema de reflexión que nos plantea el evangelio de hoy, que nos invita a mirar hacia el futuro, a no desperdiciar los meses y los años en una improvisación lamentable.

Esta invitación a vivir vigilantes, despiertos, preparados, la hace Jesús mediante tres comparaciones, que se relacionan con situaciones que sus oyentes conocían muy bien::
o Primera invitación: “Parézcanse a los criados que aguardan a que su patrón vuelva de la fiesta, para abrirle apenas llegue y llame”
o Segunda invitación: “Sean como el dueño de casa que espera en cualquier momento la inoportuna llegada del ladrón”
o Tercera invitación: “Aprendan del administrador fiel y cuidadoso, a quien su jefe puso al frente para repartir a sus empleados la ración a su debido tiempo, y que al llegar lo encuentra cumpliendo su obligación”
A través de estas imágenes sencillas, tomadas de la vida diaria, Jesús nos invita tomar en serio la definición de nuestro proyecto de vida:
o Hay que dedicarle tiempo a la planeación de nuestra vida y también hay que consultar a personas de experiencia porque nos podemos equivocar.
o En la definición y puesta en marcha del proyecto de vida tenemos que combinar la firmeza con la flexibilidad: la firmeza nos exige tomar decisiones consistentes de manera que no estemos a merced de los caprichos y las modas; la flexibilidad nos motiva para hacer aquellos ajustes que la vida nos impone, los cuales con frecuencia son dolorosos, pero deben ser asumidos con realismo.

Jesús nos exhorta a tener una visión de futuro, a definir con claridad lo que queremos realizar, a administrar responsablemente el tiempo que nos ha sido asignado y las cualidades y oportunidades que se nos han dado. No olvidemos que la vida la tenemos prestada.

1 comentario:

Xhonane Olivas dijo...

Gracias por su reflexión padre Alex. Aunque mi esposo y yo hemos tratado de tener un plan de vida, y cada año hacemos una evaluación familiar y una nueva planeación para el siguiente año, he visto que la actitud de nuestros hijos es un poco indiferente, y ya se imaginará, un tanto "¿y yo para qué necesito hacer esto?"...tendrá alguna sugerencia de cómo motivarlos y hacerles ver la importancia de hacerlo?