lunes, 11 de octubre de 2010

BEATO JUAN XXIII (1881-1963)

Hoy 11 de octubre,
Celebramos la Fiesta del Beato Juan XXIII

Textos de L'Osservatore Romano

Nació en el seno de una familia numerosa campesina, de profunda raigambre cristiana. Pronto ingresó en el Seminario, donde profesó la Regla de la Orden franciscana seglar. Ordenado sacerdote, trabajó en su diócesis hasta que, en 1921, se puso al servicio de la Santa Sede. En 1958 fue elegido Papa, y sus cualidades humanas y cristianas le valieron el nombre de "papa bueno". Juan Pablo II lo beatificó el año 2000 y estableció que su fiesta se celebre el 11 de octubre.

Nació el día 25 de noviembre de 1881 en Sotto il Monte, diócesis y provincia de Bérgamo (Italia). Ese mismo día fue bautizado, con el nombre de Ángelo Giuseppe. Fue el cuarto de trece hermanos. Su familia vivía del trabajo del campo. La vida de la familia Roncalli era de tipo patriarcal. A su tío Zaverio, padrino de bautismo, atribuirá él mismo su primera y fundamental formación religiosa. El clima religioso de la familia y la fervorosa vida parroquial, fueron la primera y fundamental escuela de vida cristiana, que marcó la fisonomía espiritual de Ángelo Roncalli.

Recibió la confirmación y la primera comunión en 1889 y, en 1892, ingresó en el seminario de Bérgamo, donde estudió hasta el segundo año de teología. Allí empezó a redactar sus apuntes espirituales, que escribiría hasta el fin de sus días y que han sido recogidos en el «Diario del alma». El 1 de marzo de 1896 el director espiritual del seminario de Bérgamo lo admitió en la Orden franciscana seglar, cuya Regla profesó el 23 de mayo de 1897.

De 1901 a 1905 fue alumno del Pontificio seminario romano, gracias a una beca de la diócesis de Bérgamo. En este tiempo hizo, además, un año de servicio militar. Fue ordenado sacerdote el 10 de agosto de 1904, en Roma. En 1905 fue nombrado secretario del nuevo obispo de Bérgamo, Mons. Giácomo María Radini Tedeschi. Desempeñó este cargo hasta 1914, acompañando al obispo en las visitas pastorales y colaborando en múltiples iniciativas apostólicas: sínodo, redacción del boletín diocesano, peregrinaciones, obras sociales. A la vez era profesor de historia, patrología y apologética en el seminario, asistente de la Acción católica femenina, colaborador en el diario católico de Bérgamo y predicador muy solicitado por su elocuencia elegante, profunda y eficaz.

En aquellos años, además, ahondó en el estudio de tres grandes pastores: san Carlos Borromeo (de quien publicó las Actas de la visita apostólica realizada a la diócesis de Bérgamo en 1575), san Francisco de Sales y el entonces beato Gregorio Barbarigo. Tras la muerte de Mons. Radini Tedeschi, en 1914, don Ángelo prosiguió su ministerio sacerdotal dedicado a la docencia en el seminario y al apostolado, sobre todo entre los miembros de las asociaciones católicas.

En 1915, cuando Italia entró en guerra, fue llamado como sargento sanitario y nombrado capellán militar de los soldados heridos que regresaban del frente. Al final de la guerra abrió la «Casa del estudiante» y trabajó en la pastoral de estudiantes. En 1919 fue nombrado director espiritual del seminario.

En 1921 empezó la segunda parte de la vida de don Ángelo Roncalli, dedicada al servicio de la Santa Sede. Llamado a Roma por Benedicto XV como presidente para Italia del Consejo central de las Obras pontificias para la Propagación de la fe, recorrió muchas diócesis de Italia organizando círculos de misiones. En 1925 Pío XI lo nombró visitador apostólico para Bulgaria y lo elevó al episcopado asignándole la sede titular de Areópoli. Su lema episcopal, programa que lo acompañó durante toda la vida, era: «Obediencia y paz».

Tras su consagración episcopal, que tuvo lugar el 19 de marzo de 1925 en Roma, inició su ministerio en Bulgaria, donde permaneció hasta 1935. Visitó las comunidades católicas y cultivó relaciones respetuosas con las demás comunidades cristianas. Actuó con gran solicitud y caridad, aliviando los sufrimientos causados por el terremoto de 1928. Sobrellevó en silencio las incomprensiones y dificultades de un ministerio marcado por la táctica pastoral de pequeños pasos. Afianzó su confianza en Jesús crucificado y su entrega a él.

En 1935 fue nombrado delegado apostólico en Turquía y Grecia. Era un vasto campo de trabajo. La Iglesia católica tenía una presencia activa en muchos ámbitos de la joven república, que se estaba renovando y organizando. Mons. Roncalli trabajó con intensidad al servicio de los católicos y destacó por su diálogo y talante respetuoso con los ortodoxos y con los musulmanes. Cuando estalló la segunda guerra mundial se hallaba en Grecia, que quedó devastada por los combates. Procuró dar noticias sobre los prisioneros de guerra y salvó a muchos judíos con el «visado de tránsito» de la delegación apostólica. En diciembre de 1944 Pío XII lo nombró nuncio apostólico en París.

Durante los últimos meses del conflicto mundial, y una vez restablecida la paz, ayudó a los prisioneros de guerra y trabajó en la normalización de la vida eclesiástica en Francia. Visitó los grandes santuarios franceses y participó en las fiestas populares y en las manifestaciones religiosas más significativas. Fue un observador atento, prudente y lleno de confianza en las nuevas iniciativas pastorales del episcopado y del clero de Francia. Se distinguió siempre por su búsqueda de la sencillez evangélica, incluso en los asuntos diplomáticos más intrincados. Procuró actuar como sacerdote en todas las situaciones. Animado por una piedad sincera, dedicaba todos los días largo tiempo a la oración y la meditación.

En 1953 fue creado cardenal y enviado a Venecia como patriarca. Fue un pastor sabio y resuelto, a ejemplo de los santos a quienes siempre había venerado, como san Lorenzo Giustiniani, primer patriarca de Venecia.

Tras la muerte de Pío XII, fue elegido Papa el 28 de octubre de 1958, y tomó el nombre de Juan XXIII. Su pontificado, que duró menos de cinco años, lo presentó al mundo como una auténtica imagen del buen Pastor. Manso y atento, emprendedor y valiente, sencillo y cordial, practicó cristianamente las obras de misericordia corporales y espirituales, visitando a los encarcelados y a los enfermos, recibiendo a hombres de todas las naciones y creencias, y cultivando un exquisito sentimiento de paternidad hacia todos. Su magisterio, sobre todo sus encíclicas «Pacem in terris» y «Mater et magistra», fue muy apreciado.

Convocó el Sínodo romano, instituyó una Comisión para la revisión del Código de derecho canónico y convocó el Concilio ecuménico Vaticano II. Visitó muchas parroquias de su diócesis de Roma, sobre todo las de los barrios nuevos. La gente vio en él un reflejo de la bondad de Dios y lo llamó «el Papa de la bondad». Lo sostenía un profundo espíritu de oración. Su persona, iniciadora de una gran renovación en la Iglesia, irradiaba la paz propia de quien confía siempre en el Señor. Falleció la tarde del 3 de junio de 1963.

Juan Pablo II lo beatificó el 3 de septiembre del año 2000, y estableció que su fiesta se celebre el 11 de octubre, recordando así que Juan XXIII inauguró solemnemente el Concilio Vaticano II el 11 de octubre de 1962.


* * * * *
De la homilía de Juan Pablo II
en la misa de beatificación (3-IX-2000)

Contemplamos hoy en la gloria del Señor a Juan XXIII, el Papa que conmovió al mundo por la afabilidad de su trato, que reflejaba la singular bondad de su corazón...

Ha quedado en el recuerdo de todos la imagen del rostro sonriente del Papa Juan y de sus brazos abiertos para abrazar al mundo entero. ¡Cuántas personas han sido conquistadas por la sencillez de su corazón, unida a una amplia experiencia de hombres y cosas! Ciertamente la ráfaga de novedad que aportó no se refería a la doctrina, sino más bien al modo de exponerla; era nuevo su modo de hablar y actuar, y era nueva la simpatía con que se acercaba a las personas comunes y a los poderosos de la tierra. Con ese espíritu convocó el Concilio ecuménico Vaticano II, con el que inició una nueva página en la historia de la Iglesia: los cristianos se sintieron llamados a anunciar el Evangelio con renovada valentía y con mayor atención a los "signos" de los tiempos. Realmente, el Concilio fue una intuición profética de este anciano Pontífice, que inauguró, entre muchas dificultades, un tiempo de esperanza para los cristianos y para la humanidad.

En los últimos momentos de su existencia terrena, confió a la Iglesia su testamento: «Lo que más vale en la vida es Jesucristo bendito, su santa Iglesia, su Evangelio, la verdad y la bondad». También nosotros queremos recoger hoy este testamento, a la vez que damos gracias a Dios por habérnoslo dado como Pastor.

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Del discurso de Juan Pablo II a los peregrinos
que fueron a Roma para la beatificación (4-IX-2000)

El Papa Juan XXIII, además de las virtudes cristianas, tenía un profundo conocimiento de la humanidad con sus luces y sombras. Para ello, su pasión por la historia, cultivada a lo largo de mucho tiempo, le resultó de gran ayuda.

Ángelo Giuseppe Roncalli asimiló en su ambiente familiar los rasgos fundamentales de su personalidad. «Las pocas cosas que he aprendido de vosotros en casa -escribió a sus padres- son aún las más valiosas e importantes, y sostienen y dan vida y calor a las muchas cosas que he aprendido después». Cuanto más avanzaba en la vida y en la santidad, tanto más conquistaba a todos con su sabia sencillez.

En su célebre encíclica Pacem in terris propuso a creyentes y no creyentes el Evangelio como camino para llegar al bien fundamental de la paz. En efecto, estaba convencido de que el Espíritu de Dios hace oír de algún modo su voz a todo hombre de buena voluntad. No se turbó ante las pruebas, sino que supo mirar siempre con optimismo las diversas vicisitudes de la existencia. «Basta la preocupación por el presente; no es necesario tener fantasía y ansiedad por la construcción del futuro». Así escribió en 1961 en el Diario del alma.

Al dirigiros mi saludo a cuantos habéis venido especialmente de Bérgamo y de Venecia, con el cardenal Cé y el obispo Amadei, deseo que el ejemplo del Papa Juan os impulse a confiar siempre en el Señor, que guía a sus hijos por los caminos de la historia.

[Cf. L'Osservatore Romano, edición semanal en lengua española, del 1 y del 8 de septiembre del 2000]

domingo, 10 de octubre de 2010

XXXVIII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

"¡Jesús, Maestro, ten compasión de nosotros!".
Lc 17, 11-19.

La Palabra de hoy toca el tema del agradecimiento. Un tema más que delicado en un mundo lleno de tormentos y de dolor de todo tipo. No hace mucho me comentaba un chico adolescente que él nada tenía que agradecer a nadie, ni mucho menos a sus padres por haberle traído a este mundo donde tanto se sufre, según el por no tener todas las comodidades con las que sueña...

Jesús iba camino de Jerusalén y le salieron diez leprosos. La lepra era para los judíos de la época una señal del desagrado de Dios. Era símbolo del pecado. Los diez le piden a gritos su curación en nombre de la compasión.

Un elemento fundamental en las curaciones cristianas (no me refiero sólo a la salud física) es la compasión. Sentir con el otro sus propios sufrimientos es una gracia que las personas que la tienen se convierten en seres humanos de gran calidad en el amor hacia los que le rodean.

Por desgracia, la compasión no es algo que se pueda aprender en los libros. Se es compasivo en la medida en que nos acercamos adecuadamente a Dios, con limpieza de corazón y mirada solidaria.
Jesús les manda ir a los sacerdotes para cumplir lo que prescribía la ley. No les dice explícitamente que serán curados. Muchas veces en la vida de las personas sucede algo parecido. Emprendemos un camino a nuestras tradiciones y seguridades y en el camino somos transformados. Esto sucede cuando somos capaces de no estancarnos en situaciones que pueden alejarnos de la misericordia.

El Señor nos llama siempre a ponernos en camino hacia muchas situaciones de la vida. El Evangelio está lleno de situaciones y de parábolas donde el camino y los caminantes son transformados como los de hoy. El Señor no hizo el milagro en el mismo momento sino que ellos se fiaron de su Palabra y fue esa confianza en Dios quién obró el milagro. Se pusieron en camino y su vida quedó sanada.

Los cristianos tenemos que hacer constantemente el ejercicio de caminar en la salvación que Jesús nos trae. Tengo que ponerme en camino hacia mí mismo, hacia mis temores, mis complejos, mis seguridades, mis frustraciones... Pero no lo tengo que hacer por sólo un impulso personal o particular. Mi vida tiene que estar constantemente delante de Dios y será Él quien me diga hacia dónde me tengo que dirigir; será el Maestro quién te indique qué hacer y el camino a seguir. No en vano Él ha dicho que "es el camino".
Hay personas que se desesperan porque hay momentos en su vida que no saben qué hacer ni cómo hacer para quedar mejorados por el Señor. Ante estas situaciones lo preferible es esperar, esperar en el Señor. Tenemos que ir aprendiendo el ritmo de Dios que es distinto al nuestro. Nosotros nos movemos en las prisas de la cárcel del tiempo. Dios está en la libertad de la eternidad. Cuando Él nos propone algo se fija no sólo en nuestras horas humanas, en lo que necesitamos en ese momento, sino también en lo que necesitamos para la eternidad. Entender esto de manera vital es tener una gran confianza y esperanza constante en Dios.

Uno de ellos al verse sanado, regresó alabando a Dios a grandes voces. No llegó a su destino. En el camino la Palabra le curó y dio la vuelta y volvió al origen, no a la meta, para dar las gracias. La curación le vino en el camino.
Muchas curaciones de todo tipo se dan en la vida (el camino). Día a día Dios hace en nosotros la obra buena y tenemos que ser conscientes de las gracias que Dios va derramando en nuestras vidas para lograr nuestra total y definitiva sanación. ¿Cuáles son los elementos que Dios pone en nuestro camino para colaborar en nuestra completa felicidad?
• La Palabra.
• Los sacramentos.
• El encontrar en el camino de nuestra vida personas determinadas que nos ayudan a crecer y transformar nuestro interior.
• Situaciones que nos acercan más a Él, aunque en un primer momento no lo entendamos.
• La capacidad de reflexión y de compasión.
• El sentido común, la solidaridad, el compromiso por los más pobres y necesitados...
Sólo uno de ellos volvió para darle las gracias a Jesús. Experimentó la mano sanadora de Dios en su vida y lo primero que hizo fue dar las gracias a su sanador.

Hay personas que piensan que las desgracias que les suceden proceden de Dios. Dicen cosas como "Con lo bueno que yo he sido, ¿cómo Dios me ha enviado esta desgracia...?" Ven en Dios el hacedor de las desgracias cuando es precisamente lo contrario: el creador y repartidor de las gracias.
De los otros nueve leprosos nunca más se supo. Siguieron su camino sanos pero no supieron volverse a su Médico para decir gracias. Ya saben ustedes que ser desagradecidos es una de las limitaciones del ser humano que sólo se puede superar con un corazón limpio y generoso.

viernes, 1 de octubre de 2010

HOMILIA DOMINGO XXVI DEL TIEMPO ORDINARIO


“Señor auméntanos la fe"
Lc 17,5-10.

Una de las preguntas que con más frecuencia me hacen los incrédulos es: "¿Para qué sirve la fe? ¿Acaso el que tiene fe no va a tener problemas, o tener una enfermedad, o un problema matrimonial, o caer en la depresión...? ¿Para qué sirve entonces tener fe...?"

En un mundo tan utilitarista como el nuestro las cosas se buscan para que "sirvan" para algo. Vale lo que me sirve. Es inútil lo que no me aporta nada. Esa es la concepción que tienen muchas personas de nuestro mundo.

La fe se mueve en otras claves totalmente diferentes. La fe no es una conquista humana, ni se compra, ni se obtiene por el propio esfuerzo personal. La fe es un magnífico regalo que Dios nos hace.

¿Qué hay que hacer para acoger la fe que Dios nos regala?

Nos dice la carta a los Hebreos: "Pero no es posible agradar a Dios sin tener fe, porque para acercarse a Dios es necesario creer que existe y que recompensa a quienes le buscan."
La búsqueda constante de Dios debe ser la tarea más urgente en nuestra vida. Tenemos fe, claro que tenemos fe, pero nunca nos olvidemos que es una fe llena de tentaciones. Una fe que sucumbe muchas veces con cierta facilidad. Unas veces pueden más las tentaciones que la propia fe, de ahí que tengamos los creyentes que estar más que atentos a ejercitar nuestra vida cristiana en todos los aspectos. Quien no vive en intensidad lo que cree tarde o temprano termina por debilitarse.

Los Apóstoles piden al Señor que les aumente la fe ya que sin ella quedarán incapacitados para entender y vivir el Reino de Dios. Nuestra fe tiene que estar cimentada en Cristo por encima de todas las circunstancias de la vida. Mi fe no se sostiene porque tenga unas severas leyes morales ni tan siquiera porque tenga conceptos teológicos sólidos. Mi fe está anclada y alimentada en Cristo Resucitado. Mi diálogo interior y mi oración no es conmigo mismo o un diálogo con las ideas que se mueven en mi mente. Mi fe no es un sentimiento. Mi fe es un asentimiento y un experimentar al Señor vivo en mi vida. El Señor que me salva y me da vida.
¡Cuánto sufrimiento se ahorrarían muchos creyentes si tuviesen más fe en Cristo y menos en sus propias ideas o convicciones aprendidas!

¿Para qué sirve la fe?
Me atrevo a dar una respuesta sabiendo que la "utilidad" sea desde la óptica de Dios y no la humana. La fe sirve para que vivas las mismas cosas que viven los demás seres humanos pero de manera diferente.

Situaciones como el paro, la enfermedad, la ruptura matrimonial, la muerte propia y la de nuestros seres queridos... se viven de manera muy distinta con fe que sin ella. La creencia y la confianza en Jesús nos aporta nuevas claves, las claves del Reino de Dios, para poder interpretar y vivir adecuadamente a la altura de hijos de un Padre Bueno todas las circunstancias que aparecen en nuestro vivir diario.

Al lado de la fe el Evangelio de hoy nos recuerda que la humildad tiene que ser un elemento fundamental en el seguimiento del Señor. Ser humilde es reconocer nuestras limitaciones y debilidades y en actuar de acuerdo con este conocimiento. ¿Somos personas lo suficientemente sensatas y espiritualmente equilibradas para descubrir nuestras pobrezas internas?
Por mucho que hagamos en el servicio del Señor siempre tenemos que mantenernos en la actitud de humildad. No soy yo quien he optado de manera unilateral por Cristo. Algo así como hacer una concesión a Dios en mi vida. Es Jesús vivo quien me invita a seguirle y yo respondo desde mi fe con agradecimiento. La cosa no es realizar muchos trabajos pastorales ni tan siquiera sacrificarse, la respuesta es amar intensamente al Señor y dejar que sea Él quien nos acompañe en el camino de la vida. Todo lo demás tiene que ser una derivación de ese primer amor en el seguimiento.

Somos "servidores inútiles" no porque no sirvamos para nada sino que por mucho que hagamos no le daremos a Dios más de lo que tiene. Él tiene que ser nuestra fuente y nuestro motor espiritual.

Hay cristianos llenos de sufrimientos más que de amor porque el mundo que imaginan en su mente no se parece en nada al mundo real. Sufren porque existe una ruptura entre el ideal y la realidad. Más que en el amor de Dios viven en los propios esquemas personales y eso les produce un dolor intenso. Ya va siendo hora que en nuestra vida de cristianos se hagan más presentes los criterios de Dios que los nuestros, la voluntad de Dios más que la nuestra.
Quisiera dejar unas cuantas preguntas para que te preguntes a solas y medites sobre la realidad de la fe .
¿Qué es para ti tener fe: "sentir algo..." "tener un ideal o algo en qué creer..."? ¿En qué consiste tu fe?
¿Vives con los pies en el suelo o siempre en un mundo imaginario que nunca llega y siempre te hace sufrir? ¿Por qué te ocurre esto?
¿Sabes mantener tu fe en Cristo Resucitado por encima de tus tentaciones? ¿Por qué?
¿Cómo vives la humildad en tu vida?
¿Cómo puedes hacer que tu fe y tu humildad están al servicio de los más pobres y más débiles de la sociedad? ¿Qué tienes que hacer

viernes, 24 de septiembre de 2010

DOMINGO XXVI DEL TIEMPO ORDINARIO

'Si no escuchan a Moisés y a los Profetas, aunque resucite alguno de entre los muertos, tampoco se convencerán'.
Lucas 16, 19-31

El evangelio de este domingo XXVI del tiempo ordinario es impresionante e interesante, porque nos muestra con crudeza y claridad lo insensatos que somos para apoderarnos de lo poco que tenemos, y creernos diferentes y mas importantes por lo que somos, desgraciadamente hemos construido nuestro mundo de esa manera, y lo hemos camuflageado con falsos sueños y expectativas.

Nuestra vida terrena está llena de divisiones de todo tipo. Los seres humanos hemos dividido el planeta que Dios nos ha dado. Hemos creado fronteras, levantado muros, colocado banderas... todo ello para ser y sentirnos diferentes. Esta división es la que crea conflictos entre nuestros adentros y en nuestra relación diaria con el mundo. Dios nos ha dado un solo mundo para una única humanidad; nosotros en nombre de la diversidad, de la justicia o de lo que sea, nos hemos encargado una y otra vez de marcar las diferencias. Los primeros cristianos y los Santos Padres encararon este tema y nos dejaron vidas ejemplares y páginas magníficas sobre el derecho de los pobres y la justicia que emana del Evangelio.

En la relaciones humanas hemos hecho lo mismo. Nos hemos inventado las familias y apellidos importantes y los escalafones sociales para dejar bien claro que no somos iguales; que "yo valgo más que tú..."

¿Qué nos dice Jesús sobre estas artificiales diferencias? ¿Qué nos propone para recomponer la unidad que a lo largo de los siglos hemos fragmentado?
El Evangelio nos trae una parábola donde se destaca una de estas diferencias sociales. Nos habla de un pobre y de un rico, ambos en esta vida y en la otra.
Los judíos pensaban que la prosperidad material era una señal más que evidente de la bendición de Dios. Los pobres eran unos malditos. No tenían nada, ni siquiera —según ellos— ni la bendición de Dios.

El mensaje de Jesús se predica especialmente a los pobres y en ellos tiene su profunda resonancia. No es que se descarte a los ricos del camino de la salvación ya que Jesús no les censura su riqueza sino la falta de compasión hacia los pobres. La falta de compasión sea en un rico o en un pobre es muestra de un rechazo hacia el amor de Dios. La compasión es uno de los certeros caminos para llegar a la salvación.

Lázaro aparece como un hombre mísero en todos los aspectos de su vida: no tenía salud, ni comida, ni casa, ni amigos, ni abrigo alguno. Sólo tenía la esperanza de que algo sobrante saciara su indigencia. En nuestras sociedades hay muchas personas que viven esta misma realidad. La pobreza se ha vuelto parte de sus vidas y convive con ellos. El drama de la pobreza no es solamente las necesidades de todo tipo sino que en el pobre incluso se llega al extremo de la indigencia, cuando se da cuenta de que por sí mismo no sabe salir de su pobreza. No hay mayor pobreza que no saber salir de ella.

El Evangelio es una invitación a salir de la pobreza en todas las formas que aplastan al ser humano. No vale aquello de "tú sufre en esta vida que en la otra serás feliz..." Mas bien nos tenemos que mover en "...porque tuve hambre y me diste de comer..."

Para los cristianos el tema de los pobres es central. Sentirse pobre es reconocer que Dios tiene en nuestra vida la totalidad de nuestra salvación. No confío en lo que he podido acumular, no me fío de lo que he podido aprender. Todo es para ponerlo al servicio de los más menesterosos para llegar juntos a unas sociedades más justas y humanas. Los seres humanos de todas las épocas siempre hemos tenido un déficit de humanidad, de ahí que el Evangelio nunca pierda actualidad.
Otro asunto no menos importante es la actitud que tenemos los cristianos para con los más pobres. Veamos algunos tipos de cristianos y cómo se sitúan ante este tema:
Cristianos de "la otra vida": los pobres lo pasarán bien en la otra vida; por eso da igual las desigualdades que tengamos en esta... El Evangelio es un mensaje personal que no tiene por qué repercutir en el exterior... Si yo me salvo para qué me voy a complicar la vida... Son alérgicos a los pobres.
Cristianos "de ruina y devastación": en algunos la pobreza ya no se ha vuelto un enemigo a combatir sino una obsesión, en ocasiones enfermiza obsesión. Condenan todo y a todos. Viven sin paz interior. Están todo el día atacando desde su estrechez mental a los otros que no piensan igual. El Evangelio es una revolución inalcanzable que sólo les produce amargura y enfrentamiento. Son alérgicos a los ricos.
Cristianos según las Bienaventuranzas: al lado de la complicidad personal de vida está la esperanza y la alegría. No condenan sino que invitan a unos y a otros a la salvación. Su vida es como la de Jesús: acoge a unos y a otros sin discriminación sino con amor. Todos están llamados a la conversión y a participar en el Reino.

Jesús no condena la riqueza en sí sino el uso que se hace de ella; condena el egoísmo que nos impide llegar a caminos de solidaridad. Zaqueo el rico se salva en su encuentro con Jesús y devuelve a los pobres con creces lo que de ellos tomó.

Quien está muy apegado a las riquezas (dinero, prestigio, seguridades de tipo intelectual, poder, el creerse que se tiene el monopolio del Evangelio...) no puede percibir el camino del Reino de Dios. Los pobres, los que son capaces de desprenderse de sus distintas riquezas y ponerlas al servicio de los demás, son los que están más disponibles a aceptar y vivir la fe.

viernes, 17 de septiembre de 2010

DOMINGO XXV DEL TIEMPO ORDINARIO

“Ningún siervo puede servir a dos amos…”
Lc.16,1-13


Hay mucha gente en este mundo que su único motivo para vivir es el conseguir dinero. Cuando hablas con ellos una y otra vez y siempre el centro o el fin de cada conversación es el tema de la fortuna material. Son personas donde funciona a la perfección el "eres lo que tienes..."
Muchas personas son capaces de hacer cualquier cosa por dinero, porque encuentran en él una seguridad que nadie ni nada le puede ofrecer.
Hoy la Palabra nos habla de un administrador infiel, de un mal administrador. Jesús nos pone este ejemplo no para que sigamos sus pasos de injusta trayectoria. Lo que nos quiere hacer ver es la astucia que pone la gente del mundo en sus negocios e intereses. La dedicación de muchas personas a conseguir bienes materiales muchas veces puede ser un estorbo que nos impida llegar a los bienes de Dios. No olvidemos esto nunca.

Los cristianos tenemos que plantearnos el papel del dinero en nuestra vida. Hay algunos que lo satanizan, otros lo divinizan, pero creo que la cosa no está en lo uno o en lo otro. Hay que poner el dinero donde debe estar; puede que lo necesitemos en muchos sitios y aspectos de nuestra vida, pero donde seguro que nunca tiene que estar el dinero es en el interior del corazón.

Cuando vivimos demasiado apegados a la fortuna material nos podemos olvidar con facilidad de otras fortunas más importantes: el ser hijo/a de Dios; el tener la fe; el luchar por los demás... Ante esto el Evangelio nos da un toque de atención y nos hace preguntar por qué hay tantos cristianos que tienen tan poco entusiasmo en sembrar el Mensaje de Jesús y tanta urgencia para las cosas materiales.

Nuestro sagaz administrador convierte a los deudores de su amo en amigos suyos. Para las cosas del mundo la gente sabe moverse, es astuta, no les importa sacrificarse. En los negocios del mundo las ganancias son siempre temporales; en las cosas de Dios las ganancias son eternas.

Todo cuanto poseemos y las personas que tenemos a nuestro alrededor es propiedad de Dios. Aunque sin intención digamos que son nuestras, Más bien tenemos que decir " todo lo que Dios me ha prestado..." Perder de vista al único dueño nos hace caer en estados depresivos cuando llegan los duros momentos de la muerte de nuestros seres queridos.
¿Para qué Dios nos presta a estas personas? Para que juntos podamos hacer nuestro camino hacia Él. De ahí que la familia verdadera de Jesús no es según la carne y la sangre sino desde el Espíritu de Dios. Ver a los demás y lo que poseemos como préstamos de Dios es dejar que sea Él quien nos haga comprender las relaciones humanas a los niveles más profundos.

Con dinero podemos hacer mucho bien o mucho mal, depende el uso que le demos; pero también es cierto que el preciado metal puede meterse en nuestro corazón haciéndonos creer que es lo más importante en la vida. Cuando esto sucede en una persona no significa que tenga dinero, sino que el dinero es quien le tiene bien atrapado.

Somos administradores de la riqueza que Dios ha puesto en nuestras manos. Cuantas personas derrochan grandes cantidades de dinero en mil tonterías cuando a su alrededor hay tanta necesidad en tantos seres humanos. Llega la Navidad y no sabemos qué comprar a los nuestros porque "tienen de todo"; mientras millones de personas pasan las necesidades más básicas para una vida digna. ¿Qué haces tú realmente por los más pobres y necesitados que existen en tu entorno?
El administrador actuó con astucia y prontitud. La fe tiene que tener elevadas dosis de sentido común y de acciones concretas hacia los demás. No hacen falta buenas intenciones sino buenas acciones. La fe de muchas personas muere porque el aburrimiento y la falta de acción la debilitan en gran manera. El final de la fe comienza cuando se vuelve estéril y cómoda ante la realidad doliente del mundo. Se vuelve insensible y empieza a poner su interés en cosas materiales. Mantenernos cerca del Señor es el mejor antídoto contra el veneno que nos puede inocular el dinero y las riquezas materiales.

viernes, 10 de septiembre de 2010

DOMINGO XXIV DEL TIEMPO ORDINARIO

“Perdidos y encontrados por la misericordia divina”
Lc.15,1-32


Qué grande es la misericordia de Dios, y que grande es el amor que tiene a todos sus hijos, y cada día que pasa nos muestra a través de tantos signos y símbolos ese majestuoso regalo, una misericordia que no tiene límites, ni barreras, siempre está ahí para nosotros, y nos lo da como bálsamo para nuestras heridas.

El texto de hoy nos cuenta tres hermosas parábolas a las que con razón se les llama "las parábolas de la misericordia: La oveja perdida, la moneda perdida y el hijo pródigo. Las tres tienen en común la misericordia y la constancia que produce alegría.
La verdad es que este Evangelio de hoy para muchos cristianos es el "evangelio para los otros" ya que "yo creo en Cristo; estoy convertido..." y me da la impresión que esto no es así. ¿Por qué les digo esto? Si miramos nuestras iglesias y lugares de reunión vemos que los "pecadores" oficiales no se acercan a nosotros. Es verdad que vienen a solicitar sacramentos muchas personas que están en situación irregular, pero no es menos cierto que existe como una ruptura en la relación entre pecadores e Iglesia.

Los pecadores en muchas ocasiones no ven en la Iglesia una invitación a Cristo. Ven más bien una especie de "multinacional del bien" que no va con ellos.

Hay veces que cuando se acerca un pecador a nuestros lugares de culto más que acogerle lo que hacemos es mirarle con desconfianza, cuando no con desprecio... ¿Es esta la actitud de misericordia que Dios pide de nosotros?. Estas actitudes eran más crudas en la época de Jesús, donde se veía a aquellos que habían pecado como seres despreciables que no se les podía ni ver de reojo, simple y sencillamente porque eran pecador, eran vistos como ciudadanos de segunda o tercera categoría. Nunca veas a alguien que ha cometido un error como una persona menos que tu y yo, nunca lo desprecies por sus miserias, porque cada vez que lo tratas mal, estás haciendo que se hunda en su pecado y colaborando en su autodestrucción, y en su muerte espiritual, esa es la actitud de Jesús en la liturgia de hoy, mostrar al pecador que puede volver a vivir, que puede volver a tener dignidad y que tiene derecho a que se le cargue en los hombros de la misericordia, en los hombros de la esperanza y la confianza, en los hombros del consuelo por su pecado.

Hay cristianos que se quejan de lo mal que está el mundo, de esas sodomas y gomorras del tiempo presente. Todo es ruina y devastación... Se olvidan estos hermanos y hermanas que entre la frondosidad del pecado siempre se está abriendo una y otra vez la claridad de la luz.
El pecado nunca tiene la última palabra en la vida de las personas. Siempre la gracia es más fuerte y la misericordia más intensa.

Perdidos y encontrados este es el gran anuncio del Evangelio que pasa por el camino de la misericordia para llegar a la alegría. Muchos cristianos sinceros viven la fe como una tortura, "padecen" de la fe, y esto sucede porque la viven sin misericordia, sin alegría.

Para ellos seguir a Cristo es o bien tener bien claras una serie de ideas que hay que vivir o estar en permanente disconformidad con todo y con todos. La misericordia no tiene un papel importante en ellos...

Los cristianos a través de los siglos hemos ido elaborando delicadas teorías para poner a cada uno en su sitio: el pecador en su pecado y el convertido en la gracia. Puede ser que nos olvidemos con mucha facilidad que en todos los seres humanos hay momentos de estar perdidos y de encuentro. Que los análisis y las acusaciones humanas no pertenecen al ámbito de Dios. Toda nuestra vida será intentar adecuar nuestro pensamiento y nuestro ser a la realidad de Dios no a la inversa.

Creer en Dios es también creer en su misericordia y en la capacidad del ser humano para aceptarla. Nunca podemos infravalorar la respuesta de los demás al amor de Dios. Cuando veas a una persona aparentemente alejada de Dios no desconfíes nunca de su posibilidad de un auténtico encuentro con el Señor. La historia de nuestra fe está llena de pecadores y pecadoras arrepentidas que una y otra vez fueron acogidas por el Padre Bueno.
¿Sabemos nosotros descifrar el misterio del ser humano desde la óptica de la misericordia de Dios?

A este mundo le faltan hombres y mujeres amantes de la misericordia, y pregoneros del perdón y el amor de Dios, recuerda que Dios está siempre a la puerta para esperar a cualquiera que busque una pizca de reconciliación y de perdón. Amen

viernes, 3 de septiembre de 2010

XXIII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO


“El que no renuncie a sus bienes no puede ser discípulo mío”

Lc. 14,25-33

La Palabra de hoy es desconcertante porque en otros párrafos de la Escritura nos habla Jesús del amor a los demás en un tono de humildad, ahora parece que se cambian los acentos. El Señor reivindica para sí el amor más grande que pasa por encima incluso de los amores más cercanos.

Mucha gente acompañaba al Maestro, había de todo tipo de gente y El sabia que todos tenían una diferente intención al andar con él; unos le acompañaban porque descubrieron en Él a alguien a quien merecía la pena seguirle. Otros le seguían por interés y algunos por curiosidad. Por esta razón comienza ser claro con ellos respecto al seguimiento les empezó a explicar lo difícil que es acompañarle. Ellos le estaban siguiendo físicamente, pero ahora Jesús les expone la necesidad de seguirle con el corazón, con el amor más profundo.

Los seres humanos, incluso los que intentamos llevar un seguimiento de Jesús con una cierta dignidad, siempre podemos caer en la tentación de dejarnos absorber por otras situaciones de la vida. Puede ser el trabajo, los amigos, las dificultades e incluso nosotros mismos.

Siempre me ha parecido interesante que la mayor dificultad que tenemos las personas para seguir a Cristo no está en los demás, ni en los que me dan alegrías o los que me dan penas. Mi mayor obstáculo puedo ser yo mismo si no soy capaz de poner a cada situación y cada persona en el lugar que les corresponde en mi vida.

No es que Jesús haga un desprecio al amor hacia los más cercanos. No nos dice que les dejemos de amar. Lo que nos recuerda es que la fuente del amor, el amor más grande lo tenemos que tener hacia Dios; de esa fuente nacerá la enseñanza para aprender a amar de verdad a los otros.

Muchos de los amores de la vida nos pueden apartar del camino del amor verdadero. Creemos que nos enamoramos de las personas pero ese amor se puede convertir en una trampa para nuestra libertad. Los amores que hay que superar están en personas físicas a las cuales podemos ver y tocar.

Jesús nos anima a amarle más allá de lo físico, por eso su amor aparece como más exigente. Seguir al Señor necesita de un amor más fuerte porque sus exigencias son mayores.

Seguir a Cristo es intentar vivir como Él vivió. Su vida fue una total entrega por encima de los lazos familiares y de las relaciones filiales. Instauró una nueva forma de relación entre los seres humanos: ver a todos, de una manera especial a los más débiles y necesitados, como miembros de la propia familia de Dios, de esa manera todos pasamos a la categoría de hermanos en el Señor.

Dice que debemos de renunciar a todo lo que tenemos para ser discípulo suyo. Amar a Cristo es preferirlo sobre otros amores.

Las renuncias no se refieren solamente a cosas físicas pues hay muchas personas que dan el corazón a cosas materiales. La renuncia que Jesús nos pide pasa también por renunciar a nosotros mismos.

Hay personas que han sido capaces de desprenderse en el seguimiento de Jesús de las cosas materiales. No son ambiciosos. Pero, sin embargo, el camino de discípulo no ha llegado a plenitud porque no ha sabido desprenderse de sí mismo: de sus manías y obsesiones, de sus traumas y cerrazones.

Estos creen que son discípulos pero no lo son porque o bien no han querido o no han podido sentir el amor de Cristo en plenitud. Solamente hay una cosa más difícil que desprendernos del amor a las cosas materiales y de las personas que nos rodea, y es precisamente desprendernos de nosotros mismos.

Cuando estamos muy centrados en nuestra vida, cuando estamos obsesivamente preocupados por nosotros, por nuestro futuro, por nuestra situación, es muy difícil que el amor de Dios perdure en nosotros ya que nuestros intereses serán otros. Quien sigue a Cristo tiene pocas preocupaciones por sí mismo ya que en el Señor encuentra en cantidad lo que otros no le pueden ofrecer.

jueves, 26 de agosto de 2010

"El que se engrandece será humillado y el que se humilla sera enaltecido"
Lc.14,1.7-14

El Evangelio de hoy es muy interesante porque Jesús nos toca la parte de nuestra vida más vulnerable, nuestra humanidad.

La palabra "humano" viene de la misma raíz que "humilde". Ambos vocablos proceden del latín "hûmus" que significa "suelo, tierra". Cuando Dios nos creó no nos hizo desde el cielo sino de la tierra, de ahí nuestra humana-humildad. Para los cristianos la humildad es un tema que siempre tiene que estar presente en nuestra vida de cada día.

¿Qué es ser humilde?

Ser humilde no es tener un carácter débil, cobarde, vacilante. Tampoco es tener posturas afectadas ni silencios ni miradas perdidas... Nada de eso. Ser humilde es reconocernos ante Dios y ante los demás tal cual somos, sin apariencias ni falsas modestias. Sabemos que el orgullo y la ambición pueden llevar a los seres humanos a la humillación, mientras que el ser de verdad humildes nos lleva a ser más amados por los demás.

Muchas personas quieren ser humildes pero no pueden porque están muy centrados en sí mismos. Si permaneces mucho tiempo compadeciéndote, lamentándote, quejándote, nunca entenderás qué significa vivir en la realidad. Hay personas que se hunden porque su vida no está construida en Dios sino en las apariencias hacia sí mismos y hacia los demás. Quieren dar una imagen que no tienen dentro de sí. Quieren aparentar algo que no son. Ya saben ustedes que nadie da lo que no tiene...

La pobreza es aliada de la humildad. No me estoy refiriendo sólo a la pobreza sociológica sino a esa pobreza de espíritu a la que todos estamos llamados. Los pobres de espíritu no son los frágiles sino los que no tienen nada de qué presumir y si lo tienen no lo ponen como prioridad. Son pobres de espíritu los humildes y los temerosos de Dios, es decir, los que no tienen espíritu que infla.

Una de las cosas que tiene la humildad es que no se puede disfrazar. Se nota enseguida la persona que no va buscando admiraciones y reconocimientos y también aquellos que van tras los mismos. Una lección de humildad la tenemos magníficamente expuesta entre Juan el Bautista y Jesús; ambos nos dan en la escena del bautismo (Mt 3,14-15) una auténtica enseñanza de lo que debe ser dejar que Dios y el otro sean el primero en mi vida.

Conozco seglares que están más que deseosos de escalar puestos que en evangelizar y construir el reino de Dios y se olvidan que en realidad han nacido para servir y han olvidado lo que son en realidad, que eres en realidad es la pregunta. Soy un cristiano del pueblo que busco apasionadamente el amor que Dios me da cada día y en cada momento. El pecado contra la humildad siempre ha sido el mismo: querer ser como Dios.

En la antigüedad romana cuando un general entraba a caballo victorioso en una ciudad a su lado corría un esclavo que le gritaba: "¡Recuerda que no eres Dios!" Ojalá las pasiones de hoy sean nuestros esclavos en los aparentes triunfos de la vida que nos recuerden nuestra vulnerabilidad y humana fragilidad.

Cuando buscamos el reconocimiento por parte de los demás no tenemos tiempo para dedicarnos a crecer por dentro. Nos comparamos con otros y esto nos hace sufrir. Siempre habrá personas mejores y peores que nosotros. Sólo tenemos que compararnos con nosotros mismos; hay que ser valientes y preguntarnos: "¿Cómo estaba el año pasado por estas mismas fechas? ¿En qué he mejorado en mi caminar hacia Dios y con los demás?"

Aprendamos de Jesús que nos dice: "Aprendan de mí, que soy paciente y de corazón humilde; así encontrarán descanso." (Mt 11, 29).

La humildad tiene que ser los cimientos en los que se va construyendo la vida cristiana. El ayuno, la oración, la limosna, la castidad y cualquier otro bien que podamos realizar, sin humildad no sirve para nada. Incluso las apariencias de bien nos pueden alejar de Dios como los fariseos: cumplían todo lo previsto, pero serían unos malos seguidores de Jesús debido a su orgullo y desprecio de los demás. Tenemos que volver a la sencillez de los niños (Mt 18,4).

Somos aprendices en la vida y aprendices de cristiano. Conforme van pasando los años me voy dando cuenta que para vivir en el seguimiento de Cristo hacen falta muy pocas cosas; que este caminar es de renuncias y encuentros donde gana quien parece que pierde en las cosas de la vida. Tengo claro que la humildad es la casa donde habita el amor porque lo único que importa es el amor, porque Dios es amor...

sábado, 21 de agosto de 2010

XXI DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

Alguien le preguntó: Señor, ¿son pocos los que se salvan?
Lc 13, 22-30


La salvación es un tema que hoy no está públicamente presente en muchas personas. Muy pocas veces vemos en los medios de comunicación social una referencia a la salvación que nos trae Jesús. Si preguntamos a muchos cristianos qué es eso de la salvación probablemente también se quedarán en la duda de no poder expresar con palabras un contenido tan amplio.

La salvación es nada más y nada menos que estar en Dios, vivir en plenitud una vida eterna presente ya en nuestra vida diaria.

Cuando le preguntan a Jesús sobre el número de personas que se salvan no da ninguna cantidad sino lo que hace es decirle qué es lo que hay que hacer para salvarse. Es una manera muy pedagógica de enfrentar a la persona con su propia realidad. La respuesta la tiene que dar cada persona contrastando su vida con el ideal de Cristo. ¿Estás salvado?
Los requisitos que Jesús nos propone no son fáciles y menos para el mundo donde nos movemos donde lo que se persigue es la comodidad, la ley del mínimo esfuerzo y el resultado rápido y eficaz. Veamos las propuestas que nos hace:

- Entren por la puerta estrecha:
La puerta estrecha no es como alguno puede creer una vida llena de sufrimientos, privaciones y sacrificios, cosa por desgracia tan arraigada en personas que se dicen "cristianas" pero que lo que realmente ocultan son sus traumas o conflictos mentales. El cristianismo no es un club de masoquistas donde disfruta más quien más sufre. Hemos sido llamados a la salvación, a vivir en plenitud, pero sé que esa salvación demanda de mí una aceptación plena de Jesús.

La puerta estrecha es el encuentro consigo mismo en la soledad de tu interior. Es ese diálogo interno donde se fragua la aceptación de Cristo. Es la conversión personal en su mayor nivel. La puerta estrecha no son las alabanzas de las personas ni el éxito material, la puerta estrecha es la que me hace entrar al interior de mi yo.

Las antiguas ciudades estaban amuralladas y tenían varias puertas de acceso; por supuesto estaba la puerta principal por donde podía entrar todo tipo de animales, cargas, productos y cualquier otro objeto necesario para la vida de los ciudadanos. Cuando la ciudad amurallada era atacada, lo primero que se cerraba era el portón principal y solamente quedaban para acceder al interior unas pequeñas puertas estrechas. Por estas puertas no podía pasar nada más que una persona y de lado. No podía llevar nada en sus manos, nada sobre sus espaldas u hombros... La puerta estrecha era el lugar por donde solamente podía pasar una sola persona. Creo que Jesús nos invita a este camino de salvación por esta puerta estrecha, la de nuestra realidad despojados de todo lo que obtenemos en la vida.

Hay personas de todas razas y credos que hacen la experiencia de pasar por la puerta estrecha. Aquella persona que se pone ante Dios tal cual es, sin estar rebosando de los logros del mundo está haciendo la experiencia de pasar por ese lugar indicado por Jesús. Ser uno mismo ante Dios, no llevar exceso de equipaje para que nuestra vida no esté llena de temores ante la posible pérdida o robo de las cosas mundanas. Llevar nuestra vida a Dios tal cual es, eso es pasar por la puerta estrecha.

- Estén alerta:
En las sociedades cristianas tenemos el peligro de pensar que nuestra forma de vivir la fe es la más auténtica, la más verdadera. Recuerdo que cuando empezó la libertad religiosa con la aparición de distintos grupos, varias personas se me acercaron preguntándome "cuál era la verdadera..."

Tenemos que estar alertas para vivir una fe llena de Dios y no de nuestros proyectos y presupuestos humanos. Dios no reconoce a quien no es capaz de dejarlo todo por Él a pesar de que compartieron mesa y palabra. Estar alerta es preguntarnos con frecuencia dónde está Dios y dónde estoy yo en este momento de mi vida.

Vivir la fe con alegría y optimismo dejándose llevar por la voluntad de Dios. Vivir el camino así significa tener una existencia no frustrada sino realizada. En este camino del Señor vendrán otras personas de donde menos lo esperamos y compartirán con nosotros el reino de Dios.

Que Dios les bendiga y les haga mas santos.

viernes, 13 de agosto de 2010

SOLEMNIDAD DE LA ASUNCION DE LA VIRGEN MARIA

“El poderoso ha hecho obras grandes por mi”
Lc. 1,39-56.

Los católicos celebramos hoy una fiesta muy entrañable con sabor a madre. Creemos que la Virgen María está en cuerpo y alma en el cielo.

Creemos que María ha entrado en la gloria no sólo con su espíritu, sino totalmente con toda su persona, detrás de Cristo, como primicia de la resurrección futura.

Si acompañó a su hijo desde el primer momento, ella es la que ha disfrutado de la realidad de su gloria en plenitud también desde la realidad de la resurrección de su Hijo.

No la endiosa pero sí que deja bien claro su lugar y su papel en la fe. María fue bendecida por su disponibilidad y su aceptación a la voluntad de Dios.
Recorramos hoy este evangelio de alabanza y profecía.

María es la Madre del Hijo de Dios y esto no le lleva a creerse más que nadie sino a aceptar lo que Dios hace en ella. El Todopoderoso hace obras grandes en ella porque es capaz de aceptar con serenidad su presencia. Ante la invitación de Dios ella supo contestar con un rotundo sí.

Miremos nuestra vida y descifremos la voluntad de Dios para con nosotros, para con nuestra familia, amigos, trabajo, Iglesia... cada paso que damos en la vida tiene que estar marcado por la presencia de Dios.
Pobre del cristiano que no sepa cuál es la voluntad de Dios y que nunca quiera aceptarla.

María ha creído, lo que significa, que creer en la Palabra de Dios es estar seguro de que esa Palabra no puede fracasar. Quienes experimentan en sí mismos la Palabra de Dios que se cumple debe animar a otros a esperar en ella.

Muchos cristianos tienen una fe raquítica y estéril porque no está regada por la Palabra de cada día, una Palabra dicha hoy para mí. Puede que en nuestra catequesis nos esforcemos mucho por transmitir a los niños tantas y tantas cosas que puede ser que nos olvidamos de reforzar la presencia de la Palabra de Dios.

Siempre pienso que debemos ser transmisores de esa Palabra que aunque fue dicha hace siglos sigue hoy más vigente que nunca. La Palabra hoy no es un eco. El eco muchas veces llega cuando ya la realidad ha cambiado.

La Palabra está dicha hoy para mí, para mi mundo, para la realidad donde vivo. María supo entender esto. Cuando acoge la Palabra lo hace desde su realidad y por eso cambia su vida. Si nos limitamos a oír la Palabra nunca se obrará en nosotros el cambio de vida.

La fe de María le lleva a proclamar un cántico de alabanza:
- "Mi alma alaba la grandeza del Señor". No es mi grandeza la que es alabada sino la grandeza de mi Dios. ¿Descubro yo las grandezas que hace el Señor en mi vida? ¿Soy capaz de descubrir la presencia de Dios en mi vida de cada día?

- "Dios mi Salvador". ¿De qué te salva el Señor hoy en tu vida? ¿Confías plenamente en la salvación que el Señor trae?
- "Su humilde esclava". ¿Cómo es la actitud que tenemos ante los dones y gracias que Dios nos ha dado?

- "Desde ahora me llamarán siempre dichosa". En María, Dios ha mostrado su favor hacia la humanidad entera y por ello todos tendrán a María siempre presente en todas las generaciones.

El cántico continúa haciendo un recorrido por la misericordia, la humildad, los hambrientos, las promesas que Dios había hecho...

Lo que nos está diciendo es que para poder aceptar a Dios necesitamos esas actitudes de quien necesita no del que da. Ojalá nuestro cristianismo de hoy esté muy cerca de esta cántico de alabanza.
Da pena ver como muchos hermanos y hermanas en la fe están permanentemente en lo que llamo "la pastoral de la queja". Están todo el día quejándose de la Iglesia, de los demás, de la realidad en la que se mueven. Quien ama mucho se queja poco. Aprendamos de las actitudes que María supo mantener en su vida para con Dios, por ello la Iglesia nos la ofrece como modelo fiable en el camino hacia la Vida. María abarca esas dos maternidades: la de Jesús y la nuestra. Aprendamos lo que nos enseña nuestra madre.

viernes, 6 de agosto de 2010

SALVADOR DEL MUNDO



EL SALVADOR ESTA DE FIESTA

Cuando se habla de la fiesta del divino salvador del mundo, cada seis de agosto, no hay ni un solo salvadoreño alrededor del mundo que no pueda dar una explicación o un concepto de lo que significa celebrar esta grandiosa fiesta; creo que aunque estemos en el extranjero, nuestro corazón palpita y nuestra mente se transporta a ese diminuto país que con tanta ilusión y amor recordamos y que nos vio nacer: El Salvador; le llamamos las fiestas agostinas donde todo se paraliza, todo se vuelve fiesta, todo es música y alegría, tiempo que todos los salvadoreños ocupábamos para darnos un respiro a la ajetreada vida que se llevaba y para detenerse a orar y poner en las manos de nuestro divino maestro las intenciones de nuestro querido El Salvador.

Estas fiestas tienen un significado profundo en nuestra idiosincrasia, recuerdo que cada cinco de agosto nos reuníamos al frente de la catedral para esperar la maravillosa procesión que precedía la imagen del Santo Patrono, imagen centenaria y curtida por el paso de los años, que se mantuvo como signo de fe y esperanza en los momentos más duros y difíciles de nuestra historia salvadoreña, que ha soportado junto a su pueblo, terremotos, incendios, inundaciones y la guerra que tantos estragos provoco, y que como signo de fe y presencia divina, todo casi se destruyo, menos esa imagen que siempre se mantuvo intacta en la catedral de nuestra capital, donde ricos y pobres depositan sus plegarias y peticiones.

La traen cargada en hombros en una elegante andaría, hay que recalcar que es un privilegio y un deber para las instituciones cargar al colocho – como se le dice cariñosamente a la imagen- que para este momento viene vestida de color rojo. Primero es cargada por el cuerpo policial, luego los bomberos comerciantes, lustrabotas y todo mundo se toma el tiempo y la libertad para hacerlo; quizás para algunos esto no sea más que una costumbre tradicionalista y sin sentido, pero para ese pueblo laborioso y optimista representa su fe, su amor por el Hijo del Altísimo, la esperanza de sentir su presencia en medio de ellos, los corazones vibran y los ojos se llenan de lagrimas de emoción al ritmo de las bandas sonoras y los coetes que chisporrotean dando la bienvenida y la solemnidad al evento, todos cantan con fuerza, y todos rezan a una sola voz y como un rebaño unidos a su obispo, se encaminan con júbilo a la catedral donde se espera la tan “famosa bajada” que no es más que la ejemplificación de los que fue la transfiguración de Jesús en el Monte Tabor, frente a sus mejores amigos Pedro, Santiago y Juan, donde sus vestidos quedaron blancos como la nieve, escena que se realiza ante más de cinco millares de fieles, que a una voz gritan ¡Que viva el Salvador del Mundo! y todos contestan al unísono ¡que viva!.

Hoy después de tantos años de haber salido de nuestro país, los salvadoreños aun deseamos que nuestro país se mantenga con la firme esperanza de no sucumbir ante el embate de la violencia, de las pandillas, de las muertes injustas y de los arrebatos de poder que cada día desgarran la inocencia de nuestro futuro; quizás el recordar lo precioso de nuestras tradiciones me hace sentir un sabor agridulce ante lo que el país vive en este momento, el demonio de la violencia, y la inseguridad que amenaza insistentemente con destruir lo poco que hemos logrado construir, demonio que no destruiremos y venceremos si como salvadoreños no nos unimos y nos ponemos en la misma sintonía buscando un mejor porvenir. Que las fiestas de nuestro país nos hagan seres más unidos en la fe y en el amor, para desterrar cualquier poder demoniaco que amenace nuestra soberanía de fe y el futuro de nuestros hijos.

Bendito seas salvador Divino, los hijos de tu pueblo como hermanos te pedimos Paz, por nuestro país El Salvador.
Que Dios bendiga El Salvador y toda América Latina

XIX DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

“Felices los servidores a quienes el señor encuentra velando a su llegada”

Lucas 12,32-48

Estos domingos anteriores Jesús ha sido bastante fuerte con nosotros con respecto al tener y a cómo debemos de manejar nuestra vida cotidiana con respecto a el manejo de nuestras posesiones materiales, hoy este domingo inicia hablando de vender eso que nos pesa y preparar nuestra alma y estar con la lámpara de la fe encendida, esperando el día de nuestro regreso a la casa del Padre. Las posesiones materiales lógicamente no nos harán compañía a la hora de regresar a esa casa.

Jesús nos llama al desposeimiento de las cosas que atan nuestra vida y que lejos de hacernos felices nos entristecen más. Hay que invertir en riquezas que no pasen con el tiempo o con los contratiempos del mundo globalizado. La gracia no se echa a perder con el tiempo sino que nos acompaña hasta la eternidad.

Nuestro mundo está lleno del ansia de tener. La gente tiene porque necesita tener para poder dar sentido a su vida. Nos hemos amoldado a una sociedad aparentemente justa pero que en su raíz no está la solidaridad y la justicia que proclama, sino mas bien el ansia desbordada por tener.
El afán por tener puede en el creyente hacerle bajar la guardia en el camino de la fe. Puede hacer que cambien sus prioridades. Puede poner el Evangelio en un lugar muy secundario en su vida, de ahí la alerta que Jesús nos lanza hoy.

Quiero tocar no solo el punto de las posesiones materiales, sino también la parte de preparación de nuestra vida personal, planteado en la liturgia de este domingo.

Cuando un piloto va a iniciar un viaje, prepara cuidadosamente el plan de vuelo. Esta preparación implica seleccionar la ruta que va a seguir, definir la altura de crucero dependiendo de las montañas, consultar los pronósticos meteorológicos, calcular el combustible necesario, controlar el peso de la carga, etc. Si el piloto quiere realizar un vuelo seguro, deberá atender numerosos asuntos. Sería una irresponsabilidad imperdonable dejarlo todo para última hora.

Por esos misterios de la libertad humana, encontramos personas que van por la vida sin definir un plan de vuelo, es decir, sin fijarse unas metas, sin optar por unos valores. Viven el día a día, en la más absoluta improvisación, a merced de los sentimientos que van experimentando.

Es obvio que estas personas son incapaces de establecer un hogar pues semejante proyecto exige compromisos y opciones a mediano y largo plazo. Igualmente, estas personas son problemáticas dentro de una empresa pues su compromiso no es sólido y dependen de su estado de ánimo cambiante.

Por eso es importante trabajar en la definición de nuestro proyecto de vida:
Definir el proyecto es como trazar el plan de vuelo. Es una tarea que toma tiempo, y pensar que quiere Dios de mi vida, buscarle una respuesta a ciertas interrogantes que no me dejan crecer, dejar atrás la frase que decimos muchas veces Ya estoy muy viejo para esto….
Definir el proyecto de vida es buscar respuesta a preguntas tales como: ¿para qué sirvo en la vida? mis cualidades e intereses, ¿hacia dónde me orientan? ¿cómo quisiera verme en 5, 10, 15 años? ¿cómo quisiera realizarme afectivamente. Se trata de preguntas muy serias, cuya respuesta no es fácil.

Si a estas preguntas damos respuestas apresuradas y simplistas, nuestra vida será mediocre. Pero, si las tomamos en serio, podremos trazar un proyecto de vida interesante, retador, en el que desarrollaremos todas las dimensiones de nuestro ser: las dimensiones intelectual, afectiva, social, ética, política, espiritual. Depende de nosotros, solamente de nosotros, diseñar un proyecto de vida interesante y armónico, o hacer de nuestra existencia algo vulgar y carente de interés.
Este es el tema de reflexión que nos plantea el evangelio de hoy, que nos invita a mirar hacia el futuro, a no desperdiciar los meses y los años en una improvisación lamentable.

Esta invitación a vivir vigilantes, despiertos, preparados, la hace Jesús mediante tres comparaciones, que se relacionan con situaciones que sus oyentes conocían muy bien::
o Primera invitación: “Parézcanse a los criados que aguardan a que su patrón vuelva de la fiesta, para abrirle apenas llegue y llame”
o Segunda invitación: “Sean como el dueño de casa que espera en cualquier momento la inoportuna llegada del ladrón”
o Tercera invitación: “Aprendan del administrador fiel y cuidadoso, a quien su jefe puso al frente para repartir a sus empleados la ración a su debido tiempo, y que al llegar lo encuentra cumpliendo su obligación”
A través de estas imágenes sencillas, tomadas de la vida diaria, Jesús nos invita tomar en serio la definición de nuestro proyecto de vida:
o Hay que dedicarle tiempo a la planeación de nuestra vida y también hay que consultar a personas de experiencia porque nos podemos equivocar.
o En la definición y puesta en marcha del proyecto de vida tenemos que combinar la firmeza con la flexibilidad: la firmeza nos exige tomar decisiones consistentes de manera que no estemos a merced de los caprichos y las modas; la flexibilidad nos motiva para hacer aquellos ajustes que la vida nos impone, los cuales con frecuencia son dolorosos, pero deben ser asumidos con realismo.

Jesús nos exhorta a tener una visión de futuro, a definir con claridad lo que queremos realizar, a administrar responsablemente el tiempo que nos ha sido asignado y las cualidades y oportunidades que se nos han dado. No olvidemos que la vida la tenemos prestada.

viernes, 30 de julio de 2010

SIN JUSTICIA NO HAY PAZ
Pbro. Alexander Diaz

No se puede hablar de paz sin hablar de justicia. En sentido estricto, la justicia es una de las cuatro virtudes cardinales. Se la define como hábito moral, que inclina a la voluntad a dar a cada cual lo que es suyo. En otras palabras, aquellos que faltan a la justicia están faltando abiertamente a la moral. En estos días estamos acostumbrados a escuchar frases en torno a esta virtud, alegamos con voz fuerte cuando algo pasa y sentimos que no es lo correcto, pero hay que recalcar que esta virtud nos compromete a todos por igual no solo a un grupo, ni solo a una clase social; porque su objetivo primordial es regular los deberes y derechos de todos.

Me parece interesantes que hay personas que viven toda la vida exigiendo de manera muy enfática sus derechos, y eso está bien, pero me parece un poco irónico, que no son capaces de cumplir sus deberes y obligaciones ya sea como cristianos, o trabajadores o en un sentido global como ciudadanos, - aunque hay que tener claro, que un buen cristiano es un gran ciudadano, y un cristiano falso y mediocre será un ciudadano que no hará bien a la sociedad- por ende, hay que ser equitativos en todo lo que hacemos, y nunca debemos de ser hombres y mujeres que se aprovechen de las diversas circunstancias que se presentan, a nadie le gusta que le sean injusto a todos nos gusta que nos traten con rectitud. Pero ahora viene una pregunta: ¿Por qué te portas de forma aprovechada e injusta de tus empleados, o de tus amigos o de padres, o todo aquel que es sencillo en su forma de pensar o en su educación? ¿Por qué actúas de forma despótica con aquellos que trabajan con tigo? ¿Te gustaría a ti que te tratara así? Ahí es donde viene el grito al cielo, no nos gustaría que nos tratasen de esa forma, pero sin embargo lo hacemos; hay personas que ingenuamente por el cargo que desempeñan, ya sea político, social, eclesiástico, o por la cantidad de dinero que dicen tener, juegan a ser dioses con los pequeños y se aprovechan de su sencillez, ya sea tratándolos mal, viéndolos de menos, pagándoles injustamente, o robándoles su trabajo, yo se que todos ustedes aducen que es una injusticia, pero si uno de estos pequeños dice algo a favor de sus derechos, se convierte en una persona mala, e injusta, pero esa es la realidad, y en nuestra comunidad y porque no decirlo en esta ciudad ocurren a diario estos atropellos en contra de la justicia.

Y es interesante, que es un tema que casi nadie toca, por el simple hecho de que generalmente toca intereses personales o elementos que denuncian, y los denunciados se sienten incómodos y protestan, aduciendo que son corrientes de pensamiento revolucionaria y le ponen mil títulos, yo creo que esto solo es la verdad de lo que sucede. «La paz auténtica sobre la tierra comporta la firme determinación de respetar a los demás, individuos y pueblos, en su dignidad, y la constante voluntad de incrementar la fraternidad entre los miembros de la familia humana» (Juan Pablo II) Recordemos que si no logramos ser justos cumpliendo nuestros deberes y obligaciones en todas las etapas de la vida, siempre tendremos discordia y malestar en nuestro ambiente.
La justicia será siempre un tema abierto, un tema discutido y afrontado por todos. Especialmente a la hora de establecer leyes. Sin olvidar que no pocas veces las leyes son el resultado de imposiciones arbitrarias de grupos de poder, quizá por culpa (también hemos de reconocerlo) de la pasividad de muchos ciudadanos que no aprovechan las oportunidades que la moderna democracia ofrece para evitar tales abusos.

Otras veces, por desgracia, las leyes reflejarán la degradación moral de todo un pueblo, como cuando se aprueba por referéndum una ley del aborto o una ley racista, o una ley que favorece a unos pocos.

Pero teniendo todo esto un poco más claro estoy más que seguro, que todos estamos llamados a velar por la justicia, a luchar para que a nadie se le prive de sus derechos fundamentales, a trabajar para que la solidaridad sea el eje en torno al cual gire toda la vida social de nuestros ambientes y del mundo en esta etapa de globalizaciones y de cambios.

De este modo la justicia dejará de ser un sueño, una utopía irrealizable, para convertirse en algo real, concreto, vivo, en fuente de armonía y de paz, en manantial de respeto y de apoyo hacia todos y cada uno de los seres humanos que viven a nuestro lado.

miércoles, 28 de julio de 2010

XVIII DEL TIEMPO ORDINARIO

"Lo que has acumulado,
¿de quién será?"
Lc 12,13-21


El evangelio de hoy contiene una parábola de Jesús, cuyo tema es la codicia de aquellas personas que nunca se sienten satisfechas con lo que tienen, sino que pretenden seguir acumulando. San Pablo, en el texto que escuchamos, dice que la codicia y la avaricia son una forma de idolatría, porque estas personas hacen de las riquezas el objetivo de sus vidas, las absolutizan como si fueran un dios...

La parábola nos hace pensar sobre las prioridades que nos fijamos en la vida, la escala de valores que va a dirigir nuestra ruta. Por eso el evangelista Lucas dice: “Tengan mucho cuidado con la avaricia; aunque se nade en la abundancia, la vida no depende de las riquezas”. La experiencia confirma estas sabias palabras, pues el exceso de dinero no está acompañado necesariamente de la felicidad.

Si observamos atentamente el texto de la parábola, percibiremos que su protagonista es un hombre rico con muchas poseciones pero terriblemente solo, pues está sumergido en un mar de riqueza pero no tiene con quién hablar; por eso habla con las cosas que lo rodean.
Sus interlocutores son el granero, la cosecha, su comodidad personal. Junto a él no hay una esposa, unos hijos, unos amigos, una comunidad. En su mundo no hay seres humanos; sólo existe él quien, en su profundo egoísmo, se ha convertido en el centro de un mundo de objetos.
El protagonista de este relato es un hombre encerrado, que no tiene proyectos que lo saquen de su pequeño mundo y que le permitan abrirse a horizontes más amplios.

Los psicólogos nos explican que el auténtico adulto, es decir, no solo el que tiene años sino el que ha madurado, es aquella persona que ha sido capaz de salir de las cuatro paredes de sus caprichos infantiles para descubrir a los demás y establecer con ellos unas relaciones basadas en el respeto y en la colaboración.

Uno de los factores que más impacto tiene en los fracasos matrimoniales es el egoísmo, pues es imposible que funcione una pareja en la que no se escucha al otro, cuando uno de los integrantes trate de imponer su voluntad. Quien no aprende a compartir es incapaz de amar. El evangelio de hoy nos muestra la tragedia de un hombre inmensamente rico, incapaz de establecer relaciones personales.

El pensamiento egoista y comodo de este hombre es interrumpido bruscamente por Dios, quien lo reprende, llamándolo insensato ¿Cuáles son las razones por las que este hombre es juzgado como un tonto?
El protagonista de la parábola se ha equivocado en el enfoque de su vida al poner la felicidad en acumular riquezas, soñando con que la felicidad consiste en poseer un impresionante portafolio de acciones, y escrituras.

Su vida ha sido construida sobre los verbos “tener” y “acumular”, los cuales no conducen a ninguna parte. Por el contrario, hay otros verbos que sí nos llenan de satisfacciones; verbos tales como “amar”, “consentir a los hijos”, “compartir con los amigos”, “dar educación a los pobres”, “generar empleo”, “trabajar en proyectos de la comunidad” sí nos hacen sentir útiles y que la vida vale la pena.

Las cuentas alegres de este personaje de la parábola se ven bruscamente interrumpidas por una referencia incómoda a su muerte inminente: “Tonto, esta noche te van a exigir la vida. Lo que has acumulado, ¿en manos de quién va a quedar?”

El tema de la muerte le daña las cuentas alegres sobre sus proyectos futuros.
Los seres humanos evitamos hablar de la muerte, ya que consideramos de mal gusto plantear este asunto, habiendo otros temas más agradables. Prueba de ello es el comportamiento que tenemos en las funerarias: las personas que asisten a la velación hablan de todos los temas, - no se aquí pero en mi país se habla de todo un poco- menos del que convoca a esa reunión; se habla de política, de fútbol, de chismes de la sociedad, de las peleas por la herencia, de las ex-esposas que están sentadas, con sus hijos, en distintos salones de la funeraria. Hablamos de todo, menos de la muerte.

Hemos convertio la muerte en un “tabú”, que consiste en el rechazo que experimenta nuestra sociedad hacia esta realidad, como si evitando referirnos a ella pudiéramos cancelar su incómoda visita…

Si miramos nuestra vida en el espejo retrovisor de la muerte, nos vemos obligados a revisar nuestras prioridades. Cuando nos morimos, ¿qué nos llevamos de esta vida?
Sólo nos llevamos los valores espirituales y afectivos, los demás se quedan aquí para que se los disputen los herederos. Lo que nos acompañará, más allá de las fronteras de la muerte, es el amor que hayamos vivido, el afecto que hayamos expresado, la generosidad para perdonar las ofensas que nos hayan hecho.

El cardenal O´Boyle de Washington decía, Para que vivir atesorando tanto dinero y riquezas, cuando nos entierren nuestro traje mortuorio no tendra bolsas para poner algo, nos iremos sin bolsillos.

No podemos interpretar este texto como un rechazo de los bienes materiales, pues han sido creados por Dios, y todo lo que ha salido de sus manos es bueno. Jesús no condena la riqueza.
Simplemente critica a quienes hacen del dinero su dios y que, por acrecentar su fortuna, están dispuestos a sacrificar la salud, la familia, los amigos, la conciencia. Hay que trabajar para vivir no vivir para trabajar.

Este texto critica a quienes amasan una fortuna para sí y no son ricos ante Dios, es decir, no se preocupan por los valores que sí dan sentido a la existencia humana.
Dice la sabiduría popular que "La avaricia rompe el saco." pero tengan ustedes la seguridad que también nos rompe la vida...

Tener sentido trascendente y sentido común. Valorar nuestros proyectos y nuestra propia persona. Jesús ha venido a demostrarnos que queriéndonos y queriendo las cosas de Dios es como creamos riquezas en el cielo.

Perdonen; no estoy hablando del cielo de después de la muerte al que estamos llamados. Les hablo del cielo que ya comienza aquí en el encuentro con Jesús y los hermanos.
Quien acumula riquezas para sí mismo no es rico delante de Dios, esto es, no son ricos en las cosas que son de Dios y que agradan a Dios. ¿Eres rico en las cosas de Dios? Es la gran pregunta.

jueves, 15 de julio de 2010

XVI DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

Homilía Dominical
Rev. Alexander Díaz


La liturgia de hoy propone a nuestra consideración dos grandes temas: la hospitalidad y la integración de la oración con el trabajo. Empecemos por el tema de la hospitalidad, que aparece hermosamente desarrollado en dos escenas: en la primera, el protagonista es el patriarca Abrahán, quien atiende a sus huéspedes bajo el sombrío que proporciona la encina de Mambré; la segunda escena tiene como protagonistas a Jesús y a sus amigos de Betania.

Para nosotros, que vivimos en grandes ciudades, la hospitalidad es algo distante, y esto por varias razones: en primer lugar, vivimos tan ocupados que no tenemos tiempo para compartir en familia, mucho menos con los vecinos y conocidos; y, en segundo lugar, porque la inseguridad nos lleva a cerrar las puertas de nuestras casas y a evitar el trato de personas desconocidas.

Pues bien, en otros tiempos las puertas de las casas estaban abiertas para propios y extraños, y el huésped era objeto de mil atenciones. En los pueblos antiguos, el valor de la hospitalidad estaba relacionado con la supervivencia.

Pensemos en los peligros que implicaba emprender un viaje cuando no se habían desarrollado medios de transporte como los de hoy (aviones, trenes, automóviles); si se presentaba un percance no había manera de informar. En este contexto de incertidumbre, la hospitalidad era como un seguro de vida. Todos estaban dispuestos a colaborar por aquello de “hoy por tí, mañana por mí”.
Este mensaje de hospitalidad encarnado por el viejo Abrahán es complementado por la escena evangélica en la cual Jesús, haciendo un paréntesis dentro de sus correrías apostólicas, visita a sus amigos de Betania, los hermanos Lázaro, Marta y María. Allí, en la tranquilidad del hogar, se ponen al día y comentan todos las anécdotas que han acompañado la actividad evangelizadora de Jesús.

Abrahán atiende a los viajeros y Jesús conversa con sus amigos de Betania. Que estas escenas bíblicas, en las que la hospitalidad y la comunicación aparecen como valores importantes dentro de la vida social, sean ocasión para revisar nuestro estilo de vida:
Vivimos atafagados, siempre de prisa, poniendo así en peligro nuestra salud y sacrificando la calidad de vida. El trabajo de la pareja deja muy poco tiempo para compartir con los hijos y para interactuar como esposos.

Por causa del ritmo frenético de vida, los hogares han dejado de ser lugares de encuentro donde se construye un proyecto común de vida, para convertirse en centro de prestación de servicios: se sirven comidas rápidas, se lava la ropa y se da dinero para atender los gastos diarios.

El hogar ha dejado de ser hogar, la mesa de comedor ya no es el altar donde se celebra la liturgia del compartir familiar; simplemente se prestan unos servicios que corresponden a un restaurante, a una lavandería y a un cajero automático, todo se ha vuelto tan fácil pero al mismo tiempo tan complicado.

Fácil, porque no tenemos que esforzarnos tanto para conseguir lo que queremos, todo está a la mano, la tecnología nos lo pone todo así, compramos y vendemos desde nuestros propios escritorios, vemos todos los programas de TV que queramos sin levantarnos de nuestros asientos y sin salir de nuestros cuartos, la vida es fácil ahora.

Lo difícil y duro es que toda esta tecnología nos ha matado nuestras relaciones personales, nuestro compartir familiar, dialogamos el minimo, porque la hospitalidad y el deseo de estar juntos a desaparecido poco a poco, ya no existe el compartir en familia como antes.

Un dia de estos estaba en un restaurante comiendo con unos amigos y había una familia comiendo junto a la mesa nuestra, tenían cuatro hijos adolescentes, y era interesante, los cuatro estaban pegados a sus teléfonos nadie hablaba entre si, comían y mandaban textos, me dije a mi mismo, que difícil es el dialogo familiar en la época actual.

Ojala que no continuemos matando la hospitalidad y la convivencia familiar, que nuestra amistad y nuestra caridad se potencien y se practiquen, que la escucha de la palabra y la atención hacia los demás sea un signo de que somos hombres y mujeres de Dios.

El segundo tema que nos plantea la liturgia de este domingo es la articulación entre la oración y el trabajo:
Esta problemática aparece en el diálogo que sostiene Jesús con las hermanas Marta y María, quienes tenían personalidades y sensibilidades diferentes.

Se interpreta equivocadamente este pasaje del Nuevo Testamento si se concluye que Jesús descalifica el trabajo de Marta, empeñada en atender con lujo de detalles al huésped. La intención de Jesús no es plantear una oposición entre el trabajo, representado por Marta, y la contemplación, encarnada por María, y tomando partido por esta última. Esta fue la interpretación que hicieron algunos comentaristas bíblicos en el pasado, quienes se apoyaban en esta lectura para afirmar la superioridad de la vida religiosa contemplativa sobre la vida activa.
No se trata, pues, de afirmar la superioridad de la oración sobre el trabajo. Oración y trabajo son dos momentos inseparables de la vida que deben ser integrados dentro de una auténtica espiritualidad.

La vida de Cristo fue un claro testimonio de la integración de estas dos dimensiones: vivía en continua comunicación con su Padre e igualmente estaba totalmente entregado al servicio de los demás; las multitudes lo asediaban porque querían escucharlo y buscaban ser curadas de sus dolencias.

Este equilibrio entre la vida interior y la actividad externa ha sido expresado de diversas maneras por los grandes maestros de la vida espiritual. San Benito, el gran promotor de la vida monacal en Occidente resume este modelo de espiritualidad en la expresión latina “ora et labora”, que traduce oración y trabajo. San Ignacio de Loyola, quien diseñó esa poderosa herramienta de crecimiento interior que son los Ejercicios Espirituales, nos invita a ser “contemplativos en la acción”.

Es hora de terminar nuestra meditación dominical. Que el mensaje de hospitalidad que nos trasmiten Abrahán y los amigos de Betania contribuya a renovar el estilo de vida de nuestras familias y comunidades, de manera que sean lugares de encuentro y de comunicación. Que la conversación que sostiene Jesús con sus amigos de Betania nos estimule para buscar una integración entre la oración y el trabajo, entre los momentos de silencio y la actividad productiva.

XV DOMINGO DE TIEMPO ORDINARIO



"¿Quién es mi prójimo?"
Lc 10, 25-37:

El evangelio de hoy un maestro de la ley le hace una pregunta a Jesús, pero interesante y rica en su contenido un tanto comprometedora pero que a mi ver hace que nos preguntemos a nosotros mismos si estamos yendo por el buen camino hacia nuestra santidad de vida.

¿Qué debemos hacer en esta vida para llegar a la vida eterna? Su intención no era buena. El Señor le pregunta sobre lo que está escrito y él sabe responder adecuadamente. El interrogador no pide ninguna aclaración en cuanto al amor a Dios, pero lo que no tiene claro es aquello del amor al prójimo, es que somos especiales, siempre estamos pretendiendo ser claros en nuestro amor a Dios, pero siempre nos olvidamos o simplemente pasamos por alto nuestro amor y compromiso con nuestros hermanos. Solo hay que detenerse a escucharles hablar de los demás! ¡Cuánta cuanta malicia; cuánta violencia verbal, cuanto destrozo a la dignidad del nuestro hermano...!

Los judíos de la época de Jesús hablaban del "prójimo", pero entendían como prójimo sólo a los judíos. Los "gentiles" (los que no eran de raza judía) eran despreciados y no eran considerados como tales. Jesús rompe una vez más este esquema exclusivista. El amor que Él nos trae es más universal que las exclusiones que hacemos los seres humanos. Para el Maestro el prójimo es cualquier ser humano, en especial los más débiles y necesitados.

Muchas veces me pregunto si nuestra Iglesia de hoy es la aliada de los más desfavorecidos de la sociedad; si nosotros como cristianos somos samaritanos convencidos del que aparece herido por causa de los otros.

Tenemos que convertirnos a Dios pero también al prójimo. Puede ser que tengamos teóricamente claro los conceptos y las aficiones espirituales, pero que luego, a la hora de la práctica, nos quedemos siempre en meras intenciones.

No es suficiente creernos que amamos al prójimo. Es necesario hacer algo provechoso por mi prójimo. El Evangelio no es un cúmulo de buenas intenciones sino una constante provocación a la acción. Si nos quedamos en la belleza de la parábola puede ser que no captemos el mandato final de Jesús: "Vete y haz tú lo mismo."

¿Cómo podemos hacer nuestra conversión al prójimo?
Los cristianos tenemos que tener mucho cuidado de no herir el alma de nuestros prójimos.
En otras palabras Nosotros somos portadores de la mayor buena noticia que ha oído nunca la humanidad. Dios se hace uno de nosotros para que nosotros estemos más cerca que nunca de los demás. Acercarse a Dios es tener como compañeros de camino a mis prójimos. No entiendo esa fe siempre excluyente del que no piensa como nosotros. Cuando se vive la fe como exclusión ("ese no es de los nuestros, el no ora como nosotros, el es de otro grupo o movimiento, el no es católico por ende no le ayudo, o no es de mi color o lengua...") siempre se acaba condenando a los demás. Tenemos que tener siempre cuidado para que nuestra fe sea siempre acogida a los otros, nunca excluir ni condenar a nadie. Dios nos ha hecho hermanos de nuestros hermanos no jueces de los demás.

Dios reivindica la presencia de los demás en nuestro corazón, al lado, muy al lado del amor que le debemos a Él. Bien sabe Dios que las personas somos acercadas al Creador por otras personas; que somos los seres humanos quienes pronunciamos hoy la Palabra y quienes damos movimientos a los designios de Dios. Ser cristiano es creer en Dios y en los demás.

¿Qué puedo hacer por los demás?
Nadie te pide que hagas lo que no puedes hacer. Sólo damos lo que tenemos. Lo que nos dice Jesús es que hagamos en lugar de quedarnos pensando o quejándonos. ¿Qué podemos hacer para ver a los demás como prójimos?, pues son cositas sencillas como Sonreír en lugar de quedarnos con caras de amargados y amargadas, Decir una palabra cariñosa y de aliento en lugar de la queja de costumbre, Disculpar y perdonar, Unir a la gente en lugar de dividirla. Orar constantemente por los demás, en especial por los más débiles y necesitados, Querer de verdad a los demás...

En realidad son tantas las cosas que podemos hacer para percibir al otro como prójimo que cada ser humano dispone de un amplísimo catálogo de opciones para sentir el latido de los demás.
El prójimo hoy tiene muchos nombres: familia, amigos, vecinos, desconocidos, conocidos, enemigos... Dice san Juan que quien ama a Dios a quien no ve y, en cambio, no ama al que tiene al lado, es un mentiroso... Ese es el recorrido que va desde el amor que debemos a Dios y a los demás. Dios no es envidioso porque amemos al otro.