miércoles, 28 de julio de 2010

XVIII DEL TIEMPO ORDINARIO

"Lo que has acumulado,
¿de quién será?"
Lc 12,13-21


El evangelio de hoy contiene una parábola de Jesús, cuyo tema es la codicia de aquellas personas que nunca se sienten satisfechas con lo que tienen, sino que pretenden seguir acumulando. San Pablo, en el texto que escuchamos, dice que la codicia y la avaricia son una forma de idolatría, porque estas personas hacen de las riquezas el objetivo de sus vidas, las absolutizan como si fueran un dios...

La parábola nos hace pensar sobre las prioridades que nos fijamos en la vida, la escala de valores que va a dirigir nuestra ruta. Por eso el evangelista Lucas dice: “Tengan mucho cuidado con la avaricia; aunque se nade en la abundancia, la vida no depende de las riquezas”. La experiencia confirma estas sabias palabras, pues el exceso de dinero no está acompañado necesariamente de la felicidad.

Si observamos atentamente el texto de la parábola, percibiremos que su protagonista es un hombre rico con muchas poseciones pero terriblemente solo, pues está sumergido en un mar de riqueza pero no tiene con quién hablar; por eso habla con las cosas que lo rodean.
Sus interlocutores son el granero, la cosecha, su comodidad personal. Junto a él no hay una esposa, unos hijos, unos amigos, una comunidad. En su mundo no hay seres humanos; sólo existe él quien, en su profundo egoísmo, se ha convertido en el centro de un mundo de objetos.
El protagonista de este relato es un hombre encerrado, que no tiene proyectos que lo saquen de su pequeño mundo y que le permitan abrirse a horizontes más amplios.

Los psicólogos nos explican que el auténtico adulto, es decir, no solo el que tiene años sino el que ha madurado, es aquella persona que ha sido capaz de salir de las cuatro paredes de sus caprichos infantiles para descubrir a los demás y establecer con ellos unas relaciones basadas en el respeto y en la colaboración.

Uno de los factores que más impacto tiene en los fracasos matrimoniales es el egoísmo, pues es imposible que funcione una pareja en la que no se escucha al otro, cuando uno de los integrantes trate de imponer su voluntad. Quien no aprende a compartir es incapaz de amar. El evangelio de hoy nos muestra la tragedia de un hombre inmensamente rico, incapaz de establecer relaciones personales.

El pensamiento egoista y comodo de este hombre es interrumpido bruscamente por Dios, quien lo reprende, llamándolo insensato ¿Cuáles son las razones por las que este hombre es juzgado como un tonto?
El protagonista de la parábola se ha equivocado en el enfoque de su vida al poner la felicidad en acumular riquezas, soñando con que la felicidad consiste en poseer un impresionante portafolio de acciones, y escrituras.

Su vida ha sido construida sobre los verbos “tener” y “acumular”, los cuales no conducen a ninguna parte. Por el contrario, hay otros verbos que sí nos llenan de satisfacciones; verbos tales como “amar”, “consentir a los hijos”, “compartir con los amigos”, “dar educación a los pobres”, “generar empleo”, “trabajar en proyectos de la comunidad” sí nos hacen sentir útiles y que la vida vale la pena.

Las cuentas alegres de este personaje de la parábola se ven bruscamente interrumpidas por una referencia incómoda a su muerte inminente: “Tonto, esta noche te van a exigir la vida. Lo que has acumulado, ¿en manos de quién va a quedar?”

El tema de la muerte le daña las cuentas alegres sobre sus proyectos futuros.
Los seres humanos evitamos hablar de la muerte, ya que consideramos de mal gusto plantear este asunto, habiendo otros temas más agradables. Prueba de ello es el comportamiento que tenemos en las funerarias: las personas que asisten a la velación hablan de todos los temas, - no se aquí pero en mi país se habla de todo un poco- menos del que convoca a esa reunión; se habla de política, de fútbol, de chismes de la sociedad, de las peleas por la herencia, de las ex-esposas que están sentadas, con sus hijos, en distintos salones de la funeraria. Hablamos de todo, menos de la muerte.

Hemos convertio la muerte en un “tabú”, que consiste en el rechazo que experimenta nuestra sociedad hacia esta realidad, como si evitando referirnos a ella pudiéramos cancelar su incómoda visita…

Si miramos nuestra vida en el espejo retrovisor de la muerte, nos vemos obligados a revisar nuestras prioridades. Cuando nos morimos, ¿qué nos llevamos de esta vida?
Sólo nos llevamos los valores espirituales y afectivos, los demás se quedan aquí para que se los disputen los herederos. Lo que nos acompañará, más allá de las fronteras de la muerte, es el amor que hayamos vivido, el afecto que hayamos expresado, la generosidad para perdonar las ofensas que nos hayan hecho.

El cardenal O´Boyle de Washington decía, Para que vivir atesorando tanto dinero y riquezas, cuando nos entierren nuestro traje mortuorio no tendra bolsas para poner algo, nos iremos sin bolsillos.

No podemos interpretar este texto como un rechazo de los bienes materiales, pues han sido creados por Dios, y todo lo que ha salido de sus manos es bueno. Jesús no condena la riqueza.
Simplemente critica a quienes hacen del dinero su dios y que, por acrecentar su fortuna, están dispuestos a sacrificar la salud, la familia, los amigos, la conciencia. Hay que trabajar para vivir no vivir para trabajar.

Este texto critica a quienes amasan una fortuna para sí y no son ricos ante Dios, es decir, no se preocupan por los valores que sí dan sentido a la existencia humana.
Dice la sabiduría popular que "La avaricia rompe el saco." pero tengan ustedes la seguridad que también nos rompe la vida...

Tener sentido trascendente y sentido común. Valorar nuestros proyectos y nuestra propia persona. Jesús ha venido a demostrarnos que queriéndonos y queriendo las cosas de Dios es como creamos riquezas en el cielo.

Perdonen; no estoy hablando del cielo de después de la muerte al que estamos llamados. Les hablo del cielo que ya comienza aquí en el encuentro con Jesús y los hermanos.
Quien acumula riquezas para sí mismo no es rico delante de Dios, esto es, no son ricos en las cosas que son de Dios y que agradan a Dios. ¿Eres rico en las cosas de Dios? Es la gran pregunta.

1 comentario:

Xhonane Olivas dijo...

Gracias por esta hermosa reflexión Padre. De hecho, me identifico con lo que dice de que la gente no quiere hablar de la muerte ni tampoco de preparse para ella...Hace una semana murió una hermana de mi mamá y tristemente eso fue lo que vi.