viernes, 18 de noviembre de 2011

SOLEMNIDAD DE JESUCRISTO REY DEL UNIVERSO


“Vengan benditos de mi Padre, hereden el reino preparado para ustedes”
(Mt. 25,31-46)



Este domingo culmina el año litúrgico, y el próximo iniciaremos el tiempo de Adviento, que es la preparación a los misterios navideños. El año litúrgico tiene, como solemne final, la fiesta de Cristo Rey del Universo. 
El tema que desarrolla el evangelio de hoy  es el último acto de la historia humana o juicio final.

¿Qué mensaje nos enseña este relato del juicio final?  A pesar de todas las manipulaciones y trampas que impiden que actúe la justicia humana, al fin de los tiempos se manifestará la justicia de Dios basada sobre la verdad, que no puede ser comprada ni atemorizada. 
La impunidad del delito acobarda  a los ciudadanos honestos, y envalentona a los delincuentes. En la vida diaria parece que triunfan las fuerzas del mal. Pero se trata de un triunfo aparente, pues no podrán evitar la rendición de cuentas al final. 

Seremos juzgados por lo que hicimos o dejamos de hacer por los demás:  En la mentalidad de los fariseos, la fidelidad a Dios se medía por el cumplimiento de las numerosísimas normas y por la realización de unos ritos descritos en sus mínimos detalles.
Es el señor juez único de todas las personas y el redentor de todos. No nos habla de una divinidad abstracta y alejada del mundo sino de Dios hecho hombre que se entrego para salvarnos y se quedo disfrazado de pobre y débil a nuestro lado.

Este evangelio nos viene a recordar que el seguimiento de Jesús no es algo teórico sino practico. A Jesús no se le sigue por la mera lectura de libros o teorías más o menos convenientes. El encuentro con el Señor se da en la vida diaria, en cada rincón del mundo y en nuestro interior.

Hay personas que están sumamente preocupadas de que llevan en sus manos cuando se presenten ante Dios; son las buenas obras las que quieren determinar el encuentro. Cuanto más buenas obras hagamos, más cerca de Dios estaremos. Y me parece justo lo contrario. No me refiero al no hacer obras buenas. Las obras buenas son un distintivo clarísimo del cristiano.

La fe y las obras deben ir unidas en una síntesis bien entendida del evangelio. Me refiero a que la vida del cristiano no es un acumular obras buenas para presentarlas al Señor para que El vea quienes somos, sino que estas obras tienen que ir acompañadas por una entrega total y con un amor sublime. No hacer estas obras solo porque está escrito en el evangelio y hay que hacerlas sin que ni para qué. Darnos, desangrarnos y entregarnos a ese jesus sin ir esperando la recompensa final, sino solo por amor.
Para los seguidores de Cristo, la fidelidad a Dios se mide por el amor a los hermanos. Los dos mandamientos – el amor a Dios y a los hermanos – quedan integrados en un solo mandamiento porque el amor al prójimo es el amor a Dios mismo.



Este evangelio es una prueba irrefutable de que la fe no se puede reducir a una vivencia individual sino que tiene una dimensión social: “Vengan, benditos de mi Padre; tomen posesión del Reino preparado para ustedes desde la creación del mundo; porque estuve hambriento y me dieron de comer, sediento y me dieron de beber” (Mt.25,34)

Jesús, Señor y Juez del universo, hace una afirmación sorprendente: “Yo les aseguro que cuando lo hicieron con el más insignificante de mis hermanos conmigo lo hicieron”. Jesús se identifica con los débiles“ La situación de extrema pobreza generalizada, adquiere en la vida real rostros muy concretos en los que deberíamos reconocer los rasgos sufrientes de Cristo, el Señor, que nos cuestiona e interpela:



El mensaje en este Domingo dedicado a Jesucristo Rey del Universo es claro: nuestro comportamiento será evaluado en razón de la solidaridad que hayamos manifestado con los que sufren. La expresión contemporánea para referirse a la “parábola de los talentos” es “responsabilidad social”: de las personas, de las empresas, de las universidades, de los colectivos sociales.

Que el día que muera quiero presentarme ante Dios con las manos vacias, pero vacías porque todo lo que se nos dio, se lo dimos a aquellos en los cuales El se nos presento y decirle: Señor, me diste alegría y la sembré en los demás, inteligencia y la puse al servicio desinteresado de los otros, esperanza y la entregue al que la necesitaba.  El repertorio con el que vamos a presentarnos ante Dios no es lo que tenemos, ni lo que hemos hecho. Lleguemos vacios ante Dios, suplicantes, pobres, porque entregamos todo para suplir las necesidades de los otros. Y El será nuestro dador para toda la eternidad. Amen 

1 comentario:

Edith Elizabeth dijo...

Buena reflexión del evangelio. ¿Puedo compartirla con mis alumnos?