viernes, 3 de octubre de 2008

XXVII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

SOLO SOMOS ADMINISTRADORES DE LOS DONES DE DIOS
Bajo la imagen de la viña, común a la primera lectura y el evangelio, la idea central de la parábola bíblica de este domingo es el traspaso del reino de Dios, la iglesia que Jesús fundamenta como piedra angular, y que debe producir frutos para Dios. Esta parábola de los viñadores asesinos constituye un compendio de la historia de la salvación del hombre por Dios desde la alianza del Sinaí, hasta la fundación de la Iglesia por Jesús como nuevo pueblo de Dios, pasando por los profetas y la persona de Cristo. Dios que desde el pecado de nuestros primeros padres se ha preocupado por enviarnos la salvación a todos y a cada uno de nosotros, primero nos hablo por boca de los profetas y sin embargo no se les escucho, les quitaron la vida inmisericordemente, hasta que por fin nos envió a su hijo único, al que tampoco fuimos capaces de escuchar y que también le quitamos la vida, ahora bien, la pregunta de hoy es ¿Tiene alguna aplicación hoy en día esta parábola? Pues es posible que sí. Esos arrendatarios que se sienten dueños y se sienten con poder para hacer y deshacer a su antojo; esos arrendatarios que se creen los únicos que saben lo que es bueno para la viña; esos arrendatarios que ni matan a los criados ni al hijo, y en cuanto aparecen por la viña tratan de agasajarles, seducirles y comprarles incluso con la intención de que se vuelvan en contra del mismo dueño.
La viña de hoy en día, o sea el Pueblo de Dios, sufre mucho. Unos lo oprimen con pesos que les cargan y no pueden ni levantar la cabeza; otros parece que sólo intentan confundirlo y dividirlo; hay quienes lo juzgan con tanta severidad que le quita toda esperanza y el mensaje deja de ser “buena noticia”.
Mucho más sentido evangélico tienen las palabras de Pablo a los Filipenses. Los arrendatarios deberían, deberíamos escuchar muy atentamente al consejo del Apóstol: “Que nada os angustie”. Y a renglón seguido les anima a confiar en Dios, a orar, suplicarle, a darle gracias y como recompensa vivirán, disfrutarán de su paz, de la paz de Dios.
Hoy los arrendatarios se preguntan unos a otros cuál es el último libro que ha leído, qué película ha visto, qué conferencia ha dictado, cuántos artículos o libros ha escrito, qué títulos universitarios posee o que otros honores le han otorgado, qué opinión le merece este o aquel documento o pronunciamiento de algún otro arrendador. ¿No estaremos complicando nuestras vidas, tanto la del Pueblo de Dios (la viña) como la de los que la cuidan?
Pablo continúa: “Por último, hermanos, tomad en consideración lo que hay de verdadero, de noble, de justo, de limpio, de amable, de laudable, de virtuoso y de encomiable”. Algo así podría ser un buen plan para que todos los que pertenecen, son o están asociados con la viña, Pueblo de Dios, Iglesia, pudieran disfrutar del Dios de la paz que está siempre en medio de nosotros.
Posiblemente no sea tan difícil cuidar la viña, seguro que no hay necesidad de envidia que lleva a la violencia y al alejamiento y rechazo de unos y otros. Que siempre tengamos presente que esta viña en la cual vivimos no nos pertenece, sino que solo somos unos administradores de esta multiforme gracia que Dios nos ha dado y que al final de los tiempos vendrá el verdadero dueño y nos pedirá cuentas concretas para ver si hemos sido capaces de administrarla con responsabilidad.

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