viernes, 9 de noviembre de 2007

Domingo XXXII del Tiempo Ordinario.


LA RESURRECCION DE LA CARNE.
Quizás en muy raras ocasiones usted se haya detenido a pensar sobre el significado de aquellas palabras de la Sagrada Escritura que nos dice: “hagamos al ser humano a nuestra imagen, como semejanza nuestra” (Gn 1,26). Es Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo quien ha creado al ser humano, como hombre y mujer, a imagen y semejanza suya, y a pesar de que Dios lo ha creado todo, de ningún otro ser sobre la tierra se dice que haya sido creado a imagen y semejanza suya sino solo del ser humano. Decíamos en la reflexión anterior que cada una y cada uno de nosotros hemos tenido un inicio porque hemos sido creados por Dios pero, a partir del momento en que fuimos creamos por El, comenzamos a ser inmortales, porque Dios nos ha creado a su imagen y semejanza. Por tanto, ninguna persona deja de existir por el hecho de morir. La muerte física no significa la destrucción total de nuestro ser sino, únicamente un cambio en cuanto al modo de existir y al lugar. Todo lo que ha sido creado por Dios ha tenido un principio, crece, muere, y deja de existir para siempre, menos el hombre y la mujer, entonces “¿quién es el ser humano? Muchas opiniones ha dado y da el hombre sobre sí mismo. La Iglesia, instruida por Dios puede ofrecernos una respuesta que nos haga conocer la verdadera condición del hombre, sus debilidades pero al mismo tiempo su dignidad y su vocación” (Constitución pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual, 12). La Iglesia nos dice que el ser humano, cada persona “es un misterio que solo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado” (Constitución pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual, 22); es decir que, el ser humano no puede comprender por sí mismo cuál es su origen, quien es él, y cuál es su destino último sino únicamente a la luz de Nuestro Senor Jesucristo, Dios y Hombre Verdadero. La Palabra de Dios nos dice: “¿Qué es el hombre para que de él te acuerdes, el hijo de Adán para que de él te cuides? Lo hiciste poco inferior a los ángeles, lo coronaste de gloria y dignidad, le diste el mando sobre las obras de tus manos, todo lo sometiste bajo sus pies” (Sal 8,5-7). A lo mejor usted podrá preguntarse: ¿y cuál es la razón de estas ideas? ¿qué importancia tienen para la vida? hermanos y hermanas, tenemos que comprender que todas las personas actuamos de acuerdo a lo que pensamos. Difícilmente una persona puede actuar como hijo, hija de Dios, si primero no ha entendido quién es él o ella en si mismo; ningún cristiano será capaz de vivir aspirando “a las cosas de arriba”(Col 3,2) si primero no ha comprendido de que todo en este mundo es pasajero; nadie estará dispuesto ha sacrificar absolutamente nada, y peor aún, su propia vida, si antes no ha entendido de que es preferible sacrificar esta vida, si es necesario, antes que perder la vida eterna. Entender estas verdades es una gracia de Dios, y lo por tanto, a El debemos de pedirle que nos ayude a comprenderlas.

1 comentario:

Martin Almirón Ariza dijo...

Saludos cordiales Pater desde mataró- barcelona -España,Bonito blog
Me gustaria que me escribiera un pequeño articulo para mi blog para poderlo colgar,soy catolico y mi famila.Espero su contestacion,GRácias y que Dios le aguarde por muchos años.

www.martin-almion.com

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