miércoles, 8 de diciembre de 2010

SOLEMNIDAD DE LA INMACULADA CONCEPCION DE MARIA

“He aquí la esclava del Señor hágase en mi según tu palabra”
Lc. 1,26-38.

Cada 8 de diciembre, la Iglesia celebra el dogma de fe que nos revela que, por la gracia de Dios, la Virgen María fue preservada del pecado desde el momento de su concepción, es decir desde el instante en que María comenzó la vida humana.
Este día causa mucha confusión, porque cae tan cerca de las navidades. La inmaculada concepción no se refiere a Jesucristo, sino a su Madre, María. Dios le dió a María, en el momento de su concepción, una gracia tan singular que fue preservada de todo pecado desde el momento de su concepción.
Dios le perdonó el pecado original, el pecado que tenemos todos al ser humanos. Nosotros recibimos éste pecado a consecuencia del pecado de Adán, pero a través del bautizo es perdonado. Sin embargo, a María, Dios le concedió la ausencia del pecado original. Dios le dió una gracia santificante.
Sabiendo que María sería la madre de Jesús, entendemos la necesidad de que fuera santa y llena de gracia. El Catecismo de la Iglesia Católica nos dice: “La gracia santificante es un don habitual, una disposición estable y sobrenatural que perfecciona al alma para hacerla capaz de vivir con Dios, de obrar por su amor” (CIC 2000).
Dios preparó a María para ser la madre de su Hijo. La gracia santificante la hizo pura y santa, para poder llevar este sacrificio a cabo. Veneramos a María porque ella aceptó el cargo de confiar en Dios y obedecerlo.
“La Virgen María realiza de la manera más perfecta la obediencia de la fe. En la fe, María acogió el anuncio y la promesa que le traía el ángel Gabriel, creyendo que ‘nada es imposible para Dios” (Lc 1,37; cf. Gn 18,14) y dando su asentimiento: “He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra’ (Lc 1,38). Isabel la saludó: “¡Dichosa la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor!” (Lc 1,45). Por esta fe todas las generaciones la proclamarán bienaventurada” (CIC 148).
Por esta razón miramos hacia María como ejemplo para nuestras vidas. Nos guía para entender a Jesuscristo—y hacer lo que El nos diga.
Esta fiesta tuvo su origen El 8 de diciembre de 1854, en su bula Ineffabilis Deus, el Papa Pío IX proclamó este dogma:
"...declaramos, proclamamos y definimos que la doctrina que sostiene que la beatísima Virgen María fue preservada inmune de toda mancha de la culpa original en el primer instante de su concepción por singular gracia y privilegio de Dios omnipotente, en atención a los méritos de Cristo Jesús Salvador del género humano, está revelada por Dios y debe ser por tanto firme y constantemente creída por todos los fieles..."
(Pío IX, Bula Ineffabilis Deus, 8 de diciembre de 1854)
María es la "llena de gracia", del griego "kecharitomene" que significa una particular abundancia de gracia, es un estado sobrenatural en el que el alma está unida con el mismo Dios. María como la Mujer esperada en el Protoevangelio (Gn. 3, 15) se mantiene en enemistad con la serpiente porque es llena de gracia.
Las devociones a la Inmaculada Virgen María son numerosas, y entre sus devotos destacan santos como San Francisco de Asís y San Agustín. Además la devoción a la Concepción Inmaculada de María fue llevada a toda la Iglesia de Occidente por el Papa Sixto IV, en 1483.
El camino para la definición dogmática de la Concepción Inmaculada de María fue trazado por el franciscano Duns Scotto. Se dice que al encontrarse frente a una estatua de la Virgen María hizo esta petición: "Dignare me laudare te: Virgo Sacrata" (Oh Virgen sacrosanta dadme las palabras propias para hablar bien de Ti).
Y luego el franciscano hizo estos cuestionamientos:
1. ¿A Dios le convenía que su Madre naciera sin mancha del pecado original? Sí, a Dios le convenía que su Madre naciera sin ninguna mancha. Esto es lo más honroso, para Él.
2. ¿Dios podía hacer que su Madre naciera sin mancha de pecado original?Sí, Dios lo puede todo, y por tanto podía hacer que su Madre naciera sin mancha: Inmaculada.
3. ¿Lo que a Dios le conviene hacer lo hace? ¿O no lo hace? Todos respondieron: Lo que a Dios le conviene hacer, lo que Dios ve que es mejor hacerlo, lo hace.
Entonces Scotto exclamó:
Luego
1. Para Dios era mejor que su Madre fuera Inmaculada: o sea sin mancha del pecado original.
2. Dios podía hacer que su Madre naciera Inmaculada: sin mancha
3. Por lo tanto: Dios hizo que María naciera sin mancha del pecado original. Porque Dios cuando sabe que algo es mejor hacerlo, lo hace.
La Virgen María es Inmaculada gracias a Cristo su hijo, puesto que Él iba a nacer de su seno es que Dios la hizo Inmaculada para que tenga un vientre puro donde encarnarse. Ahí se demuestra cómo Jesús es Salvador en la guarda de Dios con María y la omnipotencia del Padre se revela como la causa de este don. Así, María nunca se inclinó ante las concupiscencias y su grandeza demuestra que como ser humano era libre pero nunca ofendió a Dios y así no perdió la enorme gracia que Él le otorgó.
La Inmaculada Virgen María nos muestra la necesidad de tener un corazón puro para que el Señor Jesús pueda vivir en nuestro interior y de ahí naciese la Salvación. Y consagrarnos a ella nos lleva a que nuestra plegaria sea el medio por el cual se nos revele Jesucristo plenamente y nos lleve al camino por el cual seremos colmados por el Espíritu Santo.
(Tomado de aciprensa y rosaryarmi.com)


viernes, 3 de diciembre de 2010

II DOMINGO DE ADVIENTO

“Conviértanse porque el Reino de los cielos esta cerca!”
(Mt. 3,1-12)


Estamos celebrando el segundo domingo de Adviento, preparando nuestro corazón para celebrar la navidad, y en este domingo el evangelio nos hace una referencia al profeta que grita y predica la conversión y el cambio de vida, el profeta que con fuerza y valentía grita en el desierto preparen el camino al señor preparen sus senderos
El desierto en el que lanzaba su mensaje no era un desierto vacío o totalmente deshabitado, sino que era una parte del país no tan poblada como las demás. La labor de Juan era predicar el arrepentimiento. Su cometido era llamar a las personas a que se arrepintiesen de sus pecados.
El arrepentimiento es un pesar por haber hecho algo determinado.
La palabra griega que se usa para "arrepentirse" significa en español "cambiar de mentalidad". Juan les decía entonces: "cambien de mentalidad..." Juan sabia que el cambio de mentalidad provoca el cambio de conducta.
Muchos cristianos es que llamados por las exigencias del Evangelio, se sienten llamados a cambiar determinados aspectos de su comportamiento.
La vida cristiana es una invitación al cambio de interiores. Si cambias en tu interior todo lo que salga de ti será bueno. No es cambiar las cosas que hago anhelando en mi interior lo que realmente quiero. Es dejarse transformar desde dentro por el amor de Dios para que lo que sale de dentro sea más bueno y mejor, en otras palabras es convertirse cada día mas en una mejor persona, un mejor ciudadano.
Juan predicaba el arrepentimiento haciéndoles ver que "el reino de los cielos está cerca". Dios da a conocer el inicio de este reino por medio de Juan y su voz, es la voz que clama en el desierto, porque sus palabras resuenan en los corazones vacios y solitarios. Nunca había entendido lo que en realidad es el desierto hasta que este año tuve la oportunidad de esta en Israel y caminar sobre este desierto en Judá, el silencio aprisiona y la soledad enloquece, el desierto simboliza los corazones ásperos y moribundos. Es la voz de tu conciencia que grita en el desierto, de tu insensatez y doblez de vida.
Para que Cristo entre en la vida de una persona hacen faltas dos elementos esenciales. El primero es el arrepentimiento, el segundo es la humildad. La combinación de ambos sentimientos hacen que la persona pueda captar la distancia que hay de su corazón al de Cristo.
El profeta que predica, a experimentado esta conversión, por eso el evangelio nos expone que tipo de vida llevaba Juan vivía en " ayuno", lo que comía era muy poco y sus vestido ásperos, y de poca calidad, llevaba un estilo de vida hasta cierto punto inentendible. Nosotros, en cambio, nos preocupamos demasiado por el vestido y la comida, por la salud y por el futuro, por el pasado y por lo que intuimos que puede ocurrir.
Nos pasamos media vida temiendo lo que nos puede suceder y la otra media anhelando lo que nos gustaría vivir. Al final muchas personas se pasan la vida sin vivir...
Por aquella época tenían el convencimiento general que el reino de Dios estaba para aparecer. Por eso había personas que pensaban que Juan era el Cristo.
El bautismo de Juan era el rito o ceremonia mediante el cual admitía a los demás como discípulos. A través de este bautismo de agua les obligaba a emprender una vida santa.
El Bautista denuncia a los fariseos y saduceos que acudían a su bautismo, les llama "¡Raza de víboras!" Cristo les dio el mismo título. Juan es capaz de mostrar a los pecadores su verdadero estado, su pobre situación, y esto siempre molesta especialmente a quienes no se arrepienten y a quienes no son humildes.
Les llama a "demostrar con sus actos que están convertidos a Dios". Es decir, que muestren un sincero arrepentimiento. El arrepentimiento y la fe anidan y se aceptan en lo profundo del corazón humano, allí ha de estar la raíz. Pero no podemos dar buenos frutos si la raíz es mala. Fe ya arrepentimiento no tienen que ser solamente actos en nuestra vida sino más bien actitudes permanentes cada día de nuestra existencia.
Juan se considera indigno ante Cristo. Él sabe bien que su fuerza está en Cristo no en sí mismo. Todos los cristianos tenemos que preguntarnos con frecuencia si en esto también nos parecemos a Juan o si más bien vamos buscando galanterías, aunque estas sean espirituales, por parte de los demás.
Los verdaderos seguidores de Jesús están mezclados con los falsos discípulos. Es la mezcla del trigo y la paja.
Que el evangelio de este domingo nos haga reflexionar y hacer mejores seres humanos, hombres y mujeres que aprendamos a vivir en la gracia de Dios y que nuestras raíces se vuelvan cristocentricas y demos así frutos de vida y de gracia a todos los que entran en contacto con nosotros.
Amen

miércoles, 1 de diciembre de 2010

Peregrinación a Tierra Santa I

“Diez días de gracia y bendición en la tierra de Nuestro Señor”

Misa en la Iglesia donde Pedro convirtio a la fe al Centurion Cornelio

Con gran entusiasmo y emoción partimos el domingo 07 de noviembre después de celebrar la santa misa Dominical un grupo de veintisiete hermanos y amigos de la parroquia San Antonio de Padua, San Felipe, Lourdes y otras parroquias mas, íbamos con los corazones cargados de esperanza e ilusión por conocer las tierras donde Dios hizo hombre a su hijo, y por donde camino y obro todos los milagros que conocemos a través de los Sagrados Evangelios, los rostros de todos ocultaban la duda y el desconcierto por el viaje, que eran solamente casi doce horas en el avión; la gran pregunta de muchos – que nunca había viajado tanto tiempo en una nave de estas – era que haremos durante todo este tiempo, la respuesta no se dejo esperar, muchos solo se sentaron y comenzó la historia- dormir profundamente y no pararon hasta llegar a Tel Aviv, otros como buenos cristianos rezamos el rosario o leímos un poco, aunque no descarto que, nos dormimos un rato para despejar el estrés del vuelo, que por momentos se torno un tanto desesperante.
Eran casi las cuatro de la tarde cuando aterrizamos en el aeropuerto de Tel Aviv, el mar y el desierto eran mudos testigos de la llegada de nuestro avión, cargado de peregrinos que con ilusión visitábamos en su mayoría por primera vez la tierra que recibió a Jesús el hijo de Dios hace más de dos mil años.

Despues de renovar las promesas bautismales en el afluente donde nace el Rio Jordan


Fue impresionante para mí ver en los rostros de todos, el deseo de vivir una experiencia de fe, y sobre todo de renovarse espiritualmente en este recorrido que estábamos a punto de iniciar.
En lo particular ha sido la gran experiencia de mi vida estar allá y sentir el espíritu de Dios cuando se camina por cada uno de esos lugares sagrados, que tristemente hasta el día de hoy están habitados en su mayoría por musulmanes y judíos, que no les interesa saber nada a cerca de Nuestro Señor Jesucristo, mas sin embargo ese pequeño traspiés no impide que tantos peregrinos vayamos con gran alegría, entusiasmo y sobre todo con mucha fe, a vivir con pasión estos momentos.
Tierra Santa, es una “urbe” donde todas las naciones se reúnen con un solo objetivo, experimentar y vivir el acontecimiento más grande vivido en la historia, la encarnación de nuestro Señor, ahora puedo entender cada uno de los pasajes del nuevo testamento, cuando habla de la pluralidad cultural que se vivía en aquel entonces, especialmente en el día de pentecostés, donde afirma que había, Partos, Medos y Elamitas… Mesopotamia, Judea, Capadocia, en el Ponto y en Asia, en Frigia o en Panfilia, en Egipto o en la zona de Libia que limita con Cirene; algunos somos forasteros de Roma, otros judíos o prosélitos; también hay cretenses y árabes” (Hech.2,11-12).


En la entrada de la Iglesia en el Monte Tabor lugar de la Transfiguracion de nuestro Señor Jesucristo

Estando en Israel, ciertamente doy fe que ese pentecostés aun no a terminado y sigue siendo vivo y manifestándose de forma palpable y continua, digo esto porque, es impresionante ver tantas gentes de tantas y variadas nacionalidades, hablando en sus propias lenguas y en sus propios dialectos, pero con un solo objetivo en común, recorrer los pasos de Jesús, nuestro Salvador.
Cada día celebrábamos la Santa Misa, y cuando llegábamos al lugar donde se celebraría, el encargado siempre preguntaba, en que lengua quiere celebrar la Santa Misa, y en más de una ocasión pregunte, entre que lenguas puedo escoger y recuerdo que la religiosa – de origen polaco – me dijo: tenemos disponible para dieciséis lenguas distintas, me quede impresionado, dieciséis lenguas, y me dijo si, porque el evangelio está escrito en todas las lenguas existentes en el mundo, y aquí es el centro de donde todo inicio.
Recuerdo que cuando llegamos a Galilea, a Cafarnaúm para ser exactos, me vino a la mente una expresión, “Estoy en el lugar donde todo inicio” y ciertamente era así, mis pies estaba parados en el lugar donde Dios inicio toda nuestra historia de Salvación, en el lugar donde Dios hizo hombre a su hijo, el lugar donde ocurrieron los milagros que mostraron la gloria del hijo de Dios.
Termino este primer artículo del viaje, afirmando que Dios verdaderamente estuvo grande con nosotros en este viaje, y sentimos su presencia al caminar con nosotros en estos diez días que estuvimos allá en Israel, la tierra bendecida, la tierra que mana leche y miel.

domingo, 21 de noviembre de 2010

SOLEMNIDAD DE JESUCRISTO REY DEL UNIVERSO

“Hoy mismo estarás con migo en el paraíso”
Lc. 23,35-43
Rev. Alexander Díaz


Celebramos hoy en toda la iglesia universal, la Solemnidad de Jesucristo Rey del Universo, con esta Solemnidad terminamos el año litúrgico, e iniciamos uno Nuevo, el próximo domingo será el primer domingo de adviento.

En nuestro breve relato de hoy se condensa de manera especial toda la realidad de los seres humanos. Del desprecio a la súplica, de la burla al insulto, de la justicia a la misericordia. Todo encuentra cabida en las líneas de este último Evangelio del año litúrgico.

En el evangelio de hoy hay momento de desafío a Jesús: "Salvó a otros; ¡que se salve a sí mismo ahora, si de veras es el Mesías de Dios y su escogido!" Llegado el momento del dolor y de la muerte, la gente y las autoridades piden la última prueba: que se salve a sí mismo.
Muchas veces también nosotros ponemos a Dios en este reto. ¿No hemos seguido a Dios? ¿No hemos creído en Él? ¿Por qué tarda tanto en solucionarnos los problemas...? Ante la prueba en nuestras vidas Dios parece que muchas veces calla y no actúa. En algunas ocasiones somos como aquella gente y aquellas autoridades.

La enseñanza de Dios es que tenemos que pasar por las pruebas para ahondar en la confianza en Él. Creer en el Dios que no se quiere salvar del suplicio de la cruz es por lo menos una provocación a nuestra razón y a nuestra comodidad. Tardamos en comprender que la salvación no es librarse del suplicio. La salvación es unirnos a Él incluso en la tortura y la muerte.
Los soldados no solo se burlan de él sino que también le retan. La cuestión es la misma que la anterior: "¡Si eres el Rey de los judíos, sálvate a ti mismo." Si los primeros buscaban la respuesta a la mesianidad de Cristo, éstos buscan la respuesta desde su realeza.

Un rey es poderoso, tiene ejércitos que no le abandonan en los momentos más duros. ¿Qué rey puede dejarse matar? ¿Acaso no es el rey quien dicta sentencias de muerte? ¿No es el rey quien condenaba? Ni en la cabeza ni el corazón de aquellos soldados entraba tal extraña realeza.

Cuando pronunciamos el "Venga a nosotros tu reino..." quizá no calibramos el alcance de lo que decimos. La realeza de Jesús es la de la misericordia y de la compasión. Buscamos en cambio la eficacia más que la contemplación de su reino.

Uno de los ladrones que estaba con él junto a la cruz, que estaba colgado a su lado, hace una última acusación incluso en el momento de la agonía afirmando: "¡Si eres el Mesías, sálvate a ti mismo y sálvanos a nosotros!"

Tres afirmaciones con trasfondos bien distintos:
- La gente y las autoridades cuestionan a Jesús sobre su divinidad.
- Los soldados le cuestionan sobre su poder.
- Los bandidos lo hacen desde un punto de vista mucho más práctico: la salvación no individual sino también la de ellos.
Tres actitudes que se dan con mucha frecuencia en nuestros ambientes:
¿Si Dios existe por qué hay tanto mal en el mundo?
¿Si Dios tiene poder por qué permite las guerras, las miserias, el hambre...?
¿Si Dios me quiere por qué no me saca de este apuro en el que estoy?

La respuesta la da un cuarto personaje que está en el mismo suplicio que Jesús. Es el que llamamos "el buen ladrón". Este hombre recuerda a su compañero que Jesús no ha hecho nada malo y lanza una súplica al Maestro: "Jesús, acuérdate de mí cuando comiences a reinar."
Es la única frase llena de ternura que escuchamos en el Evangelio de hoy. Sólo Jesús supera con compasión la petición angustiada de aquel hombre.

La actitud de los dos malhechores refleja la postura de la humanidad entera ante la prueba y la muerte: La de uno es la rebeldía ante Dios; la del otro es la petición serena y confiada en el Señor. Todos los seres humanos somos uno u otro. ¿Cuál eres tú?

Termina el Evangelio con una promesa: "Te aseguro que hoy estarás conmigo en el paraíso."
Dice el Génesis que el primer ser humano perdió el paraíso por el pecado. Hoy un pecador entra de nuevo en el paraíso. Se cierra así el ciclo de dolor y de muerte que el ser humano había inaugurado. Empieza el reinado de Cristo con la obediencia y la comprensión de aquel malhechor compañero de suplicio de Jesús. Todo comenzó cuando le reconoció como rey.

Pedimos al Señor que venga a nosotros su reino pero muchas veces queremos estar en nuestras pequeñas repúblicas, en las repúblicas de mi "yo". Necesitamos descubrir la realeza de Jesús en nuestras vidas no como un nuevo desafío que le hacen aquellos que están a los pies de la cruz, sino como aquél buen ladrón que quiere que su vida sea recordada por Él en el reino de la eternidad.

Nunca he ocultado mis simpatías por ese buen pecador. Su vida probablemente no fue ejemplar, su muerte sí. En él quiero fijarme para con su misma actitud decirle una y otra vez al buen Jesús: "Señor, no te olvides de mí ahora que estás en tu reino..." qué bueno sería que a la hora de nuestra muerte, tuviéramos la bendición que tuvo este hombre, de morir junto al rey de reyes, y poder tener la libertad de repetir esas palabras…

Siempre he pensado que la humanidad tendrá la solución a todos sus problemas cuando realmente acepte a Jesús como rey y se someta a su amor y misericordia, mientras no lo hagamos, nunca encontraremos las respuestas a tantas interrogantes que no nos dejan vivir en paz… Amen

viernes, 5 de noviembre de 2010

DOMINGO XXXII DEL TIEMPO ORDINARIO

"¡Dios no es Dios de muertos, sino de vivos, pues para Él todos están vivos!"
Lc. 20,27-38

En nuestros países en Latinoamérica el segundo día de este mes celebramos el día de los difuntos y me viene a la mente esta fiesta que con tanta algarabía celebramos. Pero el Evangelio de hoy nos declara muy tajantemente que "Dios es un Dios no de muertos, sino de vivos..."

Jesús nos dijo: "Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia..." Es tal la grandeza de la Vida que el Señor nos trae que nos sirve para esta vida y para la otra. Sí; para la otra...

Resulta que muchas personas que dicen tener mucha fe, creer en Dios, y todas las demás cosas propias de los cristianos, dicen tener miedo a la muerte y, si le recuerdas la otra vida, te dirá que eso nadie lo sabe, que nadie ha vuelto...
Se acercan a Jesús un grupo de saduceos que negaban la resurrección de los muertos. Se acercan con una pregunta con doble intención. Ya saben ustedes que las personas que están predispuestas a negar las verdades religiosas, en muchas ocasiones, tratan de ridiculizarlas. Así hicieron nuestros amigos saduceos.

Citan a Jesús la "Ley del levirato" (Dt 25, 5-10) y le ponen un ejemplo práctico para la aplicación de esta ley. Siete veces quedó viuda una mujer.
En la otra vida ¿Quién será su verdadero esposo... ¿el primero? ¿el quinto...? El Maestro les contesta que la condición de los hijos de Dios en el cielo, después de la resurrección, será muy diferente de la condición que tenemos en este mundo.

Un dia en uno de las visitas a los salones de clase me puse a hablar con un niño de siete años surgió el tema de la muerte. El muchachito conocía la palabra y más o menos hablaba con soltura de tal asunto. Me dio entonces por preguntarle:
- ¿Tú sabes qué es la muerte?
Y me contestó que no. Que le había preguntado a su hermano mayor —sólo unos pocos años más que él— pero le dijo que no se lo iba a decir porque iba a tener pesadillas por las noches...
Algo parecido pasa con muchas personas mayores de siete años... La muerte la conocen porque la ven en otros, pero sigue siendo una pregunta sin respuesta... quizá por miedo a tener pesadillas por la noche...

Hay muchas personas que esperan en la otra vida como desesperación en esta que ahora viven. Anhelan la otra porque la de aquí no les satisface. Se olvidan que ya el cielo (el estar con Dios) ya comienza aquí, ahora. Sólo tenemos que esperar después de la muerte que sea eterno. No hay que ambicionar la vida eterna cuando la vida caduca se vive lejos de Dios...
En la vida eterna ya no se morirá por eso no hace falta la reproducción. Donde no hay muerte, no se necesita sucesión. Allí los seres humanos serán "como ángeles". No dice que serán ángeles, pues el cuerpo resucitado y glorioso no dejará de ser cuerpo, mientras que los ángeles son espíritus incorpóreos.

Tendremos un "cuerpo espiritual". No significa que el cuerpo se convierta en espíritu, sino que será totalmente gobernado y movido por el Espíritu. Los cristianos tenemos un convencimiento profundo: Existe otra vida después de ésta. Pero sería absurdo explicar aquella realidad con los elementos de nuestra vida presente. Tenemos que entrar en la terminología de Dios para ver y entender estas realidades espirituales.

Es una pena que nuestras Iglesias se llenen para los funerales, muchas veces como compromiso social y otras para agarrarse a algo. Nuestros templos, en cambio, se quedan medio vacíos cuando celebramos la Resurrección. No es fácil hablar de estos temas cuando no se tiene en el corazón la seguridad de la presencia de quien nos espera más allá de la frontera del dolor de la separación.

Toda la existencia de Jesús estuvo llena de Vida. Su nacimiento y milagros, sus Palabras y acciones, sus intenciones y deseos, todo respiraba vida. Hoy nuestra fe en Él tiene que revitalizarse y eso lo podemos y tenemos que hacer desde el Espíritu que da Vida y Vida abundante.

Tenemos necesidad de encontrarnos con Cristo en el camino de esta vida para que cuando estemos en su presencia en la otra no nos resulte un desconocido. El infierno comienza cuando en esta vida estamos ante la presencia de Dios y no le reconocemos por nuestra humana mediocridad. Sólo la fuerza de la fe, el impacto de la Palabra y el fruto de las obras del Espíritu serán capaces de irnos revelando quién está detrás de todos los misterios.
Nuestro "yo" profundo que llamamos "alma", ya desde el momento de la muerte, va a reunirse con Cristo en una vida glorificada y feliz. Tal es nuestra condición de peregrinos en la Tierra. Los frutos del Espíritu: amor, gozo, paz, paciencia, afabilidad, bondad... nos irán mostrando el camino para ese encuentro gozoso con el Señor. Los sacramentos serán auxiliares imprescindibles en el caminar junto a Jesús.

Mientras tanto, siguen resonando en mi interior las palabras que Jesús dirigió a un colega mío: "Hoy estarás conmigo en el Paraíso". Toda mi vida he intentado mantener ese "Hoy" en la presencia de Jesús. Cuando llegue ese encuentro definitivo no quiero que Dios me encuentre en el ayer de mi vida. Sólo hoy, en este día que estoy viviendo, sé que puedo ser feliz con mi Señor. La eternidad me espera y yo la espero en el Señor.

lunes, 1 de noviembre de 2010

SOLEMNIDAD DE TODOS LOS SANTOS


"Vengan benditos de mi Padre y reciban en herencia el Reino que les fue preparado desde el comienzo del mundo"
Mt 25, 31-36

Cada primero de Noviembre celebramos en toda la iglesia universal la solemnidad de todos los Santos, es un día en el cual recordamos el triunfo de todos aquellos cristianos que entendieron a plenitud el Evangelio y lo aplicaron a su vida, vivieron una vida cristiana en perfección y ahora están gozando por siempre de la gloria de Dios. Son hombres y mujeres que están ahora con Dios.

Porque se dice de todos los santos? ¿Es que acaso no cada Santo tiene su propia celebración individual? La iglesia ha declarado Santos a algunos, me atrevo a decir a los más reconocidos, a los que hicieron su santidad más visible, y los ha puesto como modelos, para los que aun vivimos, pero hay un gran número de hombres y mujeres que son santos, pero que lo hicieron de forma callada en la sencillez de su vida, hombres y mujeres que no hicieron públicas sus acciones, pero que vivieron de acuerdo a la voluntad de Dios y de su evangelio.
Son los santos no canonizados, pero que ya están gozando de Dios en el cielo. A ellos especialmente está dedicada esta fiesta de hoy. Yo quiero mencionar a algunos por sus títulos, que quizás parezca un tanto raro decir sus oficios pero creo que así es y se hicieron santos viviendo con alegría y pasión sus oficios respectivos ellos son:

San Chofer de bus y Santa Lavandera de ropa. San Mensajero y Santa Secretaria. Santa Madre de familia y San Gerente de Empresa. San Obrero de construcción y San Agricultor. San Colegial y Santa Estudiante. Santa Viuda, Santa Solterona, Santa Niña y Santa Anciana. San Sacerdote, San Obispo, San Pontífice, San Limosnero, San militar , Santa Cocinera, San Millonario, y muchos más que amaron a Dios y cumplieron sus deberes de cada día.
La Sagrada Escritura afirma que al Cordero de Dios lo sigue una multitud incontable.

La Iglesia nos manda echar en este día una mirada al cielo, que es nuestra futura patria, para ver allí con San Juan, a esa turba magna, a esa muchedumbre incontable de Santos, figurada en esas series de 12,000 inscritos en el Libro de la Vida, - con el cual se indica un número incalculable y perfecto, - y procedentes de Israel y de toda nación, pueblo y lengua, los cuales revestidos de blancas túnicas y con palmas en las manos, alaban sin cesar al Cordero sin defecto. Cristo, la Virgen, los nueve coros de ángeles, los Apóstoles y Profetas, los Mártires con su propia sangre purpurados, los Confesores, radiantes con sus blancos vestidos, y los castos coros de Vírgenes forman ese majestuoso cortejo, integrado por todos cuantos acá en la tierra se desasieron de los bienes materiales y fueron mansos, mortificados, justicieros, misericordiosos, puros, pacíficos y perseguidos por Cristo.
Entre esos millones de Justos a quienes hoy honramos y que fueron sencillos fieles de Jesús en la tierra, están muchos de los nuestros, parientes, amigos, miembros de nuestra familia parroquial, a los cuales van hoy dirigidos nuestros cultos. Ellos adoran ya al Rey de reyes y Corona de todos los Santos y seguramente nos alcanzarán abundantes misericordias de lo alto.

Esta fiesta común ha de ser también la nuestra algún día, ya que por desgracia son muy contados los que tienen grandes ambiciones de ser santos, y de amontonar muchos tesoros en el cielo. Alegrémonos, pues, en el Señor, y al considerarnos todavía bogando en el mar revuelto, tendamos los brazos, llamemos a voces a los que vemos gozar ya de la tranquilidad del puerto, sin exposición a mareos ni tempestades. Ellos sabrán compadecerse de nosotros, habiendo pasado por harto más recias luchas y penalidades que las nuestras. Muy necios seríamos si pretendiéramos subir al cielo por otro camino que el que nos dejó allanado Cristo Jesús y sus Santos.

"Quienes son Los Santos"
La Sagrada Biblia llama "Santo" a aquello que está consagrado a Dios. La Iglesia Católica ha llamado "santos" a aquellos que se han dedicado a tratar de que su propia vida le sea lo más agradable posible a Nuestro Señor.

Hay unos que han sido "canonizados", o sea declarados oficialmente santos por el Sumo Pontífice, porque por su intercesión se han conseguido admirables milagros, y porque después de haber examinado minuciosamente sus escritos y de haber hecho una cuidadosa investigación e interrogatorio a los testigos que lo acompañaron en su vida, se ha llegado a la conclusión de que practicaron las virtudes en grado heroico.

Para ser declarado "Santo" por la Iglesia Católica se necesita toda una serie de trámites rigurosos. Primero una exhaustiva averiguación con personas que lo conocieron, para saber si en verdad su vida fue ejemplar y virtuosa. Si se logra comprobar por el testimonio de muchos que su comportamiento fue ejemplar, se le declara "Siervo de Dios". Si por detalladas averiguaciones se llega a la conclusión de que sus virtudes, fueron heroicas, se le declara "Venerable". Más tarde, si por su intercesión se consigue algún milagro totalmente inexplicable por medios humanos, es declarado "Beato". Finalmente si se consigue un nuevo y maravillosos milagro por haber pedido su intercesión, el Papa lo declara "santo".

Para algunos santos este procedimiento de su canonización ha sido rapidísimo, como por ejemplo para San Francisco de Asís y San Antonio, que sólo duró 2 años. Poquísimos otros han sido declarados santos seis años después de su muerte, o a los 15 o 20 años. Para la inmensa mayoría, los trámites para su beatificación y canonización duran 30, 40,50 y hasta cien años o más. Después de 20 o 30 años de averiguaciones, la mayor o menor rapidez para la beatificación o canonización, depende de que obtenga más o menos pronto los milagros requeridos.

Los santos "canonizados" oficialmente por la Iglesia Católica son varios millares. Pero existe una inmensa cantidad de santos no canonizados, pero que ya están gozando de Dios en el cielo. A ellos especialmente está dedicada esta fiesta de hoy.

viernes, 29 de octubre de 2010

DOMINGO XXXI DEL TIEMPO ORDINARIO

"El Hijo del Hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido."
Lc. 19, 1-10


Me gustaron estas palabras que un sacerdote español dice en su reflexión sobre este evangelio de este domingo el inicia diciendo que: “La conversión siempre empieza por el bolsillo... Esta afirmación puede dejar perplejo a más de uno. El bolsillo representa el lugar seguro donde guardamos lo que creemos valioso. Tenemos muchos bolsillos: el del dinero, el de las ideologías, el de las ideas... En cada uno de ellos guardamos objetos, opciones y opiniones que nos proporcionan seguridad. La conversión es orientar todos nuestros bolsillos hacia los valores de Jesús.

Zaqueo era un hombre rico y no bien mirado por sus conocidos. Era cobrador de impuestos y ya sólo eso significaba un fuerte distanciamiento con las personas de su época. Nos dice el Evangelio que nuestro hombre "quería conocer a Jesús, pero no conseguía verle". Buen deseo de aquel hombre que nos sirve para reflexionar a los cristianos de esta época.

¿Hay necesidad de Jesús en nuestro mundo? ¿Quiere la gente conocer al Salvador? Estoy convencido de que sí. Quizá no de una manera explícita pero sí a través de los distintos "árboles" donde la gente se sube para poder ver una posible solución a su vida.

La humanidad entera necesita ser reconstruida. Esto lo podemos ver por las realidades sociales que no hacen felices a los seres humanos. Hemos aumentado en progreso técnico pero no en el desarrollo moral y humanizante. Algo pasa y muchas veces la gente no sabe describir exactamente qué es, pero sí que es algo que no les da la felicidad deseada.

Zaqueo representa a una parte de la humanidad. Él es rico, tiene un buen trabajo y una buena posición, pero nota que su vida necesita de algo más. Nunca llegaremos a saber por qué aquel hombre rico quería conocer a Jesús.¿Qué necesidades tenía el rico de lo que Jesús le podía ofrecer? Creo que nuestro cobrador de impuestos no era feliz.

Se subió a un árbol para ver a Jesús. El árbol ha estado presente en el comienzo de nuestra fe cuando desde el temprano Génesis nos habla del "del árbol del bien y del mal..." Pero también en el primer final de Jesús donde se convirtió en el "árbol donde estuvo clavada la salvación del mundo..." Entre uno y otro momento aparecen otras plantas arbóreas que sirvieron para otros fines y ejemplos: para ser replantadas en suelo más productivo, para dar mejor fruto, para servir como instrumento de suicidio y de muerte... El árbol al que subió Zaqueo está entre el paraíso terrenal y la cruz de Cristo.

El árbol es uno de los objetos más cargados de simbología en el mundo de las religiones y de las expresiones con significado. En todas las culturas aparece una y otra vez para simbolizar muchísimas realidades que tienen relación con los seres humanos. El árbol simboliza la evolución vital, de la materia al espíritu, de la razón al alma santificada; todo crecimiento físico, cíclico o continuo; significa también la maduración psicológica; el sacrificio y la muerte, pero también el renacimiento y la inmortalidad. No es extraño por tanto que el autor haga referencia al árbol donde subió Zaqueo. Fue esta realidad la que hizo posible ver a Jesús. El Señor no estaba lejos de aquellas inquietudes interiores y por eso se dirige a él invitándose a su casa.

Dice que "bajó aprisa y con alegría recibió a Jesús". Esta vez no es ni un mendigo ni un enfermo ni un leproso quien va en busca de Jesús. Es un rico. No le gritaba ni le pedía nada concreto. Fue Jesús quien se fijó en él: el corazón de muchas personas es muchas veces tocado por Jesús sin que pidamos nada.

La alegría es la característica con la que recibió a Jesús. Muchas veces me ha ocurrido que cuando voy a alguna parroquia a celebrar la Misa, el canto de entrada dice: "¡Qué alegría cuando me dijeron: vamos a la casa del Señor..." pero si quieren que les diga la verdad, tan bonito salmo es cantado mas bien como un cántico funerario que como una expresión de gozo. Cuando llego al altar y termina la triste interpretación siempre les digo: "por favor... no estén tan alegres..."
¿Qué descubrió Zaqueo para que la alegría fuese su compañera en el encuentro con Jesús?
La conversión queda después del encuentro más que desvelada. Se produjo un cambio interior. Vació todos los bolsillos de su vida ante el Maestro. En un momento se dio la triple conversión del alma:
-Reconoció a Dios: Supo que su auténtico Señor era sólo Jesús y ante Él expuso cómo iba a ser de ahora en adelante su vida.
-Reconoció su propia realidad: Vio cara a cara la realidad de su existencia. Era rico pero era realmente un pobre porque no era feliz.
-Reconoció a los demás: Quien se convierte a Cristo ve en los demás una oportunidad de acercarse a Dios. Amar al prójimo, en especial al más débil y necesitado, es un signo de sincera conversión. Mientras la gente le criticaba por pecador, él pensaba en repartir lo que tenía con ellos. Su vida cambiaba porque su relación con los demás le hacía descubrir nuevos caminos de solidaridad para con los más pobres.
Los demás miraban a nuestro Zaqueo como un pecador, Jesús le miraba como una persona. La alegría del rico fue la de agradecerle al Señor que le diese un trato humano y de misericordia.
En otras partes de los Evangelios aparecen otros ricos como el joven que se marchó triste porque amaba las riquezas más que la conversión. Zaqueo sigue siendo rico pero ahora en el encuentro con el Señor ha sido salvado. Supo poner las riquezas exteriores en su sitio para dejar paso a las riquezas del interior. Creció en la solidaridad y en la justicia social. Se dio cuenta que convertirse es descubrirse ante Dios, ante uno mismo y ante los más pobres y débiles de nuestro mundo. Lo novedoso de la Palabra de hoy es que este rico se hizo pobre para hacerse rico. Lo dicho: la salvación empieza por el bolsillo...

viernes, 15 de octubre de 2010

DOMINGO XIX DEL TIEMPO ORDINARIO

“Cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará fe sobre la tierra?".
Lc. 18,1-8.

Hoy el Evangelio nos propone la parábola del juez inicuo, llamada también de la viuda importuna. Jesús estaba indicando a los suyos la importancia de orar sin desfallecer y les propone la parábola citada.

Lógicamente las preguntas saltan inmediatamente en nuestro corazón y en nuestra mente. ¿Acaso no hemos visto personas que ante la muerte de un ser querido gritaban con desesperación que le habían pedido a Dios con mucha fe que sanara a su familiar...? ¿Acaso no hemos oído maldecir a Dios por no conceder lo que con tanta necesidad se le pedía...?
¿Acaso no es en las peticiones no concedidas donde más personas encuentran un motivo para alejarse de Dios...? Pero Jesús insiste que tenemos que orar sin desfallecer...

Para unas personas, Dios ha creado el mundo, pero luego se ha desentendido de Él. Para otros, absolutamente todo, hasta en las cosas más insignificantes de la existencia, Dios está actuando... Como siempre tenemos que buscar el nivel necesario para descubrir la actuación de Dios en el mundo respetando la autonomía de la naturaleza y la libertad de las personas.

La oración no es para el cristiano algo accesorio o de simple conveniencia. Es algo imprescindible para entender la vida y lo que en ella nos pasa. Todos tenemos un diálogo interior con nosotros mismos. Estamos durante el día pensando y analizando nuestras vivencias interiores. En el cristiano ese diálogo personal interno queda iluminado por la presencia viva de Jesús. Ya el cristiano no dialoga individualmente consigo mismo sino que en su mente y en su corazón siente la cercanía de Dios acompañante y hacedor del camino.

Muchos cristianos se mueven en un intimismo estéril. Piensan que una cosa es Dios al que deben albergar en su corazón, pero que no resiste el aire de la vida cuando sale al encuentro con los demás. Estos hermanos y hermanas viven lejos de la realidad. Su predicación del Evangelio es estéril porque lo que plantea y lo que vive lo hace desde la trinchera oculta para que nadie le "robe" a Dios en su corazón. Se olvidan estos amigos y amigas que Dios no tiene miedo a salir a la ventolera del mundo, es más, necesita respirar nuestro aire porque Dios se hizo hombre... Son raíces sin obras.

Otros hermanos se mueven en el universo contrario. El compromiso por el Evangelio no les deja tiempo para entrar dentro de sí y preparar al Señor una morada digna. Una morada que pasa por la sensatez, la fe, la esperanza y el amor... Están todo el día entregados a los pobres y a los necesitados, pero huyen del diálogo interior consigo mismo y con Cristo. Su Evangelio está a medias. Son obras sin raíces...

El Señor nos llama a orar siempre porque bien sabe que necesitamos raíces con obras. Hacer presente a Jesús en el mundo significa equilibrar estos dos aspectos que tanto hacen sufrir cuando van por separados. Centrar nuestra vida en Cristo es la tarea de toda nuestra existencia, pero centrarla no para guardar su presencia sino para que dé fruto abundante.
¿Por qué debemos orar incluso si no percibimos los resultados de nuestras peticiones? En el mundo que vivimos, donde tanto se premia la prontitud y la eficacia, se nos invita a entrar en otra dinámica totalmente nueva. Tenemos que entrar en el ritmo de Dios.

Puede ser que estés necesitando hoy más que nunca de su presencia. Es probable que pienses que el Señor te falla... Cuando vivimos pegados al Señor salimos al mundo sin miedo porque el Espíritu Santo actúa en nosotros. Dice la Escritura que donde hay amor no hay miedo. Tenemos que orar con amor hacia Dios y hacia los demás. Muchas de las oraciones que hacemos están llenas de abatimiento, de tristeza, de amarguras, de mil infelicidades. Podemos rezar desde esas situaciones pero no con esas actitudes. Si en plena batalla somos capaces de orar al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo desde el amor, siempre encontraremos respuestas, quizá no la que deseamos, pero ten la seguridad que cuando oramos con amor Dios nunca se queda mudo.

El ser humano actual está perdiendo la escucha y el diálogo interior, es por ello que cada vez el vacío se hace más presente en muchas personas. Vivimos en una sociedad de sordomudos del interior.
La Palabra, la oración y los sacramentos son los medios que Dios nos ha dado para mantener un constante diálogo con Él y con el mundo, de una manera muy especial con los más pobres y necesitados. Cuando vivimos estas tres dimensiones: Palabra-oración-sacramentos, Dios nunca quedará arrinconado en la caja fuerte de nuestro corazón para que nadie nos lo quite. Jesús quiere repartirse a todos y para todos, de ahí que nos dejó su Palabra, su vida, su cuerpo que se da por toda la eternidad. El que de verdad intenta seguir a Cristo tiene que tener un corazón lo suficientemente grande para que en él quepa toda la humanidad, y una vida lo suficientemente sintonizada con Dios para que a través de lo que hace se abra una ventana del cielo para que las personas descubran a Cristo. Hoy diríamos que el amor de Dios es interactivo, nunca algo individualizado. El sagrario de Cristo es el mundo y por eso en cada uno de nuestros templos se ha quedado como Palabra que hable y cuerpo que da vida...
Tenemos que confiar en los plazos de Dios.

Cuando rezamos el Padrenuestro decimos "Hágase tu voluntad en la tierra y en el cielo" no podemos olvidarnos de estas dos dimensiones donde Dios actúa siempre para nuestro bien aunque en un determinado momento creamos que no es así.

lunes, 11 de octubre de 2010

BEATO JUAN XXIII (1881-1963)

Hoy 11 de octubre,
Celebramos la Fiesta del Beato Juan XXIII

Textos de L'Osservatore Romano

Nació en el seno de una familia numerosa campesina, de profunda raigambre cristiana. Pronto ingresó en el Seminario, donde profesó la Regla de la Orden franciscana seglar. Ordenado sacerdote, trabajó en su diócesis hasta que, en 1921, se puso al servicio de la Santa Sede. En 1958 fue elegido Papa, y sus cualidades humanas y cristianas le valieron el nombre de "papa bueno". Juan Pablo II lo beatificó el año 2000 y estableció que su fiesta se celebre el 11 de octubre.

Nació el día 25 de noviembre de 1881 en Sotto il Monte, diócesis y provincia de Bérgamo (Italia). Ese mismo día fue bautizado, con el nombre de Ángelo Giuseppe. Fue el cuarto de trece hermanos. Su familia vivía del trabajo del campo. La vida de la familia Roncalli era de tipo patriarcal. A su tío Zaverio, padrino de bautismo, atribuirá él mismo su primera y fundamental formación religiosa. El clima religioso de la familia y la fervorosa vida parroquial, fueron la primera y fundamental escuela de vida cristiana, que marcó la fisonomía espiritual de Ángelo Roncalli.

Recibió la confirmación y la primera comunión en 1889 y, en 1892, ingresó en el seminario de Bérgamo, donde estudió hasta el segundo año de teología. Allí empezó a redactar sus apuntes espirituales, que escribiría hasta el fin de sus días y que han sido recogidos en el «Diario del alma». El 1 de marzo de 1896 el director espiritual del seminario de Bérgamo lo admitió en la Orden franciscana seglar, cuya Regla profesó el 23 de mayo de 1897.

De 1901 a 1905 fue alumno del Pontificio seminario romano, gracias a una beca de la diócesis de Bérgamo. En este tiempo hizo, además, un año de servicio militar. Fue ordenado sacerdote el 10 de agosto de 1904, en Roma. En 1905 fue nombrado secretario del nuevo obispo de Bérgamo, Mons. Giácomo María Radini Tedeschi. Desempeñó este cargo hasta 1914, acompañando al obispo en las visitas pastorales y colaborando en múltiples iniciativas apostólicas: sínodo, redacción del boletín diocesano, peregrinaciones, obras sociales. A la vez era profesor de historia, patrología y apologética en el seminario, asistente de la Acción católica femenina, colaborador en el diario católico de Bérgamo y predicador muy solicitado por su elocuencia elegante, profunda y eficaz.

En aquellos años, además, ahondó en el estudio de tres grandes pastores: san Carlos Borromeo (de quien publicó las Actas de la visita apostólica realizada a la diócesis de Bérgamo en 1575), san Francisco de Sales y el entonces beato Gregorio Barbarigo. Tras la muerte de Mons. Radini Tedeschi, en 1914, don Ángelo prosiguió su ministerio sacerdotal dedicado a la docencia en el seminario y al apostolado, sobre todo entre los miembros de las asociaciones católicas.

En 1915, cuando Italia entró en guerra, fue llamado como sargento sanitario y nombrado capellán militar de los soldados heridos que regresaban del frente. Al final de la guerra abrió la «Casa del estudiante» y trabajó en la pastoral de estudiantes. En 1919 fue nombrado director espiritual del seminario.

En 1921 empezó la segunda parte de la vida de don Ángelo Roncalli, dedicada al servicio de la Santa Sede. Llamado a Roma por Benedicto XV como presidente para Italia del Consejo central de las Obras pontificias para la Propagación de la fe, recorrió muchas diócesis de Italia organizando círculos de misiones. En 1925 Pío XI lo nombró visitador apostólico para Bulgaria y lo elevó al episcopado asignándole la sede titular de Areópoli. Su lema episcopal, programa que lo acompañó durante toda la vida, era: «Obediencia y paz».

Tras su consagración episcopal, que tuvo lugar el 19 de marzo de 1925 en Roma, inició su ministerio en Bulgaria, donde permaneció hasta 1935. Visitó las comunidades católicas y cultivó relaciones respetuosas con las demás comunidades cristianas. Actuó con gran solicitud y caridad, aliviando los sufrimientos causados por el terremoto de 1928. Sobrellevó en silencio las incomprensiones y dificultades de un ministerio marcado por la táctica pastoral de pequeños pasos. Afianzó su confianza en Jesús crucificado y su entrega a él.

En 1935 fue nombrado delegado apostólico en Turquía y Grecia. Era un vasto campo de trabajo. La Iglesia católica tenía una presencia activa en muchos ámbitos de la joven república, que se estaba renovando y organizando. Mons. Roncalli trabajó con intensidad al servicio de los católicos y destacó por su diálogo y talante respetuoso con los ortodoxos y con los musulmanes. Cuando estalló la segunda guerra mundial se hallaba en Grecia, que quedó devastada por los combates. Procuró dar noticias sobre los prisioneros de guerra y salvó a muchos judíos con el «visado de tránsito» de la delegación apostólica. En diciembre de 1944 Pío XII lo nombró nuncio apostólico en París.

Durante los últimos meses del conflicto mundial, y una vez restablecida la paz, ayudó a los prisioneros de guerra y trabajó en la normalización de la vida eclesiástica en Francia. Visitó los grandes santuarios franceses y participó en las fiestas populares y en las manifestaciones religiosas más significativas. Fue un observador atento, prudente y lleno de confianza en las nuevas iniciativas pastorales del episcopado y del clero de Francia. Se distinguió siempre por su búsqueda de la sencillez evangélica, incluso en los asuntos diplomáticos más intrincados. Procuró actuar como sacerdote en todas las situaciones. Animado por una piedad sincera, dedicaba todos los días largo tiempo a la oración y la meditación.

En 1953 fue creado cardenal y enviado a Venecia como patriarca. Fue un pastor sabio y resuelto, a ejemplo de los santos a quienes siempre había venerado, como san Lorenzo Giustiniani, primer patriarca de Venecia.

Tras la muerte de Pío XII, fue elegido Papa el 28 de octubre de 1958, y tomó el nombre de Juan XXIII. Su pontificado, que duró menos de cinco años, lo presentó al mundo como una auténtica imagen del buen Pastor. Manso y atento, emprendedor y valiente, sencillo y cordial, practicó cristianamente las obras de misericordia corporales y espirituales, visitando a los encarcelados y a los enfermos, recibiendo a hombres de todas las naciones y creencias, y cultivando un exquisito sentimiento de paternidad hacia todos. Su magisterio, sobre todo sus encíclicas «Pacem in terris» y «Mater et magistra», fue muy apreciado.

Convocó el Sínodo romano, instituyó una Comisión para la revisión del Código de derecho canónico y convocó el Concilio ecuménico Vaticano II. Visitó muchas parroquias de su diócesis de Roma, sobre todo las de los barrios nuevos. La gente vio en él un reflejo de la bondad de Dios y lo llamó «el Papa de la bondad». Lo sostenía un profundo espíritu de oración. Su persona, iniciadora de una gran renovación en la Iglesia, irradiaba la paz propia de quien confía siempre en el Señor. Falleció la tarde del 3 de junio de 1963.

Juan Pablo II lo beatificó el 3 de septiembre del año 2000, y estableció que su fiesta se celebre el 11 de octubre, recordando así que Juan XXIII inauguró solemnemente el Concilio Vaticano II el 11 de octubre de 1962.


* * * * *
De la homilía de Juan Pablo II
en la misa de beatificación (3-IX-2000)

Contemplamos hoy en la gloria del Señor a Juan XXIII, el Papa que conmovió al mundo por la afabilidad de su trato, que reflejaba la singular bondad de su corazón...

Ha quedado en el recuerdo de todos la imagen del rostro sonriente del Papa Juan y de sus brazos abiertos para abrazar al mundo entero. ¡Cuántas personas han sido conquistadas por la sencillez de su corazón, unida a una amplia experiencia de hombres y cosas! Ciertamente la ráfaga de novedad que aportó no se refería a la doctrina, sino más bien al modo de exponerla; era nuevo su modo de hablar y actuar, y era nueva la simpatía con que se acercaba a las personas comunes y a los poderosos de la tierra. Con ese espíritu convocó el Concilio ecuménico Vaticano II, con el que inició una nueva página en la historia de la Iglesia: los cristianos se sintieron llamados a anunciar el Evangelio con renovada valentía y con mayor atención a los "signos" de los tiempos. Realmente, el Concilio fue una intuición profética de este anciano Pontífice, que inauguró, entre muchas dificultades, un tiempo de esperanza para los cristianos y para la humanidad.

En los últimos momentos de su existencia terrena, confió a la Iglesia su testamento: «Lo que más vale en la vida es Jesucristo bendito, su santa Iglesia, su Evangelio, la verdad y la bondad». También nosotros queremos recoger hoy este testamento, a la vez que damos gracias a Dios por habérnoslo dado como Pastor.

* * * * *
Del discurso de Juan Pablo II a los peregrinos
que fueron a Roma para la beatificación (4-IX-2000)

El Papa Juan XXIII, además de las virtudes cristianas, tenía un profundo conocimiento de la humanidad con sus luces y sombras. Para ello, su pasión por la historia, cultivada a lo largo de mucho tiempo, le resultó de gran ayuda.

Ángelo Giuseppe Roncalli asimiló en su ambiente familiar los rasgos fundamentales de su personalidad. «Las pocas cosas que he aprendido de vosotros en casa -escribió a sus padres- son aún las más valiosas e importantes, y sostienen y dan vida y calor a las muchas cosas que he aprendido después». Cuanto más avanzaba en la vida y en la santidad, tanto más conquistaba a todos con su sabia sencillez.

En su célebre encíclica Pacem in terris propuso a creyentes y no creyentes el Evangelio como camino para llegar al bien fundamental de la paz. En efecto, estaba convencido de que el Espíritu de Dios hace oír de algún modo su voz a todo hombre de buena voluntad. No se turbó ante las pruebas, sino que supo mirar siempre con optimismo las diversas vicisitudes de la existencia. «Basta la preocupación por el presente; no es necesario tener fantasía y ansiedad por la construcción del futuro». Así escribió en 1961 en el Diario del alma.

Al dirigiros mi saludo a cuantos habéis venido especialmente de Bérgamo y de Venecia, con el cardenal Cé y el obispo Amadei, deseo que el ejemplo del Papa Juan os impulse a confiar siempre en el Señor, que guía a sus hijos por los caminos de la historia.

[Cf. L'Osservatore Romano, edición semanal en lengua española, del 1 y del 8 de septiembre del 2000]

domingo, 10 de octubre de 2010

XXXVIII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

"¡Jesús, Maestro, ten compasión de nosotros!".
Lc 17, 11-19.

La Palabra de hoy toca el tema del agradecimiento. Un tema más que delicado en un mundo lleno de tormentos y de dolor de todo tipo. No hace mucho me comentaba un chico adolescente que él nada tenía que agradecer a nadie, ni mucho menos a sus padres por haberle traído a este mundo donde tanto se sufre, según el por no tener todas las comodidades con las que sueña...

Jesús iba camino de Jerusalén y le salieron diez leprosos. La lepra era para los judíos de la época una señal del desagrado de Dios. Era símbolo del pecado. Los diez le piden a gritos su curación en nombre de la compasión.

Un elemento fundamental en las curaciones cristianas (no me refiero sólo a la salud física) es la compasión. Sentir con el otro sus propios sufrimientos es una gracia que las personas que la tienen se convierten en seres humanos de gran calidad en el amor hacia los que le rodean.

Por desgracia, la compasión no es algo que se pueda aprender en los libros. Se es compasivo en la medida en que nos acercamos adecuadamente a Dios, con limpieza de corazón y mirada solidaria.
Jesús les manda ir a los sacerdotes para cumplir lo que prescribía la ley. No les dice explícitamente que serán curados. Muchas veces en la vida de las personas sucede algo parecido. Emprendemos un camino a nuestras tradiciones y seguridades y en el camino somos transformados. Esto sucede cuando somos capaces de no estancarnos en situaciones que pueden alejarnos de la misericordia.

El Señor nos llama siempre a ponernos en camino hacia muchas situaciones de la vida. El Evangelio está lleno de situaciones y de parábolas donde el camino y los caminantes son transformados como los de hoy. El Señor no hizo el milagro en el mismo momento sino que ellos se fiaron de su Palabra y fue esa confianza en Dios quién obró el milagro. Se pusieron en camino y su vida quedó sanada.

Los cristianos tenemos que hacer constantemente el ejercicio de caminar en la salvación que Jesús nos trae. Tengo que ponerme en camino hacia mí mismo, hacia mis temores, mis complejos, mis seguridades, mis frustraciones... Pero no lo tengo que hacer por sólo un impulso personal o particular. Mi vida tiene que estar constantemente delante de Dios y será Él quien me diga hacia dónde me tengo que dirigir; será el Maestro quién te indique qué hacer y el camino a seguir. No en vano Él ha dicho que "es el camino".
Hay personas que se desesperan porque hay momentos en su vida que no saben qué hacer ni cómo hacer para quedar mejorados por el Señor. Ante estas situaciones lo preferible es esperar, esperar en el Señor. Tenemos que ir aprendiendo el ritmo de Dios que es distinto al nuestro. Nosotros nos movemos en las prisas de la cárcel del tiempo. Dios está en la libertad de la eternidad. Cuando Él nos propone algo se fija no sólo en nuestras horas humanas, en lo que necesitamos en ese momento, sino también en lo que necesitamos para la eternidad. Entender esto de manera vital es tener una gran confianza y esperanza constante en Dios.

Uno de ellos al verse sanado, regresó alabando a Dios a grandes voces. No llegó a su destino. En el camino la Palabra le curó y dio la vuelta y volvió al origen, no a la meta, para dar las gracias. La curación le vino en el camino.
Muchas curaciones de todo tipo se dan en la vida (el camino). Día a día Dios hace en nosotros la obra buena y tenemos que ser conscientes de las gracias que Dios va derramando en nuestras vidas para lograr nuestra total y definitiva sanación. ¿Cuáles son los elementos que Dios pone en nuestro camino para colaborar en nuestra completa felicidad?
• La Palabra.
• Los sacramentos.
• El encontrar en el camino de nuestra vida personas determinadas que nos ayudan a crecer y transformar nuestro interior.
• Situaciones que nos acercan más a Él, aunque en un primer momento no lo entendamos.
• La capacidad de reflexión y de compasión.
• El sentido común, la solidaridad, el compromiso por los más pobres y necesitados...
Sólo uno de ellos volvió para darle las gracias a Jesús. Experimentó la mano sanadora de Dios en su vida y lo primero que hizo fue dar las gracias a su sanador.

Hay personas que piensan que las desgracias que les suceden proceden de Dios. Dicen cosas como "Con lo bueno que yo he sido, ¿cómo Dios me ha enviado esta desgracia...?" Ven en Dios el hacedor de las desgracias cuando es precisamente lo contrario: el creador y repartidor de las gracias.
De los otros nueve leprosos nunca más se supo. Siguieron su camino sanos pero no supieron volverse a su Médico para decir gracias. Ya saben ustedes que ser desagradecidos es una de las limitaciones del ser humano que sólo se puede superar con un corazón limpio y generoso.

viernes, 1 de octubre de 2010

HOMILIA DOMINGO XXVI DEL TIEMPO ORDINARIO


“Señor auméntanos la fe"
Lc 17,5-10.

Una de las preguntas que con más frecuencia me hacen los incrédulos es: "¿Para qué sirve la fe? ¿Acaso el que tiene fe no va a tener problemas, o tener una enfermedad, o un problema matrimonial, o caer en la depresión...? ¿Para qué sirve entonces tener fe...?"

En un mundo tan utilitarista como el nuestro las cosas se buscan para que "sirvan" para algo. Vale lo que me sirve. Es inútil lo que no me aporta nada. Esa es la concepción que tienen muchas personas de nuestro mundo.

La fe se mueve en otras claves totalmente diferentes. La fe no es una conquista humana, ni se compra, ni se obtiene por el propio esfuerzo personal. La fe es un magnífico regalo que Dios nos hace.

¿Qué hay que hacer para acoger la fe que Dios nos regala?

Nos dice la carta a los Hebreos: "Pero no es posible agradar a Dios sin tener fe, porque para acercarse a Dios es necesario creer que existe y que recompensa a quienes le buscan."
La búsqueda constante de Dios debe ser la tarea más urgente en nuestra vida. Tenemos fe, claro que tenemos fe, pero nunca nos olvidemos que es una fe llena de tentaciones. Una fe que sucumbe muchas veces con cierta facilidad. Unas veces pueden más las tentaciones que la propia fe, de ahí que tengamos los creyentes que estar más que atentos a ejercitar nuestra vida cristiana en todos los aspectos. Quien no vive en intensidad lo que cree tarde o temprano termina por debilitarse.

Los Apóstoles piden al Señor que les aumente la fe ya que sin ella quedarán incapacitados para entender y vivir el Reino de Dios. Nuestra fe tiene que estar cimentada en Cristo por encima de todas las circunstancias de la vida. Mi fe no se sostiene porque tenga unas severas leyes morales ni tan siquiera porque tenga conceptos teológicos sólidos. Mi fe está anclada y alimentada en Cristo Resucitado. Mi diálogo interior y mi oración no es conmigo mismo o un diálogo con las ideas que se mueven en mi mente. Mi fe no es un sentimiento. Mi fe es un asentimiento y un experimentar al Señor vivo en mi vida. El Señor que me salva y me da vida.
¡Cuánto sufrimiento se ahorrarían muchos creyentes si tuviesen más fe en Cristo y menos en sus propias ideas o convicciones aprendidas!

¿Para qué sirve la fe?
Me atrevo a dar una respuesta sabiendo que la "utilidad" sea desde la óptica de Dios y no la humana. La fe sirve para que vivas las mismas cosas que viven los demás seres humanos pero de manera diferente.

Situaciones como el paro, la enfermedad, la ruptura matrimonial, la muerte propia y la de nuestros seres queridos... se viven de manera muy distinta con fe que sin ella. La creencia y la confianza en Jesús nos aporta nuevas claves, las claves del Reino de Dios, para poder interpretar y vivir adecuadamente a la altura de hijos de un Padre Bueno todas las circunstancias que aparecen en nuestro vivir diario.

Al lado de la fe el Evangelio de hoy nos recuerda que la humildad tiene que ser un elemento fundamental en el seguimiento del Señor. Ser humilde es reconocer nuestras limitaciones y debilidades y en actuar de acuerdo con este conocimiento. ¿Somos personas lo suficientemente sensatas y espiritualmente equilibradas para descubrir nuestras pobrezas internas?
Por mucho que hagamos en el servicio del Señor siempre tenemos que mantenernos en la actitud de humildad. No soy yo quien he optado de manera unilateral por Cristo. Algo así como hacer una concesión a Dios en mi vida. Es Jesús vivo quien me invita a seguirle y yo respondo desde mi fe con agradecimiento. La cosa no es realizar muchos trabajos pastorales ni tan siquiera sacrificarse, la respuesta es amar intensamente al Señor y dejar que sea Él quien nos acompañe en el camino de la vida. Todo lo demás tiene que ser una derivación de ese primer amor en el seguimiento.

Somos "servidores inútiles" no porque no sirvamos para nada sino que por mucho que hagamos no le daremos a Dios más de lo que tiene. Él tiene que ser nuestra fuente y nuestro motor espiritual.

Hay cristianos llenos de sufrimientos más que de amor porque el mundo que imaginan en su mente no se parece en nada al mundo real. Sufren porque existe una ruptura entre el ideal y la realidad. Más que en el amor de Dios viven en los propios esquemas personales y eso les produce un dolor intenso. Ya va siendo hora que en nuestra vida de cristianos se hagan más presentes los criterios de Dios que los nuestros, la voluntad de Dios más que la nuestra.
Quisiera dejar unas cuantas preguntas para que te preguntes a solas y medites sobre la realidad de la fe .
¿Qué es para ti tener fe: "sentir algo..." "tener un ideal o algo en qué creer..."? ¿En qué consiste tu fe?
¿Vives con los pies en el suelo o siempre en un mundo imaginario que nunca llega y siempre te hace sufrir? ¿Por qué te ocurre esto?
¿Sabes mantener tu fe en Cristo Resucitado por encima de tus tentaciones? ¿Por qué?
¿Cómo vives la humildad en tu vida?
¿Cómo puedes hacer que tu fe y tu humildad están al servicio de los más pobres y más débiles de la sociedad? ¿Qué tienes que hacer

viernes, 24 de septiembre de 2010

DOMINGO XXVI DEL TIEMPO ORDINARIO

'Si no escuchan a Moisés y a los Profetas, aunque resucite alguno de entre los muertos, tampoco se convencerán'.
Lucas 16, 19-31

El evangelio de este domingo XXVI del tiempo ordinario es impresionante e interesante, porque nos muestra con crudeza y claridad lo insensatos que somos para apoderarnos de lo poco que tenemos, y creernos diferentes y mas importantes por lo que somos, desgraciadamente hemos construido nuestro mundo de esa manera, y lo hemos camuflageado con falsos sueños y expectativas.

Nuestra vida terrena está llena de divisiones de todo tipo. Los seres humanos hemos dividido el planeta que Dios nos ha dado. Hemos creado fronteras, levantado muros, colocado banderas... todo ello para ser y sentirnos diferentes. Esta división es la que crea conflictos entre nuestros adentros y en nuestra relación diaria con el mundo. Dios nos ha dado un solo mundo para una única humanidad; nosotros en nombre de la diversidad, de la justicia o de lo que sea, nos hemos encargado una y otra vez de marcar las diferencias. Los primeros cristianos y los Santos Padres encararon este tema y nos dejaron vidas ejemplares y páginas magníficas sobre el derecho de los pobres y la justicia que emana del Evangelio.

En la relaciones humanas hemos hecho lo mismo. Nos hemos inventado las familias y apellidos importantes y los escalafones sociales para dejar bien claro que no somos iguales; que "yo valgo más que tú..."

¿Qué nos dice Jesús sobre estas artificiales diferencias? ¿Qué nos propone para recomponer la unidad que a lo largo de los siglos hemos fragmentado?
El Evangelio nos trae una parábola donde se destaca una de estas diferencias sociales. Nos habla de un pobre y de un rico, ambos en esta vida y en la otra.
Los judíos pensaban que la prosperidad material era una señal más que evidente de la bendición de Dios. Los pobres eran unos malditos. No tenían nada, ni siquiera —según ellos— ni la bendición de Dios.

El mensaje de Jesús se predica especialmente a los pobres y en ellos tiene su profunda resonancia. No es que se descarte a los ricos del camino de la salvación ya que Jesús no les censura su riqueza sino la falta de compasión hacia los pobres. La falta de compasión sea en un rico o en un pobre es muestra de un rechazo hacia el amor de Dios. La compasión es uno de los certeros caminos para llegar a la salvación.

Lázaro aparece como un hombre mísero en todos los aspectos de su vida: no tenía salud, ni comida, ni casa, ni amigos, ni abrigo alguno. Sólo tenía la esperanza de que algo sobrante saciara su indigencia. En nuestras sociedades hay muchas personas que viven esta misma realidad. La pobreza se ha vuelto parte de sus vidas y convive con ellos. El drama de la pobreza no es solamente las necesidades de todo tipo sino que en el pobre incluso se llega al extremo de la indigencia, cuando se da cuenta de que por sí mismo no sabe salir de su pobreza. No hay mayor pobreza que no saber salir de ella.

El Evangelio es una invitación a salir de la pobreza en todas las formas que aplastan al ser humano. No vale aquello de "tú sufre en esta vida que en la otra serás feliz..." Mas bien nos tenemos que mover en "...porque tuve hambre y me diste de comer..."

Para los cristianos el tema de los pobres es central. Sentirse pobre es reconocer que Dios tiene en nuestra vida la totalidad de nuestra salvación. No confío en lo que he podido acumular, no me fío de lo que he podido aprender. Todo es para ponerlo al servicio de los más menesterosos para llegar juntos a unas sociedades más justas y humanas. Los seres humanos de todas las épocas siempre hemos tenido un déficit de humanidad, de ahí que el Evangelio nunca pierda actualidad.
Otro asunto no menos importante es la actitud que tenemos los cristianos para con los más pobres. Veamos algunos tipos de cristianos y cómo se sitúan ante este tema:
Cristianos de "la otra vida": los pobres lo pasarán bien en la otra vida; por eso da igual las desigualdades que tengamos en esta... El Evangelio es un mensaje personal que no tiene por qué repercutir en el exterior... Si yo me salvo para qué me voy a complicar la vida... Son alérgicos a los pobres.
Cristianos "de ruina y devastación": en algunos la pobreza ya no se ha vuelto un enemigo a combatir sino una obsesión, en ocasiones enfermiza obsesión. Condenan todo y a todos. Viven sin paz interior. Están todo el día atacando desde su estrechez mental a los otros que no piensan igual. El Evangelio es una revolución inalcanzable que sólo les produce amargura y enfrentamiento. Son alérgicos a los ricos.
Cristianos según las Bienaventuranzas: al lado de la complicidad personal de vida está la esperanza y la alegría. No condenan sino que invitan a unos y a otros a la salvación. Su vida es como la de Jesús: acoge a unos y a otros sin discriminación sino con amor. Todos están llamados a la conversión y a participar en el Reino.

Jesús no condena la riqueza en sí sino el uso que se hace de ella; condena el egoísmo que nos impide llegar a caminos de solidaridad. Zaqueo el rico se salva en su encuentro con Jesús y devuelve a los pobres con creces lo que de ellos tomó.

Quien está muy apegado a las riquezas (dinero, prestigio, seguridades de tipo intelectual, poder, el creerse que se tiene el monopolio del Evangelio...) no puede percibir el camino del Reino de Dios. Los pobres, los que son capaces de desprenderse de sus distintas riquezas y ponerlas al servicio de los demás, son los que están más disponibles a aceptar y vivir la fe.

viernes, 17 de septiembre de 2010

DOMINGO XXV DEL TIEMPO ORDINARIO

“Ningún siervo puede servir a dos amos…”
Lc.16,1-13


Hay mucha gente en este mundo que su único motivo para vivir es el conseguir dinero. Cuando hablas con ellos una y otra vez y siempre el centro o el fin de cada conversación es el tema de la fortuna material. Son personas donde funciona a la perfección el "eres lo que tienes..."
Muchas personas son capaces de hacer cualquier cosa por dinero, porque encuentran en él una seguridad que nadie ni nada le puede ofrecer.
Hoy la Palabra nos habla de un administrador infiel, de un mal administrador. Jesús nos pone este ejemplo no para que sigamos sus pasos de injusta trayectoria. Lo que nos quiere hacer ver es la astucia que pone la gente del mundo en sus negocios e intereses. La dedicación de muchas personas a conseguir bienes materiales muchas veces puede ser un estorbo que nos impida llegar a los bienes de Dios. No olvidemos esto nunca.

Los cristianos tenemos que plantearnos el papel del dinero en nuestra vida. Hay algunos que lo satanizan, otros lo divinizan, pero creo que la cosa no está en lo uno o en lo otro. Hay que poner el dinero donde debe estar; puede que lo necesitemos en muchos sitios y aspectos de nuestra vida, pero donde seguro que nunca tiene que estar el dinero es en el interior del corazón.

Cuando vivimos demasiado apegados a la fortuna material nos podemos olvidar con facilidad de otras fortunas más importantes: el ser hijo/a de Dios; el tener la fe; el luchar por los demás... Ante esto el Evangelio nos da un toque de atención y nos hace preguntar por qué hay tantos cristianos que tienen tan poco entusiasmo en sembrar el Mensaje de Jesús y tanta urgencia para las cosas materiales.

Nuestro sagaz administrador convierte a los deudores de su amo en amigos suyos. Para las cosas del mundo la gente sabe moverse, es astuta, no les importa sacrificarse. En los negocios del mundo las ganancias son siempre temporales; en las cosas de Dios las ganancias son eternas.

Todo cuanto poseemos y las personas que tenemos a nuestro alrededor es propiedad de Dios. Aunque sin intención digamos que son nuestras, Más bien tenemos que decir " todo lo que Dios me ha prestado..." Perder de vista al único dueño nos hace caer en estados depresivos cuando llegan los duros momentos de la muerte de nuestros seres queridos.
¿Para qué Dios nos presta a estas personas? Para que juntos podamos hacer nuestro camino hacia Él. De ahí que la familia verdadera de Jesús no es según la carne y la sangre sino desde el Espíritu de Dios. Ver a los demás y lo que poseemos como préstamos de Dios es dejar que sea Él quien nos haga comprender las relaciones humanas a los niveles más profundos.

Con dinero podemos hacer mucho bien o mucho mal, depende el uso que le demos; pero también es cierto que el preciado metal puede meterse en nuestro corazón haciéndonos creer que es lo más importante en la vida. Cuando esto sucede en una persona no significa que tenga dinero, sino que el dinero es quien le tiene bien atrapado.

Somos administradores de la riqueza que Dios ha puesto en nuestras manos. Cuantas personas derrochan grandes cantidades de dinero en mil tonterías cuando a su alrededor hay tanta necesidad en tantos seres humanos. Llega la Navidad y no sabemos qué comprar a los nuestros porque "tienen de todo"; mientras millones de personas pasan las necesidades más básicas para una vida digna. ¿Qué haces tú realmente por los más pobres y necesitados que existen en tu entorno?
El administrador actuó con astucia y prontitud. La fe tiene que tener elevadas dosis de sentido común y de acciones concretas hacia los demás. No hacen falta buenas intenciones sino buenas acciones. La fe de muchas personas muere porque el aburrimiento y la falta de acción la debilitan en gran manera. El final de la fe comienza cuando se vuelve estéril y cómoda ante la realidad doliente del mundo. Se vuelve insensible y empieza a poner su interés en cosas materiales. Mantenernos cerca del Señor es el mejor antídoto contra el veneno que nos puede inocular el dinero y las riquezas materiales.

viernes, 10 de septiembre de 2010

DOMINGO XXIV DEL TIEMPO ORDINARIO

“Perdidos y encontrados por la misericordia divina”
Lc.15,1-32


Qué grande es la misericordia de Dios, y que grande es el amor que tiene a todos sus hijos, y cada día que pasa nos muestra a través de tantos signos y símbolos ese majestuoso regalo, una misericordia que no tiene límites, ni barreras, siempre está ahí para nosotros, y nos lo da como bálsamo para nuestras heridas.

El texto de hoy nos cuenta tres hermosas parábolas a las que con razón se les llama "las parábolas de la misericordia: La oveja perdida, la moneda perdida y el hijo pródigo. Las tres tienen en común la misericordia y la constancia que produce alegría.
La verdad es que este Evangelio de hoy para muchos cristianos es el "evangelio para los otros" ya que "yo creo en Cristo; estoy convertido..." y me da la impresión que esto no es así. ¿Por qué les digo esto? Si miramos nuestras iglesias y lugares de reunión vemos que los "pecadores" oficiales no se acercan a nosotros. Es verdad que vienen a solicitar sacramentos muchas personas que están en situación irregular, pero no es menos cierto que existe como una ruptura en la relación entre pecadores e Iglesia.

Los pecadores en muchas ocasiones no ven en la Iglesia una invitación a Cristo. Ven más bien una especie de "multinacional del bien" que no va con ellos.

Hay veces que cuando se acerca un pecador a nuestros lugares de culto más que acogerle lo que hacemos es mirarle con desconfianza, cuando no con desprecio... ¿Es esta la actitud de misericordia que Dios pide de nosotros?. Estas actitudes eran más crudas en la época de Jesús, donde se veía a aquellos que habían pecado como seres despreciables que no se les podía ni ver de reojo, simple y sencillamente porque eran pecador, eran vistos como ciudadanos de segunda o tercera categoría. Nunca veas a alguien que ha cometido un error como una persona menos que tu y yo, nunca lo desprecies por sus miserias, porque cada vez que lo tratas mal, estás haciendo que se hunda en su pecado y colaborando en su autodestrucción, y en su muerte espiritual, esa es la actitud de Jesús en la liturgia de hoy, mostrar al pecador que puede volver a vivir, que puede volver a tener dignidad y que tiene derecho a que se le cargue en los hombros de la misericordia, en los hombros de la esperanza y la confianza, en los hombros del consuelo por su pecado.

Hay cristianos que se quejan de lo mal que está el mundo, de esas sodomas y gomorras del tiempo presente. Todo es ruina y devastación... Se olvidan estos hermanos y hermanas que entre la frondosidad del pecado siempre se está abriendo una y otra vez la claridad de la luz.
El pecado nunca tiene la última palabra en la vida de las personas. Siempre la gracia es más fuerte y la misericordia más intensa.

Perdidos y encontrados este es el gran anuncio del Evangelio que pasa por el camino de la misericordia para llegar a la alegría. Muchos cristianos sinceros viven la fe como una tortura, "padecen" de la fe, y esto sucede porque la viven sin misericordia, sin alegría.

Para ellos seguir a Cristo es o bien tener bien claras una serie de ideas que hay que vivir o estar en permanente disconformidad con todo y con todos. La misericordia no tiene un papel importante en ellos...

Los cristianos a través de los siglos hemos ido elaborando delicadas teorías para poner a cada uno en su sitio: el pecador en su pecado y el convertido en la gracia. Puede ser que nos olvidemos con mucha facilidad que en todos los seres humanos hay momentos de estar perdidos y de encuentro. Que los análisis y las acusaciones humanas no pertenecen al ámbito de Dios. Toda nuestra vida será intentar adecuar nuestro pensamiento y nuestro ser a la realidad de Dios no a la inversa.

Creer en Dios es también creer en su misericordia y en la capacidad del ser humano para aceptarla. Nunca podemos infravalorar la respuesta de los demás al amor de Dios. Cuando veas a una persona aparentemente alejada de Dios no desconfíes nunca de su posibilidad de un auténtico encuentro con el Señor. La historia de nuestra fe está llena de pecadores y pecadoras arrepentidas que una y otra vez fueron acogidas por el Padre Bueno.
¿Sabemos nosotros descifrar el misterio del ser humano desde la óptica de la misericordia de Dios?

A este mundo le faltan hombres y mujeres amantes de la misericordia, y pregoneros del perdón y el amor de Dios, recuerda que Dios está siempre a la puerta para esperar a cualquiera que busque una pizca de reconciliación y de perdón. Amen

viernes, 3 de septiembre de 2010

XXIII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO


“El que no renuncie a sus bienes no puede ser discípulo mío”

Lc. 14,25-33

La Palabra de hoy es desconcertante porque en otros párrafos de la Escritura nos habla Jesús del amor a los demás en un tono de humildad, ahora parece que se cambian los acentos. El Señor reivindica para sí el amor más grande que pasa por encima incluso de los amores más cercanos.

Mucha gente acompañaba al Maestro, había de todo tipo de gente y El sabia que todos tenían una diferente intención al andar con él; unos le acompañaban porque descubrieron en Él a alguien a quien merecía la pena seguirle. Otros le seguían por interés y algunos por curiosidad. Por esta razón comienza ser claro con ellos respecto al seguimiento les empezó a explicar lo difícil que es acompañarle. Ellos le estaban siguiendo físicamente, pero ahora Jesús les expone la necesidad de seguirle con el corazón, con el amor más profundo.

Los seres humanos, incluso los que intentamos llevar un seguimiento de Jesús con una cierta dignidad, siempre podemos caer en la tentación de dejarnos absorber por otras situaciones de la vida. Puede ser el trabajo, los amigos, las dificultades e incluso nosotros mismos.

Siempre me ha parecido interesante que la mayor dificultad que tenemos las personas para seguir a Cristo no está en los demás, ni en los que me dan alegrías o los que me dan penas. Mi mayor obstáculo puedo ser yo mismo si no soy capaz de poner a cada situación y cada persona en el lugar que les corresponde en mi vida.

No es que Jesús haga un desprecio al amor hacia los más cercanos. No nos dice que les dejemos de amar. Lo que nos recuerda es que la fuente del amor, el amor más grande lo tenemos que tener hacia Dios; de esa fuente nacerá la enseñanza para aprender a amar de verdad a los otros.

Muchos de los amores de la vida nos pueden apartar del camino del amor verdadero. Creemos que nos enamoramos de las personas pero ese amor se puede convertir en una trampa para nuestra libertad. Los amores que hay que superar están en personas físicas a las cuales podemos ver y tocar.

Jesús nos anima a amarle más allá de lo físico, por eso su amor aparece como más exigente. Seguir al Señor necesita de un amor más fuerte porque sus exigencias son mayores.

Seguir a Cristo es intentar vivir como Él vivió. Su vida fue una total entrega por encima de los lazos familiares y de las relaciones filiales. Instauró una nueva forma de relación entre los seres humanos: ver a todos, de una manera especial a los más débiles y necesitados, como miembros de la propia familia de Dios, de esa manera todos pasamos a la categoría de hermanos en el Señor.

Dice que debemos de renunciar a todo lo que tenemos para ser discípulo suyo. Amar a Cristo es preferirlo sobre otros amores.

Las renuncias no se refieren solamente a cosas físicas pues hay muchas personas que dan el corazón a cosas materiales. La renuncia que Jesús nos pide pasa también por renunciar a nosotros mismos.

Hay personas que han sido capaces de desprenderse en el seguimiento de Jesús de las cosas materiales. No son ambiciosos. Pero, sin embargo, el camino de discípulo no ha llegado a plenitud porque no ha sabido desprenderse de sí mismo: de sus manías y obsesiones, de sus traumas y cerrazones.

Estos creen que son discípulos pero no lo son porque o bien no han querido o no han podido sentir el amor de Cristo en plenitud. Solamente hay una cosa más difícil que desprendernos del amor a las cosas materiales y de las personas que nos rodea, y es precisamente desprendernos de nosotros mismos.

Cuando estamos muy centrados en nuestra vida, cuando estamos obsesivamente preocupados por nosotros, por nuestro futuro, por nuestra situación, es muy difícil que el amor de Dios perdure en nosotros ya que nuestros intereses serán otros. Quien sigue a Cristo tiene pocas preocupaciones por sí mismo ya que en el Señor encuentra en cantidad lo que otros no le pueden ofrecer.