domingo, 13 de enero de 2013

SOLEMNIDAD DEL BAUTISTMO DEL SEÑOR



 “Tú eres mi Hijo, el amado, el predilecto”
(Lc.2,22)



Termina el Tiempo de la Navidad

Hoy la Iglesia celebra la Fiesta del Bautismo del Señor. El tiempo litúrgico de Navidad termina con esta fiesta, que ocupa el primer domingo después de la Epifanía. La fiesta de hoy completa en cierta forma la del 6 de enero, porque vuelve a contemplar el mismo misterio desde otra perspectiva.

En la Epifanía celebramos la manifestación de Dios a los magos que representaban las culturas de la tierra, representaban a los pueblos paganos que no conocían al verdadero Dios, y hoy celebramos la manifestación de Dios cuando proclama a Jesús como su Hijo amado. Como Jesús, todos los cristianos son llamados por Dios y consagrados por Él para evangelizar y colaborar en la construcción del Reino. Así el Reino llega a todos y con la colaboración de todos.

La fiesta del Bautismo del Señor que celebramos este domingo es como la conclusión y el resumen de cuánto hemos celebrado durante este tiempo de Navidad. Nos hemos reunido durante este tiempo muchas veces para escuchar la Palabra de Dios y celebrar la Eucaristía, y hemos contemplado, paso a paso, el gran misterio de Dios que se hace hombre en medio de nosotros, para vivir totalmente nuestra vida y llevarnos a todos hacia él.

Hoy, al presentarse en el Jordán para ser bautizado por Juan, vemos a Jesús dispuesto ya a iniciar el anuncio de lo que le ha traído al mundo: la salvación de Dios, la buena noticia del Evangelio. Hoy, aquel niño que en Belén era ya la manifestación de Dios, se presenta ante su pueblo para realizar lo que escuchábamos en la segunda lectura: que con la fuerza del Espíritu Santo, “pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él”. (Hch.10,38)

El niño de Belén, aquel niño que era como los demás niños, es ahora un hombre como los demás hombres. Su vida nos mostrará, paso a paso, el andar de Dios entre nosotros, para ser lo que la profecía que escuchábamos en la primera lectura nos anunciaba: “alianza de un pueblo, luz de las naciones, para que abras los ojos de los ciegos, saques a los cautivos de la prisión y de la mazmorra a los que habitan en las tinieblas”.(Is.42,7)

El bautismo en el Jordán abre el inicio de la vida pública de Jesús.

La escena del bautismo de Jesús tiene, en Lucas, una visión especial. El clima es la expectación reinante sobre si Juan es el Mesías o no. Es el mismo Bautista quien aclara que “viene el que puede más que yo” y que éste “bautizará con Espíritu Santo”(Lc.2,16). Jesús se pone en la numerosa fila de los que desean bautizarse. Parece uno más. No teme el meterse entre los pecadores. Ha venido para estar entre ellos y salvarlos. Fijémonos en un detalle: Jesús se bautiza y, mientras está orando, se abre el cielo, baja el Espíritu y resuena la voz del Padre celestial. Este proclama distintamente: “Tú eres mi Hijo, el amado, el predilecto”.(Lc.2,22)

Nosotros adoramos al Hijo de Dios. Profesamos la fe: “Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo”. Queremos vivir identificados con el Hijo y ser, a la vez, hijos en el Hijo. Nos admira como los hechos revelatorios suceden mientras Cristo está en oración. He aquí un elemento importante en Lucas. Hará fijar muchas veces la mirada del discípulo en el Jesús orante.

El bautismo de Cristo en el Jordán ofrece perspectivas al bautismo de los cristianos. El prefacio de la misa lo remarca. El ritual del bautismo se referirá a él de este modo: “Oh Dios, cuyo Hijo, al ser bautizado en el agua del Jordán, fue ungido por el Espíritu Santo”. Estas palabras son pronunciadas también en la bendición del agua en la Vigilia Pascual. Tenemos, pues, aquí iluminado nuestro bautismo: fue un renacer del agua y del Espíritu. Una buena oportunidad para agradecer la gracia del bautismo. Y para sentir la dicha de estar bautizados. Ciertamente, nuestros padres nos transmitieron lo mejor que ellos tenían. Sabemos que ha sido esta la herencia más pródiga. Una entrada en la vida, en la verdadera dimensión que se abre a la trascendencia.

- Porque se bautizó Jesús? Es la pregunta que muchos debaten hoy día

El bautismo que recibió Jesús de manos de Juan el Bautista es completamente diferente al que recibimos nosotros hoy día. Nuestro bautismo fue instituido por Cristo. Es un sacramento o señal e instrumento de la gracia de Dios por el cual la persona que lo recibe se hace partícipe de la comunidad del bien de las siguientes maneras: Coparticipando de la resurrección de Jesús (Rom 6,1-14), Haciéndose hijo de Dios, heredero del cielo y miembro activo de la Iglesia de Jesús: Ga 3, 26-29 1 Cor 12, 12ss.

El bautismo de Jesús no era un sacramento, sino una señal penitencial. Juan lo administraba a aquella persona que cambiara de vida y procurara seguir su predicación penitencial. Juan exigía la conversión, el cambio de vida, como condición para recibir su bautismo. El bautismo de Juan se llama “bautismo de penitencia para el perdón de los pecados” (Mc 1,4 Lc 3,3). Sin embargo, no es un bautismo suficiente para alcanzar la salvación de Dios como lo es el bautismo instituido por Jesús. El bautismo de Juan tampoco comunica la participación en la vida del Espíritu Santo. Tal diferencia aparece clara, tanto en los evangelios como en los Hechos de los Apóstoles, con la oposición de los términos “agua” y “Espíritu Santo” que usan cuando se refieren al bautismo de Juan y al instituido por Jesús.

El bautismo de Juan es bautismo de agua solamente. El bautismo instituido por Jesús es un bautismo del Espíritu Santo (Mc 1,8). A veces, el bautismo de Jesús es llamado también bautismo “de fuego”: “Yo les bautizo en agua para la conversión; pero aquel que viene detrás de mí es más fuerte que yo y no soy digno de desatarle las sandalias. El les bautizará en Espíritu Santo y fuego.” (Mt 3,11 Mc 1,8 Lc 3,16 Jn 1,33 Hech 1,5 Hech 11,16) Jesús no necesitaba ser bautizado por Juan, porque no tenía que cambiar de vida. 

Pero se somete al bautismo de Juan porque de hecho, iba a comenzar “una nueva vida”: su ministerio público, la predicación del reino de Dios. Jesús siguió la costumbre que tenían muchos judíos de la época. Dice la Palabra que Jesús se hizo semejante a todos los hombres en todo (Flp 2,7). Por esto Juan, quien sabía quién era Jesús, rehusaba bautizarlo (Mt 3,14). Jesús cuando fue a que Juan lo bautizara lo que hizo fue un acto de humildad “¿Tu vienes a mi? Soy yo quien necesita ser bautizado por ti...(Mt: 3,15)

Hay personas que dicen que como Jesús se bautizó de adulto, es mejor bautizar sólo a los adultos. Esto no es verdad. El bautismo que confiere la Iglesia es distinto. Son cosas muy diferentes. El bautismo de la Iglesia es un sacramento, el otro no.

- Significado del Bautismo de Jesús, según el Papa Benedicto XVI

El Papa Benedicto XVI en su primer libro sobre Jesús de Nazaret nos explica de forma muy clara y sencilla el significado del bautismo de Nuestro Señor; el Papa afirma: “ El bautismo de Juan incluye la confesión: el reconocimiento de los pecados. 

El judaísmo de aquellos tiempos conocía confesiones genéricas y formales, pero también el reconocimiento personal de los pecados, en el que se habían de enumerar las diversas acciones pecaminosas.16 Se trata realmente de superar la existencia pecaminosa llevada hasta entonces, de empezar una vida nueva, diferente.

Esto se simboliza en las diversas fases del bautismo. Por un la do, en la inmersión se simboliza la muerte y hace pensar en el diluvio que destruye y aniquila. En el pensamiento antiguo el océano se veía como amenaza continua del cosmos, de la tierra. En la inmersión, también el rio podía representar este simbolismo. Pero al ser el agua que fluye, es sobre todo símbolo de vida: los grandes ríos son los dispensadores de vida. 

Se trata de una purificación, de una liberación de la suciedad del pasado que pesa sobre la vida y la adultera, y un nuevo comienzo, es decir, de muerte y resurrección, de reiniciar la vida desde el principio y de un modo nuevo.
Se podría decir que se trata de un renacer. Todo esto se desarrollara expresamente en la teología bautismal cristiana, pero esta ya incoado en la inmersión en le Jordán y en el salir después de las aguas.

Toda Judea y Jerusalén acudían para bautizarse, como acabamos de escuchar. Pero hay algo nuevo “por entonces llegó Jesús de Nazaret de Galilea a que Juan lo bautizara en el Jordán” (Mc.1, 9) Hasta entonces no se había hablado de peregrinos venidos de Galilea; todo parecía restringirse al territorio Judío. Pero lo realmente nuevo no es que Jesús venga de otra zona geográfica, de lejos, por así decirlo. Lo realmente nuevo es que El, quiere ser bautizado, que se mescla entre la multitud gris de pecadores que esperan a la orilla del Jordán. El bautismo comportaba la confesión de las culpas. 

Era realmente un reconocimiento de los pecados y el propósito de poner fin a una vida anterior malgastada para recibir una nueva. ¿Podía hacerlo Jesús? ¿Cómo podía reconocer sus pecados? ¿Cómo podía desprenderse de su vida anterior para entrar en otra vida nueva?... No es fácil llegar a descifrar el sentido de este enigma.

Puesto que el bautismo comporta un reconocimiento de la culpa y una petición de perdón para poder empezar de nuevo, este sí a la plena voluntad de Dios encierra también, en un mundo marcado por el pecado, una expresión de solidaridad con los hombres, que se han hecho culpables, pero que tienden a la justicia. Solo a partir de la cruz y la resurrección se aclara todo el significado de este acontecimiento. Jesús había cargado con la culpa de toda la humanidad; entro con ella en el Jordán. Inicia su vida pública tomando el puesto de los pecadores. 

La inicia con la anticipación de la cruz. El significado pleno del bautismo de Jesús que comporta cumplir toda justicia se manifiesta solo en la cruz: el bautismo es la aceptación de la muerte por los pecados de la humanidad, y la voz del cielo “Este es mi Hijo amado” (Mc.3,17) es una referencia anticipada de la resurrección.

Solo a partir de aquí se puede entender el bautismo cristiano. La anticipación de la muerte en la cruz que tiene lugar en el bautismo de Jesús, y la anticipación de la resurrección anunciada por la voz del cielo se hacen ahora realidad. Así el bautismo con agua de Juan recibe pleno significado del bautismo de vida y de muerte de Jesús. Aceptar la invitación al bautismo significa ahora trasladarse al lugar del bautismo de Jesús y, así, recibir su identificación con El 

sábado, 5 de enero de 2013

SOLEMNIDAD DE LA EPIFANIA DEL SEÑOR



“Al ver la estrella, se llenaron de inmensa alegría. Entraron en la casa, vieron al niño con María, su madre, y, cayendo de rodillas, lo adoraron; después, abriendo sus cofres, le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra” (Mt .2, 11) 

Que es la fiesta de la Epifanía y que significa
Epifanía quiere decir manifestación. En la solemnidad de hoy, la Iglesia conmemora la primera manifestación del Hijo de Dios hecho Hombre al mundo pagano, - cuando se habla de mundo pagano se refiere a todos aquellos pueblos y personas que no eran judíos, hay que tener presente, Jesús nace en el seno de una familia judía, nace en el seno del pueblo de Israel el pueblo escogido por Dios, y por ende, todos aquellos que no pertenecían al pueblo de Israel, eral llamados paganos, porque no creían ni adoraban al verdadero Dios, sino que creían en muchos dioses creados por ellos mismos; esta manifestación que tuvo lugar con la adoración de los Magos, en quienes estaban representados las razas y culturas de la tierra.

Los magos del relato evangélico son una representación de todos estos pueblos -en esto resulta muy acertada la intuición popular, que atribuye a cada uno de los magos una raza diferente- que han oído el anuncio del evangelio y que se disponen a destruir para siempre las barreras de separación. De este modo la Epifanía se convierte en la fiesta de la universalidad de la salvación y, por tanto, de la catolicidad de la Iglesia. Universalidad y catolicidad que en modo alguno significa uniformidad, sino que respeta y promueve las ricas diferencias de raza, lengua y cultura.

La tradición representa a estos tres magos o como muchos le llaman reyes, aunque en realidad eran astrólogos, que se dedicaban a leer las constelaciones de las estrellas, los representa con diferentes colores de piel, un blanco, un negro y un mestizo, muchos se preguntan cuáles son los nombres en sí, yo creo que eso no es importante, sino lo que representan, la tradición nos dice que Melchor, Baltasar y Gaspar. La fiesta proclama el alcance universal de la misión de Cristo, que viene al mundo para cumplir las promesas hechas a Israel y llevar a cabo la salvación de todos los hombres.

La fiesta de Epifanía nació en los primeros siglos del Cristianismo En el evangelio de hoy, se relata que llegaron estos magos a Jerusalén; tal vez pensaban que aquel era el término de su viaje, pero allí, en la gran ciudad, no encuentran al recién nacido rey de los judíos. Quizá, -parece humanamente lo más lógico si se trata de buscar a un rey,- fueron directamente al palacio de Herodes; pero los caminos de los hombres no son, frecuentemente, los caminos de Dios. Indagan, ponen los medios a su alcance: ¿Dónde está?, preguntan. Y Dios, cuando de verdad se lo quiere encontrar, sale al paso, nos señala la ruta, incluso a través de los medios que podrían parecer menos aptos.

- La manifestación de Dios elude toda espectacularidad.
Tradicionalmente son tres las manifestaciones que celebra la Epifanía: la adoración de los magos, el bautismo de Jesús, el milagro de Caná, como podemos ver en la antífona del cántico de María correspondiente a las segundas vísperas de la solemnidad: “Celebramos un día santificado por tres milagros: hoy la estrella condujo a los magos, hoy el agua se convirtió en vino, hoy Cristo fue bautizado por Juan en el Jordán, aleluya”. (Actualmente, sin que la Epifanía deje de conmemorar los tres aspectos, el bautismo es especialmente recordado el domingo siguiente, con el cual concluye el tiempo litúrgico de la Navidad y las bodas de Caná en el evangelio de II domingo del Tiempo Ordinario correspondiente al ciclo C y que se lee seguido del Domingo del Bautismo del Señor ).

Si nos fijamos bien en ello, las tres manifestaciones tienen un cariz común: son apariciones de Dios no en poder y en gloria, sino en humildad y ausencia de espectacularidad. Jesús se presenta a los magos, que traen presentes espléndidos, como un niño impotente y débil, en un pesebre pobre y sin ningún rasgo de importancia, los magos lo buscaron en un palacio y no estaba ahí, la estrella los guio a una cueva con animales y gente sin poder intelectual ni material, solo unos simples pastores.

Su segunda manifestación es también muy sencilla y deja a todos estupefactos por la forma en que se da a conocer al pueblo de Israel, El Hijo de Dios se coloca en la cola de los pecadores, que se someten al bautismo de penitencia, Juan mismo se niega a hacerlo, porque tampoco entiende lo que está a punto de suceder, pero El, le pide con todo el amor del mundo que lo haga, para cumplir con lo mandado por su Padre. Que raras y hasta cierto punto sin sentido la forma en que nuestro Dios se nos da a conocer.

De igual forma Jesús obra su primer milagro en el marco de una fiesta popular y familiar, manifiesta su poder como Dios en una boda, sencilla y simple, con personas que quizás no tenían los suficientes recursos económicos para costear el vino suficiente, es ahí donde entra, la madre y hace que su hijo manifieste su poder y no deje que los novios queden ridiculizados por la falta del preciado vino, Ellos quizás amigos cercanos e íntimos de la Familia de Nazaret, son solo instrumentos de esta Epifanía divina de Jesús .

No hay nada, en ninguna de estas manifestaciones, que evoque pujanza, riqueza o dominio. Son manifestaciones de un Dios bien extraño. Es que a Dios no le ha dado miedo el escándalo de los puritanos, de aquellos que lo habrían hecho de un modo bien diferente. Si es que Dios debía manifestarse, la mentalidad meramente natural y humana habría preparado un modo bien abierto e irrebatible. Pero los pensamientos de Dios no son los pensamientos de los hombres. Este estilo epifánico de Dios tiene una repercusión bien clara en el campo eclesial, puesto que la Iglesia continúa en el mundo la manifestación de Dios entre los hombres. También ella corre el peligro de caer en la tentación de la espectacularidad, pero los cristianos debemos comprender que tanto más manifestaremos la verdadera presencia de Dios cuanto menos nos presentemos al mundo con voluntad de poder y dominio y más bajo los velos humildes del servicio y el amor.

- La estrella de Belén guía a los magos a la verdad plena que es Cristo
Jesús es la Verdad que ha venido al mundo. No se trata de aquellas verdades que el hombre puede encontrar en el mundo tras largas y complicadas investigaciones, sino de la Verdad que estaba junto al Padre y que en un momento histórico hizo su entrada en el mundo, ofreciéndose a todos los hombres. No es la lámpara que encendemos para iluminar nuestro sendero, sino la luz que ha amanecido para todos, descubriéndonos el camino e invitándonos a la marcha.

El Verbo de Dios se ha hecho hombre y no sólo existe ahí, en el mundo, sino que existe para nosotros, nos sale al encuentro como luz que ilumina a todo hombre que viene a este mundo. Por eso, a todos, sin distinción de ninguna clase, nos es dado el correr al encuentro de la Verdad, que nos invita, nos alienta y nos va desbrozando el camino. Todos los esfuerzos de los hombres a través de los siglos, todos nuestros propios esfuerzos por salir de las sombras de la duda, encuentran hoy su justificación y su culminación.

La aparición de la Verdad en el mundo despierta el interés de los hombres, porque no se trata de una verdad teórica, no es una frase verdadera, ni siquiera un simple hecho verificable. Es mucho más: es Cristo, la Verdad encarnada. Y una tal verdad, “Dios con nosotros”, compromete nuestra vida, nos saca de quicio, nos invita a caminar tras de ella, a salir de nuestro aburguesamiento, a despojarnos de nuestra comodidad, a renunciar a “nuestras verdades”. Por eso, no todos los hombres responden de la misma manera. San Mateo nos refiere el caso de los Magos.

Ellos buscan la Verdad, han visto su luz, se han dejado iluminar por ella y se ponen en camino. Atraviesan las soledades del desierto y los desiertos del politiqueo e inquietud de la ciudad.

- El miedo a la verdad, hace al ser humano querer destruir esa verdad
Siguen su camino, a pesar de que muchos se quedan tranquilamente en casa, incluso aquéllos que teóricamente sabían del acontecimiento. Su camino les llevó hasta la Verdad y llenos de gozo se rindieron ante ella y la adoraron, pero Mateo refiere también la actitud de Herodes. Aquel usurpador del trono de David tiene miedo de la verdad, tiene miedo de perder su posición, su nivel de vida, su rango real. Por eso se conmueve y con él toda Jerusalén. Pero como tiene miedo de la verdad, decide aplastarla, recurriendo incluso a la injusticia del asesinato en masa de los inocentes.

Herodes y los Magos tipifican dos actitudes contrarias ante la Verdad: la de aquéllos que la aman y la buscan sinceramente, poniendo en juego toda la vida, y la de aquéllos que la temen y recurren a todas las astucias, hasta la injusticia, para liquidar la verdad del mundo. Nosotros, los cristianos, nos ufanamos de poseer la verdad, como si fuéramos los propietarios en exclusiva de la luz, como si fuéramos ya la luz. Pero la luz, la Verdad, es Cristo. Nosotros somos sólo testigos de la luz, de la verdad.

Todos los hombres de buena voluntad caminan a la luz de esta Verdad única que es Cristo. pero mientras muchos -cristianos anónimos- recorren su camino sin reparar en la luz que les alumbra, nosotros -los cristianos- caminamos y sabemos que esa luz es Cristo. El es la Verdad abierta para todos los hombres.
Nosotros lo sabemos y somos testigos, tenemos que ser testigos de que la Verdad, la única, está ya con nosotros. Llenos de regocijo, vamos a dar gracias a Dios.

domingo, 30 de diciembre de 2012

FIESTA DE LA SAGRADA FAMILIA



“A los tres días, lo encontraron en el templo, sentado en medio de los maestros, escuchándolos y haciéndoles preguntas: todos los que le oían, quedaban asombrados de su talento y de las respuestas que daba. Al verlo, se quedaron atónitos, y le dijo su madre: -Hijo, ¿por qué nos has tratado así? Mira que tu padre y yo te buscábamos angustiados”.
(Lc.2,46-48) 

La Sagrada Familia fue una familia normal.
Cada año la Iglesia nos invita a meditar sobre el misterio que encierra la Familia, presentándonos como modelo imprescindible a la Sagrada Familia de Nazaret, una familia sencilla, normal, común y corriente como cualquier otra familia de hoy día. Una mujer sencilla y humilde, casada con un carpintero, que según lo que muchos afirman más que un carpintero era un “hacelotodo”, en otras palabras un hombre que se ganaba la vida trabajando de forma honrada en cualquier tarea artesanal.
Muchas veces creemos que la Sagrada Familia era diferente, por tener el privilegio de tener en su seno al hijo de Dios, mas sin embargo ese Dios amoroso quiso que su hijo creciera de forma normal rodeado de las atenciones, cuidados y cariños que solo una familia puede ofrecer. Una familia de inmigrantes y perseguidos por la injusticia del régimen de aquel tiempo, que sufrió el hambre y la soledad, que vivió las preocupaciones de la falta de trabajo, de los quebrantos de salud, y la opresión de las deudas que han sido las eternas compañeras de cualquier familia normal.
- María la madre y esposa.
Cuando veo a María como madre sencilla, como una campesina humilde, puedo ver a mi propia madre, con las manos rotas y curtidas por el peso del trabajo, con el rostro estremecido por el cansancio y la preocupación, pero con una eterna sonrisa de confianza en ese Dios de la vida que siempre es fiel a sus promesas, una mujer optimista y trabajadora, valiente y decidida, con una dignidad integra capaz de educar a un hijo que solo ella sabe quién es en realidad.
Con una sabiduría que no se consigue en ninguna universidad de prestigio ni se paga con todos los tesoros del mundo porque solo se consigue confiando en Dios. Nuestras Santas Madres biológicas al igual que ella, mi Madre del Cielo se volvieron sabias confiando y haciendo la voluntad de Dios, y guardando el sufrimiento de esta confianza en el silencio de su corazón. Como lo dice el evangelio de hoy “conservaba todo esto en su corazón. ”(Lc.2,51).
-José el esposo y padre prudente.
Y que podemos decir del Padre, de José, del hombre sencillo casado con una mujer que a los ojos de la humanidad no honrada ni fiel, porque a los cuchicheos de la gente, el hijo que ambos tenían era producto de una relación extramarital, y fruto de ello quizás llego a ser la burla de los irónicos de aquel tiempo, pero esto no le amedrento para poner su confianza en el Dios todo poderoso. San José un gran hombre, un padre y un gran maestro para Jesús, de quien se habla poco o casi nada en los evangelios, pero de quien se tiene gran estima y admiración, por su prudencia y por su confianza.
A él Dios le confió los primeros misterios de la Salvación, a él se le confió el cuidado de un recién nacido perseguido y odiado por muchos, fue testigo de los milagros de la noche del nacimiento de aquel niño en una cueva en Belén. Siempre para estas épocas me imagino la angustia y desesperación que este hombre vivió al ver a su mujer sufrir los dolores del parto, y sentirse impotente al no poder darle la ayuda necesaria para aliviar este sufrimiento. Pienso que a su mente vinieron preguntas profundas hacia Dios, hacia el plan que este tenía, pero pienso que también que estas interrogantes fueron selladas con la confianza y el abandono en el proyecto que Dios le había confiado.
El, es el un ejemplo vivo de esposo, de padre, de maestro y de un amigo en el círculo familiar, un padre normal, con un trabajo normal, un campesino como cualquier otro, con ilusiones y proyectos como ninguno. Que bendición tener un padre como este, que se abandona en las manos de Dios, que es cabeza indiscutible de una familia, que se preocupa pero que también la disfruta a cabalidad.
- El Sí de la Sagrada Familia, un Sí mutuo.
De San José podemos decir -según el evangelio- que se asemeja extremadamente a la Virgen María. Esta dijo sí a Dios e hizo posible la Encarnación, prestando al Hijo de Dios su corazón y su seno para que éste pusiera su tienda entre nosotros. San José dijo también dijo sí a Dios y le dio al Hijo de Dios una estirpe, una patria, una familia, una casa, un lenguaje, una autoridad, para que Dios habitara entre los hombres como un hombre más. En una palabra, José contribuyó a que continuara la Encarnación.
La verdadera misión de José, como la de María, fue presentar la obra de la salvación, Jesús, al mundo. Cuando se apercibe de su misión, José responde generosamente. Tiene el carisma de visiones angélicas; es decir, está atento a la llamada de Dios y está presto a cumplir su voluntad. Por eso no abandona a María cuando advierte que va a tener un hijo, y por eso también toma al Niño con su madre y huye a Egipto para burlar las iras de Herodes. No destaca su presencia en el evangelio, pero su figura ilumina la historia de Jesús.
No sé lo que significará para tu vida la figura de José. Lo que sí es cierto es que si fuéramos como él, llenaríamos de luz nuestro camino y el camino de los demás.
“La santidad de José consiste en la heroicidad del monótono quehacer diario. Sin llamar la atención, cumplió el programa de quien es “justo” con Dios mediante el fiel cumplimiento de las virtudes teologales de fe, esperanza y caridad; y con el prójimo por medio de su apertura constante al servicio de los demás. Como se construye la casa ladrillo a ladrillo, el edificio de la santidad se va realizando minuto a minuto, haciendo lo que Dios quiere. “San José es la prueba de que, para ser bueno y auténtico seguidor de Cristo, no es necesario hacer “grandes cosas”, sino practicar las virtudes humanas, sencillas, pero verdaderas y auténticas” (Pablo VI)
La Familia un invento de Dios para la construcción de reino.
Las dos primeras lecturas en la solemnidad de la Sagrada Familia, que hoy celebramos, son todos los años las mismas, y son una expresión clara y clásica del ideal de vida familiar tanto en el judaísmo como en el cristianismo, ambos presentados claramente en la primera y segunda lectura; y aunque ambos pasajes fueron escritos en diferentes tiempos y épocas es impresionante la coincidencia clara que estos presentan.
En ambos textos se subraya que la familia como comunidad de padres e hijos tiene una dignidad característica y un papel irremplazable, sobre todo para que los hijos puedan ir absorbiendo el sentido profundo y religioso de la comunión humana y familiar como elemento capital de toda existencia cristiana. En otras palabras, la vida familiar es la raíz de la dimensión comunitaria de la vida cristiana, por cuanto inicia y fomenta una forma de existencia caracterizada por un tipo de relación gratuita, no sólo funcional.
Desgraciadamente tanto en la vida simplemente humana como también en la vida cristiana, la dimensión “comunión” tiende – sobre todo por el uso de la televisión – a convertirse en una dimensión puramente “funcional” y despersonalizada. Y creo que en las familias cristianas tendría que generarse un examen de la calidad de la vida familiar y especialmente del nivel de las relaciones personales entre los miembros de la familia. Esa calidad se puede medir fundamentalmente a partir de dos dimensiones: una de “libertad” no rígidamente reglamentada, y – en forma especial – otra de “apertura”: una apertura al mundo real y al futuro y, para los cristianos, una apertura al pueblo de Dios (es decir a la comunidad eclesial cristiana) que sepa conjugar el amor y una objetividad sana y realista.
El Evangelio de hoy nos quiere subrayar que la valoración de la familia no debe llevar a desconocer lo individualmente personal. La familia es para sus miembros, y no al revés. Cada persona tiene rasgos, cualidades, inclinaciones y gustos diferentes. Y es un deber del resto de la familia – y principalmente de los padres – respetar e incluso fomentar lo que cada miembro tiene de peculiar.
Y aunque es normal que los padres se sientan asombrados, y hasta reticentes o desconcertados frente a opciones o actitudes de sus hijos, que les pueden resultar inicialmente incomprensibles, ellos tienen que saber – como la Virgen – conservar en el corazón esas actitudes y opciones. Los hijos, por su parte, deben saber “dar tiempo al tiempo” y buscar la convivencia pacífica con sus padres, sabiendo que esto constituye el mejor camino para que ellos puedan comprender y aceptar la vocación peculiar que cada uno de ellos manifieste tener.
No quiero terminar estas palabras sin insistir en que la calidad de vida familiar requiere un verdadero “cultivo” cuidadoso y de la contribución consciente y constante de parte de todos aquellos que la forman. ¿No valdría la pena, sobre la calidad de la propia vida familiar, tener una conversación en que participen todos los miembros de la familia?.

domingo, 23 de diciembre de 2012

CUARTO DOMINGO DE ADVIENTO


¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre!. ¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor? (Lc. 1,42)   

    

Una visita inesperada pero llena de la Gracia del Espíritu.

Estamos a punto de celebrar la Navidad, y en torno a la preparación para celebrarla hoy la Iglesia  nos da una última oportunidad para prepararnos a vivir este santo acontecimiento. En la liturgia de este domingo el evangelio nos presenta la visita de la Virgen María a su prima Santa Isabel. Ahora es la Madre la protagonista, quien con un ejemplo vivo de fe nos invita a prepararnos y a acompañarle en su camino a dar a luz a su hijo.

La palabra de hoy nos recuerda el momento que María se encuentra con Isabel. Es el encuentro entre dos madres y es también una visita que beneficia a ambas, porque ambas comparten las maravillas y dones que Dios ha hecho en ellas; que interesante es cuando compartimos lo que Dios hace en nosotros y los milagros que obra en el silencio, y más lindo aun cuando se reconocen con fe y alegría, como lo hace nuestra madre, hablando con su anciana prima que aun no podía creer esa obra maravillosa de Dios.

Nos cuenta el evangelio que María se dirigió “de prisa” a la casa de Zacarías; cuando leo este párrafo me imagino a la virgen, corriendo a toda prisa en busca de su prima, con una alegría desbordante.
Y es que la fe siempre demanda urgencia, no es un estancamiento ni un acontecimiento privado, es un encuentro entre Dios y nosotros, entre dos seres que precisan compartir las experiencias producidas por este divino encuentro.

Nos cuenta el evangelio que “desde que Isabel oyó aquel saludo de María, en ella se produjeron dos grandes y maravillosos acontecimientos: el primero “la criatura salto de gozo en su vientre” (Lc.1, 41) y el segundo fue que “Isabel quedó llena del Espíritu Santo” (Lc.1, 42),  y es lógico que estos sentimientos espirituales se hayan producido, teniendo en cuenta que era la primera vez que el Hijo de Dios, se encontraba con el que prepararía su camino, y el habría espacio entre el pueblo escogido. Que perfecto es Dios y como va preparando todo tan perfecto.

Todo encuentro espiritual debe provocar algo parecido a lo que hoy le sucede a estas dos mujeres, debe de provocarnos un movimiento interior que nos lleve a un encuentro con la realidad que haya en nosotros, debe de provocarnos una autentica acogida y recepción del Espíritu Santo, que nos haga glorificar a Dios de manera sorpréndete.

-          La fe intachable de la Madre en la obra de Dios

La fe y la confianza de la virgen María es un acontecimiento que debe de llevarnos a medir nuestro grado de fe. Dios le confía una tarea enorme, siento ella una sencilla y humilde muchacha de pueblo, sin ninguna preparación académica y sin ningún peso social o económico, pero millonaria en la fe, y en el amor y fidelidad a Dios, una mujer que vivía su fe a plenitud. 

En nuestro caso, nosotros también tenemos fe, quizás no como la de nuestra Madre, pero sí que la tenemos, pero estamos a expensas de vivir una fe rutinaria, y apagada que no se conmueve con nada, ni tampoco se motiva por lo que nos pueda suceder en nuestra vida, ni por los encuentros con el Señor, ejemplo concreto es nuestra participación en la eucaristía que en muchas ocasiones y para muchos, es solo un compromiso semanal, y se hace sin ninguna emoción. Basta ver la indiferencia que se tiene cuando se está frente al Santísimo Sacramento, a veces ni cuenta nos damos que estamos frente a Jesús vivo.

Debemos tener cuidado para que la fe sea siempre un encuentro vibrante, que cada semana esa fe nos mueva a ir a encontrarnos con él en la eucaristía; para que lo que llevamos de entre se haga sensible a lo que sucede a nuestro alrededor. Isabel acepta la presencia interior que hay en María y es capaz de vibrar de emoción. Ojala los que están a nuestro alrededor se maravillaran por nuestra vida interior, por esa presencia viva de Jesús en el interior de nuestra alma y se motivaran como lo hizo Isabel. 

O al revés, que seamos nosotros los que nos exaltemos por la presencia interna que los que están a nuestro alrededor nos presentan, con su testimonio de vida. Si eso fuera así, la evangelización no sería algo tan duro y difícil porque seriamos capaces de reconocer la presencia viva de Dios en los demás y eso nos bastaría para seguirle y glorificarle, como lo vemos en la escena evangélica de este domingo de adviento.

Esto debe de ser una buena y grande enseñanza para todos los nos dedicamos a la tarea pastoral, ya que en muchas ocasiones buscamos que se nos reconozca de manera palpable la tarea que hacemos, olvidándonos que es un deber mostrar a los otros el rostro de Cristo que llevamos en nuestro interior.
Las personas en las cuales el Espíritu de Dios ha hecho su morada están siempre inclinadas a pensar con sencillez sobre sí mismas y sobre los favores y beneficios que Dios les concede. La persona que recibe así la presencia del Espíritu puede estimular a otros en su camino de fe, esto fue lo que sucedió en este encuentro.

-          Bendita tu María que has creído

El encuentro de la Virgen María con Isabel hace presente un momento muy importante, en la expresión: "Bendita la que ha creído que se cumplirán todas las cosas que fueron anunciadas de parte de Dios", se nos está queriendo manifestar que Isabel ve y reconoce en María a aquella que es bendita porque sin ninguna reserva se ha abierto a los designios de Dios y ha acogido con humilde obediencia la voluntad del Padre para su vida.

El Papa Benedicto XVI nos dice: «… el Adviento es el tiempo de la presencia y de la espera de lo eterno. Precisamente por esta razón es, en especial, el tiempo de la alegría, de una alegría interiorizada, que ningún sufrimiento puede cancelar. La alegría por el hecho de que Dios se ha hecho niño.
Esta alegría, invisiblemente presente en nosotros, nos alienta a caminar confiados. Modelo y sostén de este íntimo gozo es la Virgen María, por medio de la cual nos ha sido donado el Niño Jesús. Ella, fiel discípula de su Hijo, nos concede la gracia de vivir este tiempo litúrgico vigilantes y activos en la espera…» (Benedicto XVI, Homilía en las Primeras Vísperas del Domingo I de Adviento, 2009).

Cada uno de nosotros está llamado a ser bienaventurado como la Virgen María y esto en la medida en que nos abramos a los designios del Padre, y  podamos acoger a Cristo en nuestra vida. La liturgia de este domingo es una invitación a que podamos reconocernos en estas dos mujeres, por un lado la anciana estéril y por otro la joven virgen, en quienes se contempla la intervención de Dios.

Y esto es lo que manifiestan Isabel y María en el evangelio, cuando expresan un cántico de gratitud a Dios, porque ambas son testigos en sus propias vidas de la realización de las promesas de Dios y de su cumplimiento. Por ello cómo no esperar con alegría el nacimiento del Salvador, tal como nos lo dice el Papa Benedicto XVI: «…A pocos días ya de la fiesta de Navidad, se nos invita a dirigir la mirada al misterio inefable que María llevó durante nueve meses en su seno virginal: el misterio de Dios que se hace hombre. Este es el primer eje de la redención.

El segundo es la muerte y resurrección de Jesús, y estos dos ejes inseparables manifiestan un único plan divino: salvar a la humanidad y su historia asumiéndolas hasta el fondo al hacerse plenamente cargo de todo el mal que las oprime…» (Benedicto XVI, Ángelus 21 de diciembre de 2008).

lunes, 17 de diciembre de 2012

www.padrealex.com: DONDE ESTABA DIOS CUANDO ESTA MASACRE SUCEDIO

www.padrealex.com: DONDE ESTABA DIOS CUANDO ESTA MASACRE SUCEDIO: Nuevamente hemos sido asaltados por la violencia y la muerte, por el látigo de la masacre perpetrada por un muchacho que sin justifica...

DONDE ESTABA DIOS CUANDO ESTA MASACRE SUCEDIO



Nuevamente hemos sido asaltados por la violencia y la muerte, por el látigo de la masacre perpetrada por un muchacho que sin justificación arrebató la vida de 28 personas inocentes que lo único que hacían era buscar la educación de los niños y luego se suicidó. Ante esta tan dura situación vienen a nuestros sentimientos cuestionamientos y culpabilidades buscando respuestas del porqué pasan estas cosas, pienso que no es el momento adecuado para buscar culpables o desencadenar lazos de odio por lo sucedido.

A todos nos ha dolido en el alma ver la forma en que todos ellos perdieron la vida, pero frente a todo esto la única explicación que encuentro, es que todo esto es fruto de la pérdida de valores y de Dios en nuestras vidas; hemos alejado de nuestros jóvenes el valor primordial por Dios. Alguien apareció en un noticiero preguntándose ¿Dónde estaba Dios cuando esto sucedió? Y cuestionando su presencia, me puse a pensar, que solo lo buscamos y nos acordamos de él cuando estamos con el corazón roto, pero lo hemos sacado de nuestras escuelas, de nuestros programas de estudio, es prohibido mencionar a Dios en los edificios de gobierno o sitios públicos; en los centros educativos es permitido hablar de cualquier cosa menos de Dios, del evangelio o de los valore cristianos que hacen al ser humano crecer interiormente y ver la vida desde otra perspectiva.

La razón es sencilla, no se quiere confundir a los jóvenes y niños con respecto a sus creencias religiosas, no se les puede obligar a creer para no causarles traumas. Irónico verdad. La respuesta está saliendo a la luz públicamente y de forma desgarradora, este tipo de incidentes son parte de la problemática existente, estamos educando a muchos de nuestros hijos en un ambiente de pobreza de valores, espirituales y morales. Es fácil culpar al muchacho que hizo todo esto, y con esto no lo defiendo, pero pienso que la culpa más grande la tienen aquellos que estaban a cargo de su educación, porque quizás fueron irresponsables en forjarlo y en enseñarle el verdadero camino. ¿Dónde consiguió las armas? ¿Quién le enseñó a usarlas? Saque usted mismo las conclusiones.

Nuestros hijos están creciendo en un ambiente de violencia, porque nosotros mismos lo hemos permitido y todavía nos preguntamos qué pasa, y porque sucede esto. Invito a los padres de familia a meditar sobre su responsabilidad educadora, de cuánto tiempo dedican a sus hijos, de que tanto respeto les tienen cuando les permiten comprar juegos de violencia, de muerte, de destrucción. Que tristeza me da saber que este país los juegos de video violentos son vendidos públicamente y sin ningún control. Oremos para que un día entendamos que este mundo sin Dios, va a la quiebra, que este mundo sin valores se autodestruirá lentamente. Que todos estos niños y maestros que murieron este fin de semana, descansen en paz, y que ojala su muerte no sea en vano. Que incluyamos a Dios en nuestro curriculum de estudios.  

viernes, 17 de agosto de 2012

DOMINGO XX DEL TIEMPO ORDINARIO

"El que coma de este pan vivira para siempre ..." 
Jn 6,51-59

Hoy proclamamos la parte más específicamente eucarística del discurso del Pan de la Vida. Hasta ahora habíamos leído los pasajes que hablaban de "creer en Jesús". Aspecto que se ve reflejado en la primera parte de la celebración, la liturgia de la Palabra. Hoy damos un paso adelante: además de "venir" a Jesús y "creer" en él, hay que "comer" su Carné y "beber" su Sangre. Que en el fondo es lo mismo, pero ahora con lenguaje específicamente sacramental. Son las dos dimensiones básicas de la Eucaristía. Comulgar con Cristo-Palabra en su primera parte nos ayuda a que sea provechosa la comunión con Cristo-Pan-y-Vino en la segunda.

El sorprendente anuncio de Jesús -hay que comerle y beberle- ha sido preparado por la primera lectura. Es lo que en los domingos de durante el año sucede cada vez: la lectura del Antiguo Testamento prepara el mensaje del evangelio (no pasa lo mismo con la 2a lectura, que sigue su ritmo propio). Estos domingos pasados, por ejemplo, el discurso sobre el pan de la Vida era ya ambientado por lecturas que hablaban de comida en la historia de Eliseo, Moisés y Elías.

La promesa era estimulante. Dios preparaba para su pueblo un banquete: "Venid a comer mi pan y a beber el vino", porque "la Sabiduría ha preparado el banquete, mezclado el vino y puesto la mesa". Una promesa que nosotros consideramos cumplida de un modo admirable en Cristo, que no sólo ha querido ser nuestro Maestro, nuestro Médico y nuestro Pastor, sino también nuestro Alimento, y nos ha dejado, en el sacramento, su propia persona como alimento para el camino (= "viático").

Cristo Jesús, ahora "experimentable" de un modo privilegiado en la Eucaristía, esta vez en clave de pan y vino, es la respuesta de Dios a las preguntas y los deseos de la humanidad. A la objeción que hicieron -con lógica- sus oyentes de entonces: "¿Cómo puede este darnos a comer su carne?", la respuesta que el mismo Juan apunta más adelante, y la teología de la Iglesia aclara más es: el que se nos da como alimento es el Señor Resucitado, el que está ya libre de todo condicionamiento de espacio y tiempo, desde su existencia gloriosa, totalmente distinta de la nuestra. Él toma posesión del pan y vino que hemos traído al altar e, identificado con ellos; se nos da como alimento.

Este sagrado alimento nutre nuestro ser, nuestra nuestro cuerpo y alma, nos nutre completamente y el fin de la nutrición es éste: la asimilación de las cosas a mi propia sustancia. San Agustín  pone en labios de Cristo estas palabras: "Yo soy el alimento de los mayores: crece y me comerás. Pero no eres tú quien me cambiarás en ti, como el alimento de tu cuerpo; soy yo quien te cambiará en mí".

Por la Eucaristía nosotros comemos a Cristo; pero entre el Señor y nosotros, él es quien vive, él es el más fuerte, el más activo; nosotros comemos, pero es él quien nos asimila a sí, hasta hacernos formar un solo ser con él. Sin anular nuestra personalidad, cobra certeza el hecho de que Cristo vive en mí. "Ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí; y aunque al presente vivo en carne, vivo en la fe del Hijo de Dios...(Ga, 2, 20).

Y, sin embargo, soy yo también quien vive la vida de Cristo. Que muchas personas, aun siendo muchas y conservando cada una su personalidad, vivan una misma vida que sea la vida del Hijo de Dios hecho hombre, es, precisamente, el misterio del Cuerpo Místico: "somos un solo Cuerpo, aun siendo muchos": una misma vida compartida por muchas personas, una misma vida comunicada a muchos.

Me encanta mucho la afirmación que Jesús nos asegura en el evangelio que leemos hoy; nos dice que los que le coman tendrán una estrecha relación interpersonal con él: "El que come mi Carne y bebe mi Sangre, permanece en mí y yo en él". Es una admirable comunión la que nos promete. Parecida a la que en otro capítulo (Jn 15) expresa con la comparación de la vid y los sarmientos: el sarmiento que "permanece" unido a la cepa, tendrá vida.

Pero hay otra afirmación más profunda e inesperada. Jesús compara la unión que va a tener con los que le coman con la que él mismo tiene con el Padre: "Igual que yo vivo por el Padre, que vive y me ha enviado, el que me come vivirá por mí ".

Son afirmaciones muy fuertes. No las hemos inventado nosotros. La palabra de Jesús, después de dos mil años, sigue fiel: él mismo es nuestro alimento y nos comunica su propia vida. Este pan y este vino de la Eucaristía, de un modo misterioso pero real, son su misma Persona que se nos da para que no desfallezcamos por el camino y tengamos vida en abundancia. .

La Eucaristía no es sólo una celebración puntual. O un precepto a cumplir. Es un encuentro con Cristo Jesús y con la comunidad que tiene la intención de ir transformando nuestra vida.
Hace varios domingos que vamos leyendo la carta a los Efesios: podemos aludir al pasaje que hemos leído hoy, y que habla de vivir llenos del Espíritu, elevando a Dios salmos y cantos de alabanza, y "celebrando la Acción de Gracias por todos en nombre de Cristo", o sea, con la Eucaristía como centro y motor de nuestra vida cristiana personal y comunitaria.

viernes, 10 de agosto de 2012

DOMINGO XIX DEL TIEMPO ORDINARIO


“Yo soy el Pan que ha bajado del cielo…”
Jn. 6 41-52

Celebramos hoy el domingo decimo noveno del Tiempo Ordinario, en la liturgia se nos habla hoy del alimento, de la comida espiritual y junto a estos elementos también se nos habla del desaliento y del deseo de abandonar esta gran aventura de la vida.

Jesús desde hace varias semanas atrás nos viene hablando del alimento espiritual, del pan que es necesario para vivir; si nos recordamos el domingo pasado vimos que la imagen de Cristo como "pan de vida" significa que Dios nos ofrece la posibilidad de una vida plena, con tal de que nosotros nos alimentemos de El compartiendo (o asimilando) sus actitudes por medio de la fe.

Hoy ya aparece, en la última frase del Evangelio, el tema de Jesús como pan de vida en la Eucaristía.
Esta visión del Pan eucarístico la vemos prefigurada ya en El Antiguo Testamento que escuchamos en la primera lectura, tomada del Libro de Los Reyes: El "pan de vida" tiene el carácter de "pan para el cansancio del camino", (Rey. 19,4-8) en otras palabras seria el pan que rehabilita al ser humano agotado, es un pan que devuelve las fuerzas al cuerpo que está a punto de desfallecer.

Creo que el más característico "cansancio del camino" es el desaliento o desánimo que surge no tanto del camino ya recorrido, sino del mucho camino que nos queda por recorrer; ese cansancio que no se debe al pasado, sino al miedo del futuro, a la extinción de la esperanza, de la ilusión.

Muchas veces tenemos miedo a lo que está por venir y deseamos mejor morir como lo desea el profeta Ezequiel, deseamos darnos por vencidos, tirarnos al suelo a esperar la muerte, en vez de seguir luchando. Todo esto es lógico, el desierto mata, aniquila, cansa y hace que todo parezca muerto y sin esperanzas, pero sobretodo el desierto anima y empuja a morir.

En muchas ocasiones nuestra vida parece un desierto donde nada tiene sentido, donde todo se ve oscuro, sin rastros de esperanza y deseamos, tirarnos y morir, la soledad del desierto ataca y cala en lo hondo de nuestra alma, estamos en ese momento como el profeta, deseando morir rápido para no sufrir, nuestra hambre se ve muy evidente que no tenemos más esperanzas   

Cristo es nuestro "pan para el cansancio del camino" por cuanto nos incita a la esperanza, nos hace conscientes de que lo decisivo para nuestra existencia no radica en nuestras propias fuerzas - que con razón nos parecen pocas y débiles - sino en el amor que Dios nos tiene, del que la prueba mayor está en la vida y más aún en la muerte del mismo Jesús.

Y esta reflexión nos lleva a la gran frase final del Evangelio de hoy, en que ya aparece la Eucaristía como la forma concreta en que Jesús es nuestro "pan de vida". Dice Jesús: "El pan que yo daré es mi propio cuerpo" y precisa que es su cuerpo que él "entregará por la vida del mundo". (Jn.6,51)
Estas palabras nos insinúan que él es pan de vida en cuanto la dinámica central de su existencia estuvo en "darse" en "entregarse" incluso hasta la muerte por la vida del mundo.
Cuando Jesús dice esta frase “por la vida del mundo” eso me hace ponerme a pensar cuan enamorado esta Dios de nosotros y cuanto está dispuesto a dar para que nosotros tengamos vida, y vida en abundancia. Nos da alimento para el camino tortuoso y difícil de la vida. Su muerte nos ha dado un sentido diferente a nuestra existencia, nos debe de hacer hombres y mujeres nuevos, con un sentir y pensar más espiritual y divino. 

Andando de la mano de Él, la vida se torna más fácil, con el alimento del pan vivo, hay más fuerza para caminar y para vencer cualquier obstáculo en el camino.
Por consiguiente, nuestra celebración eucarística y nuestra comunión piden que  tengamos una gran lucidez sobre las raíces y el sentido de la muerte de Jesús.

Desde luego, celebramos la muerte de Jesús porque creemos en su resurrección; pero esto significa que reconocemos en su muerte la raíz de su resurrección, y así profesamos que participar en su muerte es la condición indispensable - prenda y garantía - de una participación en su vida.

Por eso es importante tener presente que a Jesús lo mataron a causa de su mensaje y de su actuación; su muerte fue voluntaria en el sentido de que él fue intransigente en seguir adelante con el designio de su Padre, aunque le costara la vida. Esta actitud, nos dice S. Pablo (2ª Lectura), tuvo el carácter de un "sacrificio....agradable a Dios". (Ef.5,2)

Lograr que nuestra actitud fundamental sea como la de Cristo, hace que su sacrificio sea también el nuestro. Si nuestra actitud es diferente, nos quedamos fuera del sacrificio de Cristo, que se hace presente de nuevo  en la celebración eucarística.

Todo se resume en la frase final de la 2ª Lectura: "Condúzcanse con amor (superando los egoísmos), lo mismo que Cristo nos amó y se entregó para ser sacrificado por nosotros, como ofrenda y sacrificio de olor agradable a Dios". (Ef.5,2)

lunes, 30 de julio de 2012

DOMINGO XVII DEL TIEMPO ORDINARIO


"Aquí hay un niño que tiene cinco panes de cebada y dos pescados,
(Jn. 6,1’15)

El evangelio de hoy nos presenta el conocido pasaje del milagro de la multiplicación de los panes (Jn. 6, 1-15). Es un canto a la solidaridad, compasión, ternura y sensibilidad del Señor.
Mucha gente sigue a Jesús porque desea conocer su doctrina. Atraídos por la fama de sus prodigios, todos quieren que cure sus enfermedades y les dé la paz que necesitan. El Señor se apiada de ellos y los alimenta.
Destaca la primera reacción de los discípulos cuando el Señor les manda que dieran de comer. Al principio eluden la responsabilidad porque les resultaba imposible satisfacer esa petición. Sin embargo, se dan cuenta que la iniciativa y la creatividad es más fuerte que sus propios temores y, aceptando el reto con la ayuda milagrosa del Señor, logran salir airosos de la situación. La compasión y la solidaridad están por encima de las dificultades cuando el corazón generoso y la mente dispuesta se ofrecen para ayudar a los demás.
Siempre se ha asociado este pasaje de la multiplicación de los panes con la Eucaristía. De esta manera pasamos del signo material y humano, el pan, al signo espiritual de la Eucaristía como alimento del Cuerpo de Cristo. Se acercaba la Pascua y el Señor adelanta el sentido que le iba a dar a esta fiesta como acción de gracias y encuentro con Dios y con los hombres. Si sentimos necesidad del pan material también tendremos que buscar con ansia el propio Cuerpo de Cristo que se nos ofrece como alimento para nutrir nuestra fe y para adherirnos plenamente a su pasión, muerte y resurrección.
No es casualidad que la presentación de la Eucaristía comience con el relato de la multiplicación de los panes. Con ello se viene a decir que no se puede separar, en el hombre, la dimensión religiosa de la material; no se puede proveer a sus necesidades espirituales y eternas, sin preocuparse, a la vez, de sus necesidades terrenas y materiales.

Fue precisamente ésta, por un momento, la tentación de los apóstoles. En otro pasaje del Evangelio se lee que ellos sugirieron a Jesús que despidiera a la multitud para que fuera a los pueblos vecinos a buscar qué comer. Pero Jesús respondió: «¡Dadles vosotros de comer!» (Mateo 14, 16). Con ello Jesús no pide a sus discípulos que hagan milagros. Pide que hagan lo que pueden. Poner en común y compartir lo que cada uno tiene. En aritmética, multiplicación y división son dos operaciones opuestas, pero en este caso son lo mismo. ¡No existe «multiplicación» sin «partición» (o compartir)!

Este vínculo entre el pan material y el espiritual era visible en la forma en que se celebraba la Eucaristía en los primeros tiempos de la Iglesia. La Cena del Señor, llamada entonces agape, acontecía en el marco de una comida fraterna, en la que se compartía tanto el pan común como el eucarístico. Ello hacía que se percibieran como escandalosas e intolerables las diferencias entre quien no tenía nada que comer y quien se «embriagaba» (1 Co 11, 20-22). Hoy la Eucaristía ya no se celebra en el contexto de la comida común, pero el contraste entre quien tiene lo superfluo y quien carece de lo necesario no ha disminuido.
Solidaridad-amor y Eucaristía se identifican. No pueden caminar separadas. Sería contradictorio e injusto pretender compartir la mesa del Señor cerrando nuestro corazón a las necesidades de los demás. El pan y los peces, según el texto evangélico, no están para satisfacer necesidades personales sino para compartirlos con los otros.
La contribución solidaria, por pequeña que sea, cinco panes y dos peces no parecía nada para tanta gente, puede ser una fuente inagotable de bondad y ternura. Estamos llamados a gestos sencillos pero significativos que demuestren la presencia amorosa de Cristo en nuestro actuar diario.
Las obras de misericordia y las acciones de solidaridad realizadas por la Iglesia y los cristianos, como remediar el hambre de los pobres o el dolor de los enfermos, se han de hacer precisamente porque hay personas que sufren hambre y enfermedad y que, como en el caso de Jesús, deben despertar nuestra compasión y movernos a la acción. Pero esas acciones tienen que ser además “signos” que hablan de la presencia en el mundo del Reino de Dios, de Jesucristo que nos lo ha traído, de un corazón nuevo en aquellos que han aceptado la Palabra y a la persona de Jesús, de nuevas relaciones entre los seres humanos.

Solamente así descubriremos la fuerza de la solidaridad y el pan eucarístico en nuestro diario caminar.